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EL MÁS ALLÁ
98.-EL QUE PECA MORTALMENTE Y MUERE SIN ARREPENTIRSE DE
SUS PECADOS MORTALES SE VA AL INFIERNO.
98,1. «Vive siempre como quien ha de morir», pues es
certísimo que, antes o después, todos moriremos.
En la puerta de entrada al cementerio de El Puerto
de Santa María se lee: Hodie mihi, cras
tibi que significa: «Hoy me ha tocado a mí, mañana te tocará a
ti». Esto es evidente.
Aunque no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde; pero
quien se equivoca en este trance no podrá rectificar en toda la eternidad.
Por eso tiene tanta importancia el morir en gracia
de Dios.
Y como la vida, así será la muerte: vida mala,
muerte mala; vida buena, muerte buena.
Aunque a veces se dan conversiones a última hora,
éstas son pocas; y no siempre ofrecen garantías.
Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido.
Aunque es posible que a última hora Dios ilumine al
alma de un modo especial en orden a su salvación eterna, quien se apoyara en
esta esperanza «para seguir quebrantando tranquilamente los mandamientos de
Dios cometería una temeridad indecible y se expondría, casi con toda seguridad,
a la condenación eterna»
[1]
.
Es impresionante la muerte de Voltaire (Francisco Mª Arouet).
Murió la noche del 30 al 31 de mayo de 1778, a
los ochenta y cuatro años de edad.
Fue un hombre impío y blasfemo.
«Vinculado a la masonería, tenía por lema: “Destruid
a la Infame”, es decir, a la Iglesia. Dijo: “Jesucristo necesitó doce apóstoles para propagar el cristianismo.
Yo voy a demostrar que basta uno sólo para destruirlo”»
[2]
.
Pero se fue a la tumba sin conseguirlo.
En la hora de la muerte pidió un sacerdote, pero sus
amigos se lo impidieron.
Murió con horribles manifestaciones de
desesperación, bebiéndose sus propios excrementos, como cuenta la marquesa de Villete, en cuya casa murió
[3]
.
Es frecuente que ateos y anticlericales pidan un
sacerdote en la hora de la muerte.
Azaña, que siendo Presidente de la República Española,
tanto persiguió a la Iglesia, antes de morir se confesó con el obispo de
Montauban, en Francia, Mons. Theas, quien afirmó que confesó y dio la extremaunción, que recibió con plena lucidez,
y por petición suya, a Manuel Azaña en el Hotel du Midi, de Montauban,
donde murió diciendo: «Dios mío, misericordia»
[4]
.
François
Mitterrant, Presidente de
Francia, encarnizado anticlerical, agnóstico puro y duro, quiso morir con los
sacramentos de la Iglesia
[5]
.
También Picaso, que vivió tantos años apartado de la Iglesia, quiso morir en el seno de la
Iglesia Católica. Así lo afirma su biógrafo Juan Maldonado en su obra Picaso,
único
[6]
.
«Con la muerte termina para el hombre el estado de
viajero, y se llega al término que permanecerá inmutable por toda la eternidad.
»Más allá de la muerte no hay posibilidad de cambiar
el destino que el hombre mereció al morir.
»Después de la muerte nadie puede merecer o
desmerecer.
»Ha terminado para el alma el estado de vía y ha
entrado para siempre en el estado de término»
[7]
.
Hay personas que se acomodan en esta vida como si
ésta fuera para siempre y definitiva.
Esto es una equivocación.
Debemos vivir en esta vida orientados a la otra, a
la eterna, que es realmente la definitiva.
Por lo tanto debemos aprovechar esta vida lo más
posible para hacer el bien.
En la muerte se separa el alma del cuerpo
[8]
.
El cuerpo va a la sepultura y allí se convierte en
polvo.
El alma, en cambio, constitutivo esencial de la
persona, sigue viviendo.
En el mismo instante de la muerte Dios nos juzga
[9]
.
Dice la Biblia: Cada
no será juzgado según sus obras
[10]
.
A la muerte sigue inmediatamente el juicio
particular
[11]
.
Dice la Biblia: «Está
establecido que los hombres mueran una sola vez, y después haya un juicio»
[12]
.
«El Nuevo Testamento habla de la retribución
inmediata después de la muerte de cada uno»
[13]
.
Es dogma de
fe
[14]
que inmediatamente después de la muerte los que mueren en pecado mortal actual
se van al infierno; y al cielo -después de sufrir la purificación, los que la
necesiten- las almas de todos los santos
[15]
. «Cada cual dará a Dios cuenta de sí»
[16]
; «Dios dará a cada uno según sus obras»
[17]
. Dice San Pablo: «Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir
el pago de lo que hicimos en la vida presente»
[18]
.
Si hemos muerto en paz con Dios, sin pecado mortal,
el alma es destinada a ser eternamente feliz en el cielo; pero si hemos muerto
en pecado mortal, es destinada a ser eternamente desgraciada en el infierno.
Dice San Juan:
«Los que hayan hecho el bien resucitarán
para la vida; y los que hayan hecho el mal, para la condenación»
[19]
.
La retribución inmediata después de la muerte se
deduce de las palabras de Cristo al
buen ladrón
[20]
:
«Hoy estarás conmigo en el paraíso»
[21]
.
Dice el Catecismo oficial de la Iglesia Católica: «La fe de la Iglesia
ha confesado siempre que en la muerte hay separación del alma y del cuerpo.
El alma va
inmediatamente al encuentro con Dios, quedando en espera de reunirse con su
cuerpo resucitado al final de la Historia
[22]
.
«De la misma manera que el cielo comienza ya para
las almas justas (si no tienen nada de qué purificarse previamente)
inmediatamente después de la muerte, también el infierno empieza para el alma
del impío al morir»
[23]
.
El hombre materialista es vencido por la muerte.
Sólo Dios nos da la vida eterna.
La fe y la fidelidad a Dios es el supremo modo de
vivir en esta vida, y de esperar con ilusión la eternidad.
99.- EL INFIERNO ES EL TORMENTO ETERNO DE LOS QUE MUEREN SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS
MORTALES.
99,1. El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno.
La existencia del infierno eterno es dogma de fe.
Está definido en el Concilio lV de Letrán
[24]
.
«Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable
realidad de la muerte eterna, llamada también infierno»
[25]
.
«Dios quiere que todos los
hombres se salven»
[26]
.
Pero el hombre puede decir «no» al plan salvador de
Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él.
El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto
del pecado.
El infierno es la consecuencia de que un pecador ha
muerto sin pedir perdón de sus pecados
[27]
.
Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la
consecuencia de que el estudiante no sabe.
Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y
catorce veces dice que en el infierno hay fuego
[28]
.
Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces
que hay fuego.
Aunque este fuego es de características distintas
del de la Tierra, pues atormenta los espíritus
[29]
, Jesucristo no ha encontrado otra
palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite.
La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe
dijo, el 17 de mayo de 1979, que «aunque la palabra “fuego” es sólo una
“imagen”, debe ser tratada con todo respeto»
[30]
.
En el infierno hay otro tormento que «es el más
terrible de todas las penas del infierno»
[31]
.
Según San
Juan Crisóstomo, es mil veces peor que el fuego
[32]
.
San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda
comparar
[33]
.
Los teólogos lo llaman «pena de daño».
Es una angustia terrible, una especie de
desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió
el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre.
Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el
infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror
[34]
.
El Evangelio lo expresa diciendo que allí será el llanto y el rechinar de dientes
[35]
.
La Biblia pone en boca del condenado un grito
terrible: «Me he equivocado»
[36]
.
Como el que va volando sobre el Atlántico en un
«Jumbo» 747, y al ver en la pantalla la ruta del viaje, se da cuenta de que se
ha equivocado de avión, pues su deseo es ir a Australia.
Y en el viaje a la eternidad no es posible
rectificar: no hay retorno.
No hay que confundir el infierno con los «infiernos»
a los que fue Cristo después de
morir.
Rezamos en el credo de los Apóstoles: «Descendió a
los infiernos».
Aquí los «infiernos» se refiere al lugar de los
muertos, como se dice en el Canon IV de la Misa. Se trata de los justos que
esperaban la redención del Mesías prometido.
Allí fue Cristo a anunciarles la Redención.
A la morada de los muertos también la llamamos «el
limbo de los justos»
[37]
.
Si un condenado, después de haber probado el
infierno, pudiera volver a la Tierra para hacer méritos y así librarse del
infierno, ¿qué haría? ¿Cómo atesoraría méritos?
Pues nosotros podemos todavía hacerlo, sin haber
probado el infierno.
Los Testigos
de Jehová niegan la existencia del infierno
basados en que Cristo, a veces,
empleó la palabra sheol que significa
tumba.
Pero la palabra sheol significa infierno en el sentido teológico, pues si las almas de los justos son
librados por Dios del sheol, éste no
podemos considerarlo como domicilio común de todos los muertos
[38]
.
«Al ser libradas del sheol las almas de los justos, y llevadas con Dios, el sheol que antes abarcaba a todos
los muertos, se convierte en destino para sólo los impíos, es decir, se
convierte en infierno»
[39]
. «“Sheol” es la morada de los
malvados»
[40]
después de la muerte.
Pero la doctrina católica sobre la existencia del
infierno no se basa en palabras metafóricas que Cristo pudo emplear en alguna ocasión, sino en la doctrina que desarrolló
repetidas veces en sus enseñanzas, tal como se contiene en el Evangelio.
Como dice acertadamente Arístides R. Vilanova: «el infierno está lleno de personas que no
creían en él»
[41]
.
99,2. «El infierno es la negación del amor y el
fracaso de nuestra libertad»
[42]
.
El infierno es la condenación eterna.
Es el fracaso
definitivo del hombre.
«Aquel que, con plena conciencia de lo que hace,
rechaza la palabra de Cristo y la
salvación que le ofrece; o quien , luego de aceptarla, se comporta
obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su
conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán,
por desgracia suya, alejados de Dios para siempre»
[43]
.
Puede ser interesante mi vídeo El infierno: fracaso definitivo
[44]
.
A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión,
les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno.
Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de
fe
[45]
.
Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda
al infierno
[46]
;
somos nosotros los que libremente lo elegimos.
Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por
el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es
consecuencia de la inteligencia que nos ha dado.
Por el pecado he renunciado a Dios y he elegido a
Satanás. Dice San Juan que el que
peca se hace hijo del diablo
[47]
. Dios
lo acepta con pena, pero me respeta. Como los padres apenados por el hijo que
se ha ido de casa.
Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de
Dios.
Pero también nos dice que el infierno es eterno.
Cristo afirmó la existencia de una pena eterna: «... donde el gusano no muere y el fuego
no se apaga»
[48]
. «Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí,
malditos, al fuego eterno preparado para el diablo»
[49]
. Y
después añade que los malos «irán al
suplicio eterno y los justos a la vida eterna»
[50]
.
«Es preciso subrayar que la verdad más veces
enunciada en el mensaje moral del Nuevo Testamento es la existencia de un
“castigo eterno” para quienes no obran correctamente. (...) Negar que la
conducta humana merece “premio” o “castigo” no sólo se opone a la fe, sino que
es carecer de un mínimo de rigor intelectual en la lectura e interpretación del
Nuevo Testamento»
[51]
.
El infierno eterno es una pena tremenda. Pero hay
que caer en la cuenta que es para ofensas graves y deliberadas (no con
atenuantes) al SER SUPREMO = DIOS.
Es dogma de
fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin
arrepentirse. Aunque Dios es misericordioso, también es justo.
Dice la Sagrada Escritura: «Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia»
[52]
.
Y su misericordia no puede oponerse a su justicia.
Aunque la justicia de Dios no es inexorable, sino
que está dulcificada por su misericordia, y siempre inclinada a tener en cuenta
todos los atenuantes
[53]
.
Como Dios es misericordioso, perdona siempre al que
se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se
arrepiente. «Dios no nos perdona si no estamos arrepentidos»
[54]
.
Muchos pecadores se
quieren autoconsolar pensando que Dios los salvará aunque ellos le estén
ofendiendo. Dios es misericordioso, pero no tonto. Como es misericordioso
perdona al pecador arrepentido que tiene propósito de enmienda, pero no al que
tiene voluntad de seguir ofendiéndole.
Supongamos que un administrador a robado
un millón de pesetas a su señor, y le pide que le perdone la deuda porque no
puede pagarle. Su señor se la perdona, y al salir por la puerta le dice: «pero
sepa que voy a seguir robándole». Esto es una burla; como si el otro fuera
tonto. Lo mismo Dios: es misericordioso, pero no tonto.
La justicia exige reparación del orden violado.
Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y
muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo.
Y este castigo ha de durar mientras no se repare la
falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin
arrepentimiento
[55]
.
Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere
arrepentirse.
Dice Santo
Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta
previamente
[56]
.
El mismo Jesucristo pone el arrepentimiento como condición previa al perdón
[57]
.
Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el
arrepentimiento se hace ya imposible
[58]
, porque
después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse
[59]
.
Después de la muerte no se puede rectificar. La
muerte fija irrevocablemente a las almas
[60]
.
Después de la muerte no se puede merecer nada: con
la muerte se acaba el tiempo de merecer
[61]
.
«La muerte aparece como punto final del estado
durante el cual el hombre puede hacer opciones en las que se abra o cierre a
Dios»
[62]
.
La falta del pecador que murió sin arrepentirse
queda irreparada para siempre, luego para
siempre ha de durar también el castigo
[63]
.
En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo
mismo que en el cielo no es posible pecar
[64]
. Los
bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el
atractivo del pecado les deja indiferentes
[65]
.
«El hombre que disfruta de la visión del Creador, ya
no puede dejarse arrastrar por un bien creado»
[66]
.
Dios es infinitamente justo y no puede quedar
indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo.
¿Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el
asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con
todo el mundo?
Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta
injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo.
El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios.
Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre
nuestro que es.
Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará
el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es
una realidad. Cristo nos lo avisa
para que nos libremos de él.
Se oye decir de labios irresponsables: «Hoy a la
juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades».
Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas;
pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles.
Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas;
pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.
«La doctrina sobre el infierno podríamos
sintetizarla así:
a) El Nuevo Testamento afirma que el destino de los
justos y el destino de los impíos, en el estado escatológico, son diversos.
b) El elemento más característico del estado
escatológico de los justos es “estar con Cristo”.
De modo paralelo, la nota más esencial del estado escatológico que corresponde
al impío es el rechazo del Señor.
c) La situación de condenación se describe como un
estado de sufrimiento.
d) Se insiste en la eternidad del sufrimiento del
condenado»
[67]
.
El concepto de eternidad se opone al concepto de
tiempo, que supone un antes y un después.
La eternidad supone una duración ilimitada, una
permanencia interminable
[68]
.
Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad
es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca
señalará las nueve y cinco.
La idea de que al final todos se salvan por aquello
de San Pablo «Dios quiere que todos los hombres se salven»
[69]
, requiere explicación.
Hay que distinguir entre el deseo de Dios y su
decisión absoluta. El verbo utilizado aquí por San Pablo no implica eficacia absoluta, sino una voluntad que
respeta la libertad de los hombres
[70]
.
99,3. Debemos pedir a Dios muy a menudo que nos proteja en las necesidades de la vida. Dios
tiene en su mano todos los acontecimientos de la vida y los gobierna con
amorosa Providencia.
Debemos tener confianza de que todo lo que Dios hace
o permite es en bien nuestro. Todo
por amor a nosotros, aunque algunas veces con nuestro pequeño entendimiento no
comprendamos los planes de Dios.
«La Divina Providencia consiste en las disposiciones
por las que Dios conduce, con sabiduría y amor, todas las criaturas hasta su
último fin»
[71]
.
Dios está siempre presente en nuestras vidas. Nos
ayuda y protege continuamente.
Pero muchas personas sólo se acuerdan de Él cuando
lo necesitan. Lo mismo pasa con el aire, que sólo nos acordamos de él cuando
nos falta para respirar.
Sabemos que Dios es bueno y cuida de nosotros; aunque
a veces no entendamos su Providencia.
Fiémonos de Él que está arriba y ve más. El que está
en la cumbre señala mejor el camino de la subida que el que está abajo, que no
ve que el camino que él cree mejor está cortado por un precipicio tras una
peñas.
El buen padre de familia quita a su hijo de
«botones» para que aprenda un oficio.
De momento deja de ganar unas pesetas; pero de
«botones» sólo aprende a llevar cartas y a cerrar puertas, y cuando, por la
edad, tenga que dejar el oficio, será un hombre inútil.
Aprender un oficio es a la larga mucho mejor.
Dios nos guía como un padre de familia a sus hijos.
Debemos aceptar de buena gana la PROVIDENCIA DE
DIOS.
San José
María Rubio, S.I. aconsejaba:
«Hacer lo que Dios quiere, y querer lo que Dios hace».
El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no
lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios.
No es necesario que sea una acción explícita. Se
puede negar a Dios implícitamente, con las obras de la vida.
Si negamos la posibilidad del hombre para pecar,
suprimimos la libertad del hombre.
Si el hombre no es libre para decir NO a Dios,
tampoco lo sería para decirle SÍ. La posibilidad de optar por Dios incluye la
posibilidad de rechazarlo
[72]
.
El gran misterio del infierno es que aunque Dios
desea la salvación de todos los hombres, nosotros somos capaces de condenarnos.
Dios nos ha
creado libres y quiere que
nos comportemos como tales.
Negar la posibilidad de condenarnos es negar la
libertad del hombre. Es anular al hombre.
«Sin esta posibilidad, el hombre ni siquiera sería
verdaderamente hombre»
[73]
.
Afirmar que existe el infierno es tomar en serio la
libertad del hombre.
Dios ofrece la salvación, no la impone.
El infierno es el respeto de Dios por tu última
voluntad.
Si tú libremente elegiste el pecado, mientras no te
retractes, Dios te respeta.
Y como con la muerte se acaba tu libertad, no
cambiarás eternamente.
No recuerdo dónde leí este pensamiento: «Nuestro por
enemigo somos nosotros mismos, porque los otros lo más que pueden hacernos es
quitarnos la vida terrena; sólo nosotros mismos podemos condenarnos al infierno
eterno».
El hombre es libre para elegir el bien o el mal;
pero, «si bien somos libres para elegir lo que se nos antoje, jamás podremos
decidir las consecuencias de nuestra elección»
[74]
.
99,4. Se presenta el problema del mal.
El mal es un misterio que supera el entendimiento
humano. Nos debe bastar el saber que Dios saca bienes de los males
[75]
.
Por ejemplo, para que el pecador reconozca su falta
y se arrepienta; para que el justo expíe sus faltas en este mundo, gane así
mayor gloria en el cielo, y dé buen ejemplo al prójimo con su paciencia; para
que los hombres vivan más despegados de las cosas de la Tierra, porque esta
vida es tiempo de prueba y no de premio, etc.
A veces, es difícil consolar a unos padres que han
perdido a su niño angelical. Pero no podemos olvidar que Dios es padre
amorosísimo, y no permite nada que no sea en bien nuestro.
Dios conoce el futuro, y sabe si esa criatura
angelical va a perseverar así o se va a torcer con gran daño para sí y para sus
padres.
Puede ser que la muerte angelical de ahora sería muy
diferente el día de mañana. Confiemos en que los planes de Dios son siempre
para nuestro mayor bien.
Puede ser que en un caso concreto, no alcancemos a
ver el bien que Dios saca de ese mal. Es que nuestro punto de vista no coincide
con el de Dios. Nosotros miramos en tapiz por el revés, y sólo vemos una maraña
de hilos y nudos. Pero si lo miramos por el derecho veremos un artístico
paisaje.
Nos dice San Pablo que «para los que aman a
Dios, todo coopera en su bien»
[76]
.
A veces Dios hace sufrir a los buenos para que con
sus méritos aumenten el premio celestial.
«Dios en su infinita Sabiduría subordina un bien inferior
a un bien superior, el bien material al espiritual, el físico al moral, el
profano al religioso, el terreno al celestial; porque no estamos hechos para la
tierra sino para el cielo, no para el tiempo sino para la eternidad»
[77]
.
Sin negar el problema del mal, vamos a dar algunas ideas aclaratorias.
Mal es la carencia de un bien debido.
Para la piedra no es un mal el no poder ver, pero sí
lo sería para mí.
En cambio para mí no es mal no poder volar, pero sí
lo sería para un águila.
Por eso dice Santo
Tomás que el mal no es cualquier carencia de un bien, sino la carencia de
un bien propio de una determinada criatura.
El único mal
absoluto es el infierno:
Todos los demás males son relativos: para unos sí, y
para otros no; en un sentido sí y en otro no.
Un terremoto puede ser un mal para mí, que en él he
perdido mi casa y algunos seres queridos; pero no lo es para la Tierra que ha
conseguido más estabilidad en su masa.
Una enfermedad es un mal para mí en el sentido de
que me hace sufrir, pero puede ser un bien si con ella me santifico y merezco
más para el cielo.
En el hombre el mal físico produce dolor, y el mal
moral es producido por el pecado.
El mal físico es consecuencia de las leyes de la
Naturaleza.
El mal moral es consecuencia del mal uso de la
libertad humana.
El mal moral Dios no lo quiere, pero respeta la
libertad del hombre.
Para evitar el mal moral, Dios tendría que quitar la
libertad al hombre.
Dice el filósofo ruso Nikolai Berdaiev: «El problema del mal no es otra cosa que el problema
de la libertad»
[78]
.
Todo hombre libre es capaz de pecar.
Y un hombre sin libertad dejaría de ser hombre.
«Si el hombre no fuera libre, no sería hombre»
[79]
.
«Es la libertad la facultad por la que somos
hombres»
[80]
.
La libertad para ser bueno o ser malo es lo que hace
meritorio ser bueno
[81]
.
Y hacer méritos para la vida eterna, es para lo que
Dios nos ha puesto en la Tierra.
Si Dios impidiera al hombre hacer el mal,
violentaría su libertad.
Dios tiene sus razones para permitir el mal.
A nosotros nos basta con saber que Dios tiene
Providencia, aunque desconozcamos sus caminos.
«La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría
el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo
conoceremos plenamente en la vida eterna
[82]
.
Dice San
Pablo: «Sabemos que Dios hace
converger todas las cosas para el bien de aquellos que le aman »
[83]
.
Evidentemente que Dios pudo haber hecho un mundo con
otras leyes físicas.
Pero todo mundo imaginable es perfectible.
Para no poder ser superado hay que ser Dios, que es el único ser Omniperfecto.
Dios ha pensado que este mundo es suficientemente
bueno para que en él viva el hombre, y gane la gloria eterna que es el fin para
el cual ha sido creado.
Pero, sobre todo, la respuesta al dolor es Cristo, que quiso pasarlo primero para
animarnos a sufrir.
Como la madre que prueba primero la sopa delante del
niño, que no quiere comer, para animarle.
El sufrimiento humano, individual o colectivo, a
veces sólo tiene una respuesta: Cristo crucificado.
«Al que sufre no se le puede ir con razonamientos.
Se le acompaña y se le consuela. Por eso la mejor respuesta al dolor es Cristo crucificado»
[84]
.
La Redención de la humanidad se ha hecho por el
dolor.
Por eso muchos santos han amado el dolor.
El calvario se ha convertido en la meta ideal, según
aquello de San Pablo que no quería
gloriarse de «otra cosa que no fuera la
cruz de Cristo»
[85]
.
Y por extraña paradoja, el sufrir por amor a Cristo es una fuente inefable de
consuelo. También lo dijo San Pablo: «Sobreabundo de gozo en medio de mis
tribulaciones»
[86]
.
Y es que el sacrificio realizado por amor pierde
toda su dureza. Incluso se convierte en alegría cuando se ama de verdad
[87]
.
Y además, la esperanza de la gloria.
«El dolor pasará, las tribulaciones se acabarán, el
sufrimiento se extinguirá para siempre. Y todo ello quedará substituido por una
sublime e incomparable gloria que no terminará jamás»
[88]
.
Por eso dice San
Pablo:«¿qué tienen que ver las
amarguras y tribulaciones de la tierra si las comparamos con la inmensa
gloria que nos aguarda en la eternidad?»
[89]
.
«El cristiano no permanece pasivo ante el dolor
propio o ajeno, y procura paliarlo con todos los medios lícitos de que dispone.
(...)
»Cuando los recursos humanos se han venido abajo,
cuando la ciencia y el amor se han declarado impotentes, el cristiano tiene
todavía un refugio.
»Para él, el cielo no está vacío.
»En él vive un Dios bueno, sabio y omnipotente del
cual dependen todos los acontecimientos de la vida y todos los fenómenos del
universo. Un Dios que conoce nuestras miserias y oye nuestras voces de auxilio,
y puede, si le parece bien, socorrernos y consolarnos.
»Y cuando la oración no es oída enseguida, el
cristiano no se desanima.(...) Sabe aceptar con serena resignación los
designios inescrutables de Dios, que es el más amoroso de los padres»
[90]
.
99,5. Todas las cosas tienen «pros» y «contras».
La electricidad nos trae muchos bienes (iluminación,
telecomunicación, motores, etc.); pero también puede provocar un incendio por
cortocircuito y matar por electrocución.
A pesar de los peligros que supone la electricidad
no por eso dejas de poner en tu casa instalación eléctrica.
El mundo que Dios ha hecho tiene muchas cosas
buenas, pero a veces ocurren adversidades y contratiempos.
Son consecuencias de que el mundo es un ser en
evolución. La dinámica de la evolución provoca contrastes y conflictos
[91]
.
A veces ocurren cosas que no comprendemos.
Pero es absurdo querer entender a Dios al modo
humano.
Es como si un animal quisiera entender las ideas
filosóficas humanas: es imposible.
Es lógico que el hombre no entienda a veces el
proceder de Dios.
El que yo no entienda a un conferenciante no
significa que lo que él dice no sea correcto.
A nosotros nos basta saber que Dios es Padre, y
permite el sufrimiento para nuestro bien.
Lo mismo que una madre le pone a su hijo una
inyección que éste necesita, aunque le duela.
Dios deja actuar las leyes de la naturaleza y la
libertad de los hombres, y no los mueve como el jugador de ajedrez las piezas.
Sin embargo, ha de ser un consuelo para nosotros saber que en igualdad de circunstancias,
en el cielo gozan más, los que más han sufrido en este mundo con cristiana
resignación.
Es consolador saber que «el sufrir pasa, pero el
premio de haber sufrido por amor a Dios durará eternamente».
En el cielo bendeciremos a Dios por aquellos
sufrimientos que nos han merecido tanta gloria eterna
[92]
.
No nos engañemos con el aparente triunfo de algunos malos.
En primer lugar, porque el triunfo del malo se
limita a esta vida, donde la experiencia enseña que no se da triunfo completo y
libre de mal.
Pero, sobre todo, porque el que peca es un fracasado
para la eternidad, que es donde el fracaso es completo e irremediable.
El único que triunfa es quien se salva.
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