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32,11. Los evangelistas escriben desde su fe en que Jesús es Hijo de Dios. Así lo afirma Marcos al principio de su Evangelio
[148]
,
y San Juan al final del suyo
[149]
.
La expresión «Hijo de Dios» no siempre supone divinidad, según el uso de
esta expresión entre los judíos. Pero el Profesor de la Universidad Gregoriana
de Roma, José Caba, S.I., demuestra,
en uno de sus libros, cómo en algunos pasajes de los Evangelios se expresa
claramente la divinidad de Cristo
[150]
.
Jesucristo se presenta como Dios
[151]
.
Ningún otro fundador de religiones ha tenido tal osadía.
«De ningún profeta o filósofo se puede decir que proclamara su divinidad»
[152]
.
Buda, monje hindú
[153]
, (siglo VI antes de Cristo), Zarathustra (Zoroastro) (siglo
VI antes de Cristo), Lao-Tse (VI
antes de Cristo), Confucio (siglo V
antes de Cristo), o Mahoma (570-632)
[154]
presentaron una religión más o menos
moralizante, pero ninguno de ellos pretendió ser Dios
[155]
.
«Buda fue bueno y misericordioso con
los hombres, (...) pero jamás se dio por Hijo del Eterno. (...) Fue un
filósofo, (...) nada más»
[156]
.
Es curioso que mientras el Evangelio manda amar al prójimo, el budismo dice
que no hay que amar a nadie para no sufrir
[157]
.
Jesucristo dijo
que Él era Dios.
Si esto no fuera verdad, hubiera sido una locura. Proclamarse Dios en Roma
o en Grecia, que eran politeístas, no hubiera sido problema. Un dios más en el
Panteón no tenía importancia. Pero proclamarse Dios ante los judíos, que eran
monoteístas, era una locura. Al hacerlo ante Caifás le costó la vida por
blasfemo.
Cristo se atribuye varias veces la expresión “Yo
soy” con la que en el Antiguo Testamento Dios se presenta a sí mismo. Y
también se llamó “El Hijo del hombre” que es el nombre con el que el Profeta Daniel designaba al Mesías.
Repetidas veces se presentaba a sí mismo como Dios: «Yo no soy de este mundo»
[158]
;
«Yo existía antes que el mundo existiese»
[159]
;
«Quien me ve a Mí, ve al Padre
[160]
;
«El Padre y Yo somos una misma cosa»
[161]
. Es como decir: «los dos somos de la misma naturaleza. Yo soy Dios como el
Padre».
En el Credo rezamos: «Sentado a la derecha del Padre», es decir, con el
mismo poder del Padre.
Los textos en que Jesucristo muestra su inferioridad respecto al Padre, son siempre refiriéndose a su
naturaleza humana.
Como Cristo tenía dos
naturalezas, de Dios y de hombre, los textos del Evangelio unas veces se
refieren a Jesucristo como Dios, y
otras a Jesucristo como hombre. Que Jesucristo fue verdadero hombre es
clarísimo: pasaba hambre y por eso se acercaba a la higuera a ver si tenía
higos
[162]
;
pasaba sed y le pedía a la samaritana que le diera agua del pozo
[163]
;
se cansaba y se quedaba dormido en la barca
[164]
,
etc. etc.
Jesucristo también tenía naturaleza divina como se deduce de multitud de textos.
Repetidas veces se llama Hijo de Dios
[165]
.
Pero esta filiación divina de Jesucristo es de distinta manera que la del resto de los hombres. Por eso hace esta
distinción: «Mi Padre y vuestro Padre»
[166]
.
Mientras los hombres somos hijos adoptivos
[167]
, Jesucristo es Hijo natural, es
decir, de la misma naturaleza del Padre: tiene la misma naturaleza divina.
Los hijos siempre tienen la misma naturaleza que sus padres: el hijo de un
pez es pez, el hijo de un pájaro es pájaro, el hijo de un hombre es hombre, el
hijo de Dios es Dios.
Nosotros somos hijos por adopción
[168]
. Jesucristo lo es por generación. Por
eso se llama «Hijo Unigénito»
[169]
.
Dice San Pablo que «Cristo siendo de naturaleza divina no
alardeó de su dignidad, sino que prescindiendo de su categoría de Dios tomó
naturaleza de hombre»
[170]
.
Y añade San Pablo que «Jesucristo no consideró usurpación el ser
igual a Dios»
[171]
, pues ya lo era por naturaleza. Por eso, al hacerse también semejante a los
hombres, «se anonadó a sí mismo»
[172]
,
es decir, se rebajó al asumir la naturaleza de hombre siendo Dios como era.
Jesucristo se llamaba a sí mismo El Hijo del
Hombre. Así aparece ochenta y dos veces en los Evangelios; y siempre en
boca de Jesús. Es una alusión al
nombre que el profeta Daniel daba al
Mesías
[173]
.
Los discípulos le llamaban «Señor» (Kyrios).
Era una referencia a Yahvé, el Dios
de Israel, inspirados en el salmo 110 que llamaba así al Mesías
[174]
.
32,12. El Apóstol Santo Tomás llamó a Jesús: «Señor mío y Dios mío»
[175]
. Jesús no le hizo rectificar como
si aquello fuera una exageración.
El Concilio II de Constantinopla declara autorizadamente que Cristo ha sido llamado Dios en este
pasaje
[176]
.
San Pablo afirma repetidas veces que Cristo es Dios: dice que es «de condición
divina»
[177]
; que «en Él reside toda la plenitud de
la divinidad»
[178]
;
le llama «Dios bendito»
[179]
y «gran Dios»
[180]
. San Pablo transmite la creencia de
la primera comunidad cristiana. De lo contrario los otros Apóstoles hubieran
protestado
[181]
.
Por el contrario, todos decían lo mismo.
San Pedro lo llama Dios
[182]
antes de recibir las llaves del Reino de los Cielos
[183]
y al principio de su Segunda Carta llama a Jesús, Dios y Salvador.
San Juan dice que Cristo es «Hijo Único de
Dios»
[184]
,
«verdadero Dios»
[185]
.
San
Pablo afirmaba: «Tanto
ellos como yo, esto es lo que predicamos»
[186]
.
Si los Apóstoles no hubieran creído que Cristo es Dios no hubieran dado la vida por Él, pues nadie da la
vida por lo que sabe que es mentira.
Los Testigos de
Jehová niegan la divinidad de Cristo, y para ello han hecho una traducción de la Biblia que
llaman del Nuevo Mundo, donde
introducen palabras que no están en el texto original y que cambian el sentido
de las frases en que se habla de la divinidad de Cristo.
Esta introducción de palabras que cambian el sentido del texto original es
un auténtico fraude.
Esta Biblia de los Testigos de
Jehová es una Biblia falsaria (ver nº 6,9).
32,13. Los judíos entendieron que Jesús se tenía por Dios, por eso querían quitarle la vida, por hacerse «igual a Dios»
[187]
.«Te apedreamos por blasfemo, porque siendo
hombre te haces Dios»
[188]
.
«Debe morir porque se hace Hijo de Dios»
[189]
.
El pueblo judío era monoteísta y no concebía otro Dios que Yahvé. Cristo afirmaba claramente su
divinidad. Por eso le llamaban blasfemo
[190]
.
También a Caifás le sonó a
blasfemia la respuesta de Jesús en
el Sanedrín afirmando que Él era Hijo de Dios.
Y por blasfemo lo condenaron a muerte
[191]
.
Si Cristo se hubiera llamado
Hijo de Dios del mismo modo que Dios era Padre del resto de los hombres,
aquello no tendría por qué haber sonado a blasfemia. Pero Cristo se identificaba con el Padre
[192]
,
pues tenía su misma naturaleza de Dios.
Todos los textos que los Testigos de
Jehová citan para quitar a los católicos la fe en Cristo-Dios, se refieren
a Cristo-Hombre.
Ignorar los textos en que se afirma la divinidad de Cristo es no conocer la Biblia; o querer engañar, que es peor.
Los Testigos de Jehová no tienen
derecho a llamarse cristianos, pues no creen que Cristo sea Dios.
Por eso son excluidos del Consejo Mundial de las Iglesias
Cristianas
[193]
.
Dice San Juan: «Todo el que niega al Hijo tampoco posee al
Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre»
[194]
.
El P. Giuseppe De Rosa, S.I. ha
publicado en la revista «Civiltà Cattolica» de los jesuitas de Roma un artículo titulado «Los Testigos de Jehová no son
cristianos», pues niegan la Trinidad y la divinidad de Cristo
[195]
.
Jesús estaba convencido de ser Hijo de Dios en un sentido especial, único. Jesucristo llama a Dios su Padre de un
modo familiar. Utilizaba la palabra abbá que equivale a «papá».
El investigador alemán Joaquín
Jeremías, «uno de los mayores expertos del siglo XX en el Jesús de la historia»
[196]
en su opúsculo La oración del Señor y
en su libro El mensaje esencial del Nuevo Testamento da mucha importancia al
término abbá. Dice que «hasta hoy
nadie ha podido aducir un solo caso dentro del judaísmo palestinense en que
Dios sea invocado como “mi padre” por un individuo.
»Para la mentalidad judía hubiera sonado a irreverencia. Lo que hacía
inimaginable el llamar a Dios con ese término coloquial.
»Es algo nuevo, excepcional, de lo que nunca se había tenido siquiera una
sospecha.
»Nos hallamos frente a algo nuevo e inaudito, que rompe los moldes del
judaísmo»
[197]
.
Urs von Balthasar dice que la palabra abbá (papaíto,
papi) es cariñosa y exclusiva: «es impensable que Jesús hubiera dado este tratamiento primero a otro hombre llamado José»
[198]
.
El cristianismo es la única religión que considera a Dios como Padre.
Los musulmanes dan a Dios cien nombres distintos, pero no está incluido
el de «Padre».
En el Antiguo Testamento también se da a Dios el nombre de «Padre» quince
veces, pero no como PADRE del individuo, sino alegóricamente, como PADRE del
pueblo de Israel como pueblo escogido
[199]
.
Cristo es Hijo de Dios en un sentido real. No figurado: hombre santo, pero no de
naturaleza divina.
Por eso escribe San Agustín: «A
quienes dicen que Jesucristo es Hijo
de Dios en cuanto que es un hombre tan santo que merece ser llamado Hijo de Dios,
a estos tales los expulsa de nuestra comunidad la institución católica»
[200]
.
Algunos quieren rebajar la divinidad de Cristo.
Para ellos Jesús sería un hombre
«divinizado» en el sentido afectivo, no efectivo.
Por eso en lugar de hablar de la divinidad «de» Cristo, prefieren hablar de la presencia de la divinidad «en» Cristo.
Como si Cristo no fuera
verdadero Dios, sino tan sólo un hombre en el que Dios resplandeció de modo
excepcional. Pero si leemos el Evangelio sin prejuicios como dice Greeley, está claro que Cristo se siente unido al Padre de un
modo excepcional y único: «Quien me ve a
Mí ve al Padre», pone San Juan en boca de Jesús
[201]
.
Es más, Jesús se siente con
autoridad para cambiar el Antiguo Testamento. Los Profetas de la Antigüedad
apoyaban sus palabras en al autoridad de Dios. Decían: «Así habla el Señor».
Jesús habla en nombre propio, y se atreve a corregir la ley mosaica, por
considerarse superior a ella. Habla por derecho propio. «Se dijo a los antiguos, pero Yo os digo»
[202]
.
Lo mismo, cuando perdonó los pecados al paralítico de Cafarnaún dio a
entender su divinidad, atribuyéndose un poder divino, pues sólo Dios puede
perdonar pecados en nombre propio
[203]
.
Jesús habló con la suficiente claridad para que pudiéramos descubrir su
divinidad, pero de un modo velado para no escandalizar a aquel pueblo,
esencialmente monoteísta, que no podía aceptar a otro Dios que a Yahvé.
Por eso Jesús descubrió su
divinidad paulatinamente
[204]
.
Afirmarla de golpe hubiera provocado escándalo.
Sólo al final de su vida desvela el misterio de su personalidad divina. Jesús respondió a Caifás que le preguntaba por su divinidad: «Tú lo has dicho», que es un modo de hablar, que significa: «Así es
como tú dices»
[205]
.
Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios
[206]
.
32,14. Jesucristo demostró con
sus milagros que lo que decía era verdad: porque sólo con el poder de Dios se
pueden hacer milagros
[207]
.
El milagro supera las leyes de la Naturaleza, y esto sólo puede hacerse con
el poder de Dios
[208]
.
Jesucristo había dicho muchas veces: «Si no
creéis en mis palabras, creed en mis obras»
[209]
;
«Mis obras dan testimonio de Mí»
[210]
;
«Si no hubiera hecho entre ellos obras
tales, cuales ningún otro ha hecho, no tendrían culpa»
[211]
.
Jesucristo aludía a los milagros que hacía para que creyésemos en Él
[212]
.
Jesucristo hacía los milagros en nombre propio. Le dice al viento: Yo te lo digo, párate; y el viento se
para. Y al mar: Yo te lo digo, cálmate; y
el mar se calma. Y al paralítico: Yo te
lo digo, levántate; y el paralítico se levanta
[213]
.
Jesucristo hacía siempre los milagros en nombre propio: Yo te lo digo.
En cambio San Pedro los hacía en
nombre de Jesucristo
[214]
.
32,15. El milagro es una obra,
un hecho visible y perceptible por los sentidos, que supera las fuerzas
de la Naturaleza
[215]
;
y que se hace por Dios, bien directa-mente, bien por medio de los ángeles o de
los hombres.
Dios hace milagros siempre con un fin bueno: como un signo de salvación
[216]
.
«San Juan al referirnos los milagros de Jesús los llama “signos”»
[217]
.
El milagro es el sello de Dios.
Todo lo que lleva el sello del milagro es verdad, porque Dios no puede
respaldar con su autoridad una mentira.
La fuerza del milagro está en que Dios es el único que puede cambiar las
leyes de la Naturaleza, (pues las ha puesto Él y pudo haber puesto otras) y en
que Él es la Suma Verdad.
Por lo tanto el milagro realizado para confirmar una afirmación de labios
humanos, es una aprobación de Dios a la afirmación del hombre; y Dios no puede
aprobar el error ni la mentira.
Aunque el autor del verdadero milagro siempre es Dios, Dios puede conceder
ese poder a los hombres
[218]
.
Los milagros ayudan la fe, pero no la fuerzan, pues el acto de fe debe ser
libre. Si no, no sería meritorio.
La fe trasciende las razones, pero es razonable. Si la fe no fuera
razonable los creyentes seríamos estúpidos (ver nº 3,8).
No son milagros los hechos extraordinarios que provienen de ciertas
habilidades de los hombres o de intervenciones del demonio.
No es lo mismo milagro que prodigio.
Un prodigio puede ser obra de un prestidigitador o un fenómeno
parapsicológico.
Un prestidigitador que se saca palomas de la manga, o un radiestesista
encontrando manantiales de agua no tienen nada de milagroso.
Se trata de trucos, habilidades, cualidades excepcionales.
Pero nada de esto supera las leyes de la Naturaleza.
El milagro es un rompimiento de las leyes de la Naturaleza: si tiro un
ladrillo por la ventana, cae, no sube; si pongo agua al fuego, se evapora, no
se hace hielo.
El milagro se realiza en un contexto religioso
[219]
.
Dios puede cambiar las leyes de la Naturaleza, que son obra suya
[220]
.
Pero Dios no puede hacer un círculo cuadrado, pues esto es absurdo, y Dios no
hace absurdos
[221]
.
Hay fenómenos que todavía no
conocemos bien, como la radiestesia, la telepatía, la telergia, la
telequinesia, la precognición, etc.
«Aunque hay un constante rechazo por la práctica totalidad del mundo
científico de todas las afirmaciones de la Parapsicología acerca de la
capacidad de influir en la materia por medios subjetivos; tanto en la predicción
de resultados aleatorios como en la telequinesia»
[222]
.
Pero el milagro es algo que sabemos supera las fuerzas de la Naturaleza:
como resucitar a un muerto de cuatro días que ya está en estado de
putrefacción.
Quizás no sepamos hasta dónde puedan llegar, en algunos casos, las leyes de
la Naturaleza
[223]
.
Pero hay cosas que ciertamente comprendemos que la Naturaleza no puede
hacer
[224]
:
un hombre tan alto que toque la Luna con su mano, obtener oro uniendo hidrógeno
y oxígeno, o sacar rosas sembrando un grano de trigo.
Hay cosas que superan evidentemente las posibilidades de los hombres, como
dijo Rabindranath Tagore, Premio
Nobel de Literatura: «Tú puedes apagar de un soplo una vela; pero es imposible
apagar el Sol a fuerza de soplidos»
[225]
.
Un cerdo, por mucho que se le entrene, nunca podrá competir con un caballo
de carreras; a lo más llegará a ser un cerdo veloz.
«Hoy la ciencia médica obtiene curaciones estupendas, pero valiéndose de
medios adecuados, con frecuencia complicados y largos.
»En esto no hay prodigio, sino técnica y uso inteligente de medios
proporcionados al fin.
»Pero si un hombre cura a un ciego, o aun leproso, con una simple palabra
entonces la ciencia y la razón quedan eliminadas, y es preciso buscar la causa
del hecho fuera de las leyes y los medios naturales»
[226]
.
32,16. Algunas personas se resisten a creer en los milagros de Jesucristo.
Niegan el milagro porque dicen que eso es imposible. Pero esta negación no
tiene valor ninguno.
Si se prueba que son hechos reales, hay que darles alguna explicación.
Las curaciones de las enfermedades quieren atribuirlas a procedimientos
ocultos y desconocidos; y cuando esto les resulta demasiado absurdo, entonces
se limitan a negar tranquilamente el hecho. Este procedimiento es muy cómodo,
pero resulta poco científico.
Hay tres clases de imposibilidad:
a) La imposibilidad metafísica o absoluta como es el absurdo: ser y no ser
al mismo tiempo.
Por ejemplo, un círculo cuadrado.
Esto es absurdo porque no puede ser al mismo tiempo círculo y cuadrado. Sería
una contradicción, un absurdo.
Esto no la hace ni Dios, porque Dios no hace absurdos.
b) La imposibilidad física o natural: la que va contra las leyes de la
naturaleza.
Esto es imposible para el hombre, pero no para Dios que es el autor de la
leyes de la naturaleza, y por lo tanto puede cambiarlas.
Quizás no sepamos hasta dónde pueden llegar las leyes de la naturaleza.
Para una persona del siglo XVI hubiera sido impensable la radio y la
televisión.
Pero sí podemos saber hasta dónde no pueden llegar las leyes de la
naturaleza: un hombre tan alto que con los pies en el suelo toque la Luna con
su mano; o resucitar, de una voz, un muerto en estado de putrefacción.
Algunos niegan el milagro diciendo que lo que hoy nos parece imposible
mañana puede no serlo. Esto puede ser verdad en algunos casos; pero en otros,
no. Hay cosas en las que estamos seguros que nunca pueden ocurrir por leyes
naturales: que un huevo frito vuelva a ser un huevo crudo, o que en vasos
comunicantes pase el líquido del nivel inferior al nivel superior. Los hechos
reales que van contra las leyes de la naturaleza son los hechos milagrosos.
c) Finalmente está la imposibilidad moral u ordinaria: lo que no va contra
ninguna ley de la naturaleza, pero que no suele suceder.
Va contra el sentido común.
Por ejemplo, que tirando al suelo un millón de letras de un cubo, salga un
libro.
La fuerza de los milagros de Jesucristo es que superan la imposibilidad física, y esto sólo se puede hacer con el
poder de Dios.
«La teología de la secularización ha querido eliminar el aspecto
apologético del milagro.
Bultmann denomina”mito” a toda intervención de Dios en el mundo»
[227]
.
Sin embargo, la
fuerza de Jesucristo está en que
confirmó su doctrina con milagros que nos consta
se realizaron por la historicidad de los Evangelios, y que por exceder a todo
poder humano son una confirmación divina.
«Una vez admitida la actividad taumatúrgica como un dato indudable de la
vida de Cristo, no hay fundamento
para hacer una selección entre los milagros de los Evangelios, admitiendo unos
como históricos y rechazando otros como legendarios...
»De la historicidad de los milagros, no puede dudarse»
[228]
.
La mejor fuente
histórica es lo que dijeron del hecho los
contemporáneos que lo vieron o lo oyeron de quienes fueron testigos.
Pues bien, los milagros de Jesucristo nos los refieren quienes los vieron con sus propios ojos y murieron por
defender la verdad de lo que decían.
Dice San Juan: «Lo que mis ojos vieron y oyeron mis oídos,
de esto doy testimonio»
[229]
.
Hasta los mismos enemigos de Jesús no podían negar los hechos milagrosos que Jesús hacía, y por eso los atribuían a Satanás
[230]
.
Incluso deciden matarlo porque: «Este
hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos, todos creerán en él»
[231]
.
Y el mismo San Pedro en su
discurso de Jerusalén, el día de Pentecostés, dijo: «Israelitas, escuchadme: Dios acreditó entre vosotros a Jesús el
Nazareno con los milagros que hizo»
[232]
.
«En los Evangelios se describen detalladamente más de cuarenta milagros
operados personalmente por Jesús»
[233]
.
Dice Ricciotti que la
historicidad de los Evangelios, los milagros de Cristo y su divinidad son los tres eslabones de nuestra fe en Cristo
[234]
.
«San Juan designa a los milagros
de Jesús con el término de “signo”»
[235]
.
32,17. La Carta a los Hebreos
define la fe como «la garantía de lo que esperamos y la seguridad de lo que no
se ve»
[236]
.
«Fe es la aceptación de la palabra de una persona fidedigna. Creer lo que
no se ve porque nos lo asegura otro que lo ve o que lo sabe»
[237]
.
La fe personal en Jesucristo es
la aceptación de su propio testimonio hasta la adhesión y la entrega total a su
divina Persona
[238]
.
No es la mera aceptación de que Él existe y vive entre nosotros tan
realmente como cuando vivió en Palestina; ni tampoco una adhesión de sólo el
entendimiento a las verdades que el Evangelio nos propone, según la autorizada
interpretación del Magisterio de la Iglesia.
Es algo mucho más existencial y totalizante.
Dice el Concilio VATICANO I: «La Iglesia Católica enseña infaliblemente que
la fe es esencialmente un asentimiento sobrenatural del entendimiento a las
verdades reveladas por Dios»
[239]
.
Pero la fe no sólo es aceptar una verdad con el entendimiento, sino también
con el corazón.
Es el compromiso de nuestra propia persona con la persona de Cristo en una relación de intimidad que
lleva consigo exigencias a las que jamás ideología alguna será capaz de llevar.
Para que se dé fe auténtica y madura hay que pasar del frío concepto al calor
de la amistad y del decidido compromiso. Por eso una fe así en Jesucristo es la que da fuerza y
eficacia a una vida cristiana plenamente renovada, como la que quiere
promover el Concilio Vaticano II.
Aceptar a Cristo no es como
aceptar que 2x3=6, lo cual no compromete nuestra vida. Aceptar a Cristo es comprometerse a vivir como Él
quiere. Lo cual supone esfuerzo, pero es lo más grande que se puede hacer en la
vida.
Lo esencial de la fe es aceptar una verdad por la autoridad de Dios que la
ha revelado. El que para creer que Jesucristo está en la eucaristía exige una demostración científica, no tiene fe en la
eucaristía.
«Cuando la Iglesia, ya sea por definición dogmática, ya sea por su
Magisterio ordinario y universal, propone a los fieles alguna verdad para ser
creída como revelada por Dios, no puede fallar en virtud de la asistencia
especial del Espíritu Santo que no puede permitir que la Iglesia entera yerre
en alguna doctrina relativa a la fe o las costumbres»
[242]
.
«Creer no consiste tan sólo en asentir a un texto muerto; consiste en
someterse a un ser vivo»
[243]
.
«La fe no es sólo la aceptación de unas fórmulas sino también la adhesión
personal a Cristo»
[244]
.
La fe, más que creer en algo que no vemos es creer en alguien que nos ha
hablado
[245]
.
Más que «un acto intelectual es una actitud, un comportamiento vital que
implica toda la persona. La fe es, ante todo, adhesión a la persona que revela,
seguridad en la fidelidad y lealtad de Dios que nos habla»
[246]
.
La fe no es sólo aceptar unos conceptos sino, sobre todo, vivir fielmente
según unos principios. No es sólo: «acepto...», sino : «me fío de ti...».
Fe quiere decir «tener algo por real y verdadero en virtud del testimonio
de otro», porque nos fiamos de su ciencia y veracidad.
La fe sobrenatural me da la suprema de las certezas, pues no me fío de la aptitud
natural del entendimiento humano para conocer la verdad, ni de la veracidad de
un hombre, sino de la ciencia y veracidad de Dios.
Porque creo en Cristo, me fío de
su palabra. Acepto a Cristo como
norma suprema, y todo lo valoro como lo valora Él.
Los hechos son la expresión del nivel de fe de una persona.
No hay posible aceptación del programa de Jesús si no es mediante el lenguaje de los hechos. Seguir a Jesús quiere decir escuchar sus
palabras, asimilar sus actitudes, comportarse como Él, identificarse plenamente
con Él.
«No se trata, claro está, de un seguimiento en el sentido material; hay que
andar tras Él con pasos espirituales: con el corazón, con el alma, con la entrega personal». “Seguir”, en este
caso, equivale a creer, aceptar sus palabras, convertirse, obedecer sus
consignas, hacerse discípulo suyo»
[247]
.
«Los que siguen a Jesús de
verdad quieren parecerse a Él, se esfuerzan en pensar como Él, haciendo las
cosas que le gustan a Él. Desean obrar bien, ayudar a los demás, perdonar, ser
generosos y amar a todos»
[248]
.
Tener fe lleva consigo un estilo de vida, un modo de ser.
«La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela»
[249]
.
«La fe es esencialmente la respuesta de la persona humana al Dios personal,
y por lo tanto el encuentro de dos personas. El hombre queda en ella totalmente
comprometido. La fe es cierta, no porque implica la evidencia de una cosa
vista, sino porque es la adhesión a una persona que ve. La transmisión de la fe
se verifica por el testimonio (...) Un cristiano da testimonio en la medida en
que se entrega totalmente a Dios y a su obra (... ) Normalmente, la verdad
cristiana se hace reconocer a través de la persona cristiana»
[250]
.
El que no tiene fe no entiende al que la tiene, y sabe estimar los valores
eternos. Es como hablarle a un ciego de colores.
«Toda verdad, cuando llega a encarnarse profundamente en nuestro psiquismo,
se convierte en una fuerza y en un principio operante.
»Cuando, dejando de ser una verdad abstracta, llega a ser algo personal,
ensamblada en la afectividad como un ideal y un amor, entonces esa idea
comienza a mandar en nuestra vida y a dirigirla»
[251]
.
32,18. Hoy está de moda insistir en que la fe es algo inseguro.
Esto tiene algo de verdad, pues la fe no se nos presenta con una seguridad
metafísica, como un axioma filosófico.
Pero la fe es muy razonable, como hemos visto en páginas precedentes (nº 3,8). Y esto nos da seguridad a
los creyentes. Esta seguridad no hay que menospreciarla. Los psicólogos afirman
que la seguridad es uno de los elementos indispensables para el ser humano, de
tal manera que su falta es fuente de neurosis.
«La duda puede resultar muy progre, pero conduce directamente a la
depresión»
[252]
.
El hombre necesita fundamentarse en la verdad. El relativismo, que no tiene
verdades ciertas, destruye el entendimiento, y nos reduce a ser animales que no
saben razonar.
El deseo de
seguridad es inherente a la naturaleza humana:
nadie pone su dinero en un Banco donde tiene peligro de perderlo, nadie come
alimentos podridos que puedan intoxicarle, un alpinista que escala una pared no
se agarra a un clavo mientras éste no esté bien afirmado.
El deseo de seguridad es innato a la naturaleza humana, como lo es el deseo
de felicidad o el deseo de ser querido y de ser aceptado.
Dice Juan Pablo II en su encíclica Fe y Razón: «El hombre no puede
fundar su vida sobre la duda»
[253]
.
«Necesitamos afirmaciones, no dudas. (...)
»La duda no es para instalarse en ella, sino para superarla.
»Hoy está de moda provocar dudas (...) con audacias hereticoides. (...)
»Si se hiciere adrede sería un pecado monstruoso. (...)
»Hay que ser fieles a la verdad»
[254]
.
La fe es iluminadora, optimista y esperanzadora; porque es razonable.
Algunos hablan de una fe oscura, vaga, difusa, nebulosa.
«La Iglesia y la experiencia nos hacen sonreír ante este razonamiento
ramplón, fruto del complejo de inferioridad que tienen hoy algunos creyentes,
aun de los que escriben y enseñan.
»El seguimiento de Cristo exige
un esfuerzo por ir asumiendo las actitudes fundamentales que dieron sentido a
toda su vida: creer lo que Él creyó, dar importancia a lo que Él se la dio,
defender lo que Él defendió, vivir y morir por lo que Él vivió y murió»
[255]
.
El hombre sin valores es un hombre inmaduro, cambiante, se mueve
según el viento que corre, carece de responsabilidad
[256]
.
Hoy está de moda la tolerancia.
Pero como dice Vittorio Messori: «quien
se casa con una moda, pronto se quedará viudo»
[257]
.
Y la tolerancia no siempre es virtud.
Puede deberse a cobardía o falta de principios.
Todo le da igual, porque no cree en nada. Por eso es indiferente a todo.
Muchos tolerantes, lo son, porque no tienen convicciones ni valores.
«Para convivir hay que saber tolerar. Pero también hay que saber lo que se puede tolerar. Tolerarlo todo es una estupidez. Pero no tolerar nada es soberbia. (...) Lo sustancial es inmutable, y por lo tanto intocable. Pero no todo es esencial. Y por supuesto, que no es lo mismo ser tolerantes con las personas que transigir con los errores. Con el error no se puede transigir» [258] . Se puede ser tolerante con las personas, no con el error. El error no tiene derechos. El régimen de tolerancia que vivimos lleva al «todo vale». Si un
entrevistado opina una cosa, se pone al lado al que dice lo contrario. Se
confunde la tolerancia con las personas y la tolerancia con el error. Y el
error no puede ser tolerado. Como dice San
Pedro: «debemos dar razón de nuestra
esperanza»
[259]
.
Aun sabiendo que muchos la rechazarán. Pero como dijo santa Bernardita en Lourdes a sus inquisidores que no creían
en ella: «La Señora no me ha dicho que os convenza, sólo que os lo diga».
Cristo le dijo a Pilatos que vino a dar
testimonio de la verdad
[260]
.
Pero hoy, al que cree en la verdad se le llama, despectivamente,
«integrista». Lo que está de moda es la duda y el «todo vale».
«Muchos cristianos piensan que el respeto a los demás consiste, no en
buscar una “fraternidad en la fe” sino una “comunidad en la duda”»
[261]
.
Hoy muchos se creer inteligentes porque dudan de todo; y se creen sabios
porque no tienen ninguna certeza. La verdad une. La opinión separa.
Hoy se habla mucho de dialogar con el mundo. Pero estos diálogos deben ser
para llevar el mundo a Dios; porque si son para mundanizar a la Iglesia, esto
sería traicionar la misión que tiene la Iglesia de evangelizar el mundo.
N.B.: Puede ser interesante mi vídeo: El hombre «descafeinado»: vacío de valores. Todos
los sistemas. También disponible en DVD.
[262]
.
[148]
Evangelio de SAN MARCOS, 1:1
[149]
Evangelio de SAN JUAN, 20:31
[150]
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[151]
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[153]
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libro, erudito, documentado y fervoroso.
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[157]
VITTORIO MESSORI: Algunas
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[158]
Evangelio de SAN JUAN, 8:23
[159]
Evangelio de SAN JUAN, 17:5; 8:58
[160]
Evangelio de SAN JUAN, 12:45; 14:9
[161]
Evangelio de SAN JUAN, 10:30; 5:18
[162]
Evangelio de SAN MARCOS, 11:12s.
[163]
Evangelio de SAN JUAN, 4:6ss.
[164]
Evangelio de SAN MATEO, 8:24
[165]
Evangelio de SAN LUCAS, 1:35; Evangelio de SAN JUAN, 1:34; 20:31, Primera Carta de SAN JUAN, 4:15, etc.
[166]
Evangelio de SAN JUAN, 20:17
[167]
SAN PABLO: Carta a los Gálatas, 4:5
[168]
SAN PABLO: Carta a los Romanos, 8:14s; 9:4
[169]
Evangelio de SAN JUAN, 1:14,18; 3:16
[170]
Biblia de Jerusalén, Filipenses, 2:6ss.
[171]
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SAN PABLO: Carta a los Filipenses, 2:6
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[183]
Evangelio de SAN MATEO, 16:16
[184]
Primera Carta de SAN JUAN, 4:9
[185]
Primera Carta de SAN JUAN, 5:20
[186]
SAN PABLO: Primera Carta a los Corintios, 15:11
[187]
Evangelio de SAN JUAN, 5:18; 19:7
[188]
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[189]
Evangelio de SAN JUAN, 19:7
[190]
Evangelio de SAN JUAN, 10:33
[191]
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VITTORIO MESSORI: Algunas
razones para creer, VII. Ed. Planeta+Testimonio. Barcelona.
[262] Pedidos a SPIRITUS MEDIA. Editorial católica. Apartado 2564. 11080-Cádiz. Tel.: (956) 222 838. FAX: (956) 205 810. Correo electrónico (e-mail): pedidos@spiritusmedia.org |