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“...Ante todo, ¿dónde tenemos el modelo concreto de ser humano total? La
imagen de Dios en forma humana ha surgido ante nosotros en Jesucristo, el
Hijo del hombre. Si consideramos esta realidad tal y como a nosotros se nos
presenta en el sencillo relato de los Evangelios, eso mismo abre nuestros
ojos. Cuanto mejor conocemos al Salvador, tanto más quedamos fascinados por
esta sublimidad y dulzura, por esta libertad regia, que no conoce otra
vinculación que la sumisión a la voluntad del Padre, por esta libertad
respecto de toda criatura, que es a la vez la base para el amor
misericordioso por toda criatura. Y cuanto más profundamente entra en
nosotros esta imagen de Dios, tanto más se despierta nuestro amor, tanto más
nos duelen todas las desviaciones respecto de él, en nosotros y en los
otros: se nos abren los ojos para el verdadero conocimiento humano, libre de
todo encubrimiento. Y, cuando las fuerzas parecen venir a menos para
soportar la debilidad humana en nosotros o en los demás, entonces
nuevamente basta con una mirada al Salvador: él no se ha retirado con
disgusto ante nuestra miseria, sino que precisamente por esta miseria
nuestra ha venido a nosotros y la ha cargado sobre sí_ “Llevaba nuestros
dolores (...) y con sus llagas nos curó”(Is.53, 4 y 5).
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Si no sabemos dónde debemos acudir para encontrar auxilio, él mismo ha
dispuesto para nosotros el remedio salvífico. Por sus sacramentos él nos
limpia y fortalece. Y, si confiadamente caminamos con él, como es su
voluntad, su espíritu nos impregna cada vez más y nos configura; por la
unión con él aprendemos a no necesitar apoyos humanos y a ganar la libertad
y la solidez que hemos de tener para ser para otros asidero y apoyo. El
mismo nos conduce y nos muestra cómo debemos conducir a otros. Alcanzamos
así por medio de él la verdadera humanidad y a la vez la correcta actitud
personal. Quien a él mira y a él se dirige tiene a Dios ante sus ojos, el
prototipo de toda personalidad, y la esencia de todos los valores. Aquí está
la entrega hacia la que la naturaleza se inclina, aquí encontramos también
el amor y la entrega absolutos que nosotros entre seres humanos buscamos
siempre en vano. Y la entrega a Cristo no nos hace a nosotros ciegos y
sordos para aquello que los otros necesitan, al contrario. Entonces buscamos
la imagen de Dios en todos los seres humanos y queremos ayudarles siempre a
caminar hacia la libertad. Así pues, tras eso también nosotros podemos
decir: la especificidad de la mujer consiste esencialmente en la
particular receptibilidad para la acción de Dios en el alma, y llega a
su pleno desarrollo si nos abandonamos a esta acción confiadamente y sin
resistencia.”
(“El valor específico de la mujer en su
significado para la vida del pueblo” Conferencia dada para la Asociación
católica de maestras de Baviera, el día 12 de abril de 1928).
Los manuscritos de Santa Edith Stein
(nuevo)
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