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Nuestra
gran ocupación es la oración. Esta es nuestra vocación, para
esto nos juntó aquí el Señor, como decía nuestra madre
fundadora
Sta. Teresa de Jesús a sus
primeras hijas carmelitas descalzas. Para ella, la oración es
“tratar de amistad estando muchas veces
tratando a solas con quien sabemos nos ama”.
Es
ese encuentro personal de amor con Cristo que cautiva el ser
por entero. |
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Esta
necesidad de la búsqueda de Dios y de vivir en unión de amor con
Él la cantaba maravillosamente nuestro padre
San Juan de la Cruz
en sus versos “mi
Amado las montañas”, “la música callada, la soledad sonora, la
cena que recrea y enamora”,
de su libro Cántico Espiritual. |
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Otros
hermanos del Carmelo han expresado también su modo particular
de vivir la vocación a la comunión con Dios: |
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Así
para Sta. Teresa del Niño Jesús
(Teresa de Lisieux)
“la
oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida
al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio
de la tribulación como en medio de la alegría. En fin, es algo
grande, sobrenatural que me dilata el alma y me une con
Jesús”.
Teresa de
Lisieux, desde el silencio contemplativo, ofreció su alegría y
su dolor, junto con una oración ferviente y constante, para
que Jesús fuera conocido. |
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"Vine al
Carmelo para salvar almas y sobre todo para rezar por los
sacerdotes"
(Santa Teresa del
Niño Jesús) |
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Es
"el
estar a solas con Él solo"
de Isabel
de la Trinidad.
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A
través de la oración nos sentimos unidas a toda la humanidad.
Precisamente por ser una experiencia de amor gratuito que nos
hace conocernos, nace en nosotras un amor sin interés y
generoso hacia nuestros hermanos. Por eso hacemos nuestras las
alegrías y las penas, los gozos y esperanzas de todos. Lejos
de despreocuparnos de los problemas del mundo y de las
personas, nuestra vocación nos une precisamente más a las
realidades del mundo. Como decía nuestra santa hermana
Teresa Benedicta de la Cruz
(Edith Stein):
“nuestra
vocación se cifra en orar al Señor por todos”. |
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Para
Teresa de Jesús, de los Andes,
joven carmelita descalza de 19 años, la vocación llenaba todas
las aspiraciones de su corazón. Alegre,
"regalona"
como decía ella; se sentía como pez en el agua ante esta vida
de íntima unión con Dios. Por eso se expresaba así:
"Soy la
persona más dichosa. No deseo ya nada porque mi ser entero
está saciado con el Dios-Amor". |
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