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¿CÓMO HACER ORACIÓN?

Por Jesús Martínez García

Artículo publicado en "Hablemos de la Fe". Editorial Rialp, 2002

 

«Meditación. -Tiempo fijo y a hora fija. -Si no, se adaptará a la comodidad nuestra: esto es falta de mortificación. Y la oración sin la mortificación es poco eficaz» (San Josemaría, Surco ). Cualquier actividad, incluso el organizar el descanso, supone un esfuerzo y un tiempo determinado. No podemos esperar a hacer un rato de oración para cuando tengamos ganas o tengamos tiempo, porque corremos el riesgo de no hacerla nunca. Si queremos hacer oración, y hacerla bien, es preciso empeñarnos. Y lo primero que hay que hacer es fijar una cita con Dios.

Una vez hecho esto, «antes que entremos en la meditación es necesario aparejar el corazón para este santo ejercicio, que es como quien templa la vihuela para tañer» (San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y la meditación ). Para hacer sonar acordes melodiosos de una guitarra no basta con que estén las seis cuerdas, sino que es necesario además que estén tensas, afinadas convenientemente. Pues para hablar con Dios dándole gracias, para pedirle y alabarle es preciso tener una cierta tensión en el alma. Para ello hemos de recoger los sentidos, que, de suyo, tienden a estar desparramados.

Y enseguida hemos de tener en cuenta este consejo: «Despacio. -Mira qué dices, quién lo dice y a quién. -Porque ese hablar deprisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios» (San Josemaría, Camino ).

Para hacer oración hay que buscar el silencio externo siempre que se pueda. Todos los sitios son buenos para elevar nuestro corazón a Dios, pero siempre que podamos hemos de buscar el lugar más apropiado: la iglesia, un oratorio, o si no en casa, «cerrada la puerta» como nos dice el Señor (cfr. Mt 6,6), para no distraernos.

Otro detalle práctico para recogernos es llevar siempre un libro o unos apuntes que nos centren. Santa Teresa nos dice que, «si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear» ( Vida ). Además, será muy provechoso para ir profundizando en la vida interior, para enriquecer nuestra oración con aquellas palabras que han dicho a Dios los santos.

Fijar la cita, recoger los sentidos, llevar un libro..., lo importante es que estemos activos buscando a Dios y no vayamos a ver qué pasa , porque entonces no pasa nada. El descuidar los detalles de piedad en esta norma de piedad se nota, como uno nota que no es lo mismo acudir a una cita con una persona llegando tarde o con mala cara. No podemos olvidar que la oración es hablar con Alguien. Si descuidamos los detalles acabaremos por pensar que estamos solos.

Dios sale a nuestro encuentro y nos habla. «He aquí que estoy a tu puerta y llamo» (Ap 3,20) nos dice. Existe un cuadro de Holman Hunt que representa a Jesucristo con una linterna en la mano, llamando a una puerta rodeada de hiedra. Holman Hunt fue criticado por no haber puesto un picaporte en la parte exterior de la puerta. Su respuesta fue: «Claro que no. El picaporte está dentro. Sólo nosotros podemos abrir la puerta» (cfr. F. Sheen, La vida merece vivirse ).

Quizá una de las cosas más difíciles de la oración sea ésta, el abrir la puerta del corazón al Señor para que pueda hablarnos. Porque la oración bien hecha compromete siempre. Encontrarse con el Señor es un riesgo, porque Dios habla pidiendo: que rectifiquemos algún planteamiento, que queramos a tal persona, que hagamos más mortificación. «Acercarse un poco más a Dios quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a escuchar atentamente sus inspiraciones -los santos deseos que hace brotar en nuestras almas-, y a ponerlos por obra» (San Josemaría, Forja ).

¿No es verdad que muchas veces acudimos a Dios a pedirle, a decirle que se interese por nuestras cosas y no vamos a darle, a interesarnos por las suyas? ¡Si el amor está en dar, en darse...!

«¿Cómo hacer oración? Me atrevo a asegurar, sin temor a equivocarme, que hay muchas, infinitas maneras de orar, podría decir. Pero yo quisiera para todos nosotros -decía el Fundador del Opus Dei- la auténtica oración de los hijos de Dios, no la palabrería de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús: no todo el que repite: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos (Mt 8,21). Los que se mueven por la hipocresía, pueden quizá lograr el ruido de la oración -escribía san Agustín-, pero no su voz, porque allí falta la vida , y está ausente el afán de cumplir la Voluntad del Padre» (San Josemaría, Amigos de Dios ). Es importante en la oración manifestar a Dios nuestras necesidades y pedirle toda clase de bienes. Pero la oración no puede quedarse en eso. «Que nuestro clamar ¡Señor! vaya unido al deseo eficaz de convertir en realidad esas emociones interiores, que el Espíritu Santo despierta en nuestra alma» ( ibídem ).

Otro gran enemigo de la oración ante el que hemos de luchar constantemente son las distracciones. Si en una iglesia donde se encontrara mucha gente rezando pudiéramos meternos en el interior de ellos a través de unas ondas que emitiera un oracionómetro , ¿qué nos encontraríamos? Al conectar el aparato saldría una gran algarabía como la que se escucha en un mercado. Pero si fuésemos dirigiéndolo persona a persona, ¿en qué están pensando? Quizá descubriríamos a uno contando los ladrillos de la bóveda, a otro recordando una jugada con un balón... No es fácil guardar silencio interior y hablar con Dios amorosamente. Supone un esfuerzo. Pero es preciso hacer este esfuerzo porque Dios quiere escuchar nuestra voz. La voz de nuestra alma, aunque no digamos nada con los labios, o aunque seamos muchos los que repitamos al unísono una oración en voz alta. Lo que podamos decirle nosotros es irrepetible. Dios es dueño de todo, lo tiene todo, pero, de alguna manera hay algo que no tiene y que sólo le podemos dar nosotros: nuestro cariño, nuestro amor. Y él lo espera. ¿No puede suceder a veces que el Señor salga a nuestro encuentro en la oración y se aburra con nosotros, se lleve una desilusión?

Hemos de evitar los sucedáneos de la oración: el ponernos a leer mucho sin hacer referencia a El, o el distraernos con la imaginación, hablando con nosotros mismos en vez de hablar con El. «Cuando hagas oración haz circular las ideas inoportunas, como si fueras un guardia del tráfico: para eso tienes la voluntad enérgica que te corresponde por tu vida de niño. -Detén, a veces, aquel pensamiento para encomendar a los protagonistas del recuerdo inoportuno. ¡Hala!, adelante... Así, hasta que dé la hora. -Cuando tu oración por este estilo te parezca inútil, alégrate y cree que has sabido agradar a Jesús» (San Josemaría, Camino ).

Importa mucho que no nos desanimemos porque «sabe el traidor que alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida, y que todas las caídas que la hace dar la ayudan, por la bondad de Dios, a dar después mayor salto en lo que es su servicio: algo le va en ello» (Santa Teresa, Vida ).

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