|
LA LITURGIA DE LAS HORAS. Historia, Teología
y Espiritualidad.
1. LA ORACIÓN DE JESÚS
2. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA APOSTÓLICA
3. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA POSTAPOSTÓLICA
4. LAS LAUDES MATUTINAS
5. LA ORACIÓN DE VÍSPERAS
6. LA HORA INTERMEDIA
7. COMPLETAS
8. EL OFICIO DE LECTURAS
9. EL USO DE LOS SALMOS EN EL OFICIO DIVINO
10. EL CANTO EN LA LITURGIA
11. A MODO DE CONCLUSIÓN
1. LA
ORACIÓN DE JESÚS
Jesús comía con los pecadores,
frecuentaba a la gente excluida de la sociedad, perdonaba los pecados...
Tenía unas actitudes que a algunos llenaban de admiración y a otros
escandalizaban. Cuando le preguntan por qué hace estas cosas, responderá que
porque ésa es la manera de ser de Dios mismo. Su forma de actuar corresponde
a la concepción que tiene de Dios.
En las parábolas de la
misericordia (Lc 15) nos presenta a Dios como un pastor que, cuando pierde
una oveja, se lanza al monte para buscarla y se alegra cuando la encuentra;
o como un padre que llora y sufre y espera cuando el hijo se le va de casa,
y que prepara un banquete cuando regresa; o como una mujer que busca
preocupada la moneda que ha perdido y no para hasta hallarla. En definitiva,
un Dios con entrañas de misericordia, amigo de los hombres. Por eso él va al
encuentro de los pecadores y les anuncia la Buena Noticia. La descripción
que Jesús hace de Dios y su actuar coinciden plenamente. Hablando con
propiedad, Jesús no da una definición de Dios. Habla con naturalidad de su
amor y de su misericordia, se relaciona de una manera especial con él, se
siente su Hijo querido, lo experimenta como Padre, pero no lo describe en
términos abstractos.
Porque su Dios es Padre
amoroso, necesita estar continuamente en contacto con él para recibir su
vida y su fuerza, para conocer su voluntad, para manifestarle su cariño. La
oración de Jesús no se limita a unos tiempos y a unos espacios concretos,
sino que empapa toda su vida. La oración acompaña todas las decisiones y
acontecimientos de la vida de Jesús: ora en el Bautismo (Lc 3, 21), antes de
elegir a los 12 (Lc 6, 12-13), antes de la confesión de Pedro en Cesarea (Lc
9, 18), en la transfiguración (Lc 9, 28-29), en Getsemaní... Está convencido
de que la oración es la posibilidad de superar la prueba y la tentación (Mt
26, 41), de librar al hombre del mal (Mc 9, 29).
No sólo ora en los
acontecimientos decisivos, sino en todo momento, habitualmente: «se
retiraba a lugares solitarios para orar» (Lc 5, 16), «de
madrugada...» (Mc 1, 35-37), «lleno de gozo...» (Lc 10, 21);
porque tiene la certeza de la cercanía de Dios: «Yo no estoy solo, el
Padre está conmigo» (Jn 16, 32), «Yo sé muy bien que me escuchas
siempre» (Jn 11, 42). Lo mismo enseña a sus discípulos: «Es necesario
orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18, 1).
Ora en el Templo y en las
sinagogas con frecuencia (Lc 4, 16), participa en el culto público, recita
los salmos y las plegarias judías (Mc 14, 22-23; 27), bendice los alimentos
(Jn 6, 11)... Ora en lugares solitarios durante 40 días, de noche, en muchos
momentos (Mt 14, 23; Lc 11, 1), con sus propias palabras. A sus seguidores
nos enseña también a orar «En la intimidad» (Mt 6, 6), «en
espíritu y verdad» (Jn 4, 23).
Ora por los discípulos, por
Pedro (Lc 22, 32), por los suyos (Jn 17, 11ss), por los que creerán (Jn 17,
20), por el mundo (Jn 17, 21), por los enemigos (Lc 23, 34). Ora en los
momentos difíciles: «de rodillas» (Lc 22, 41), «postrado» (Mt
26, 39), «con lágrimas» (Heb 5, 7), en la Cruz (Mc 15, 34; Lc 23,
45).
En su oración siempre se dirige
a Dios como Padre (130 veces lo llama así en los evangelios). Jesús se
relaciona con Dios como un niño con su padre, lleno de confianza, al mismo
tiempo que siempre dispuesto a la obediencia. La única excepción en su
manera de orar es su grito en la Cruz (Mt 27, 46), cuando cita el salmo 22,
que comienza diciendo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
y termina manifestando la confianza en Dios que puede librar de la muerte,
aunque las apariencias digan lo contrario.
La designación de Dios como
Padre (de los justos, del pueblo, del rey...) no es desconocida en Israel ni
en otras religiones. Pero Jesús llama continuamente «Abba» (papá) a Dios en
la oración, dando a entender una intimidad y confianza inauditas. El Nuevo
Testamento se escribió en griego; sin embargo, encontramos la invocación
aramea «Abba» en el Evangelio (Mc 14, 36) y en las cartas de Pablo (Rom 8,
15; Gal 4, 6), usada en la oración cristiana como un eco de la plegaria de
Jesús. «Abba», para Jesús, más que un título, es una experiencia. No
manifiesta sólo una concepción de Dios; también es una manera de entenderse
a sí mismo: si Dios es el Padre, Jesús es su Hijo. Jesús se comprende a sí
mismo en total dependencia de Dios, del que todo lo recibe, y como total
apertura a Dios: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,
34). Revela a Dios, su misterio, porque se le ha manifestado como su Padre y
le ha abierto su corazón. Sabe que su relación con él es única y
privilegiada, por eso distingue entre mi Padre y vuestro
Padre.
Ante la petición de los
discípulos de que les enseñe a orar, Jesús responde a los suyos enseñándoles
a llamar «Abba» a Dios, como él mismo hacía. Invita a los suyos a vivir su
misma experiencia, a compartir sus sentimientos, a participar ellos también
de su peculiar relación con su Padre. Ésta es la única ocasión en que no
distingue entre «mi» y «vuestro» Padre, sino que se une a cada uno de
nosotros para decir Padre «nuestro».
«Vosotros orad así: Padre
nuestro que estás en el cielo»
(Mt 6, 9). Jesús no sólo nos enseña una oración nueva, sino que crea una
situación nueva. Al permitirnos llamar Padre nuestro a su Padre, nos
incorpora a su plegaria, nos hace verdaderamente hijos de Dios. Al mismo
tiempo, en estas pocas palabras, Jesús une dos ideas lejanas entre sí. Por
un lado nos invita a llamar a Dios «Padre» y a sentirlo cercano, familiar,
amigo. Por otra parte nos invita a no trivializar esta verdad. Somos hijos
de Dios, pero no podemos olvidar que él «está en el cielo»; es decir, no es
una realidad como las de este mundo, que podemos comprender, poseer,
dominar. Dios siempre está más allá de nuestra capacidad y es mayor de lo
que podemos suponer. Él es al mismo tiempo cercano y lejano, inmanente y
trascendente, Padre y Señor. Si comprendemos esto, podemos iniciar nuestra
oración con confianza (porque Dios es Padre) y con respeto (porque el
Padre es Dios).
2. LA
ORACIÓN DE LA IGLESIA APOSTÓLICA
S. Lucas nos comenta en los
Hechos de los Apóstoles cómo vivían los primeros cristianos y cuáles eran
los elementos de su vida que ellos consideraban esenciales: «Los que
habían sido bautizados perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la
unión fraterna, en la Fracción del Pan y en las oraciones» (Hch 2,42).
En este breve texto se nos presentan con claridad los pilares sobre los que
se construía la comunidad, todos ellos igualmente necesarios: Enseñanza,
Fraternidad, Eucaristía y Oración.
1. Se comienza con la
«Enseñanza»: el anuncio, la explicación de las verdades de la fe. Pero
no una enseñanza cualquiera, sino la «de los Apóstoles», la de
aquéllos que pueden dar testimonio de «lo que han visto y oído» (cf.
1Jn 1, 1ss). Hoy encontramos esta enseñanza en la catequesis de la Iglesia,
en la predicación, en la reflexión teológica, en el Magisterio.
2. Los que creen se abren a la
«Fraternidad»: integración en la Iglesia, caridad, generosidad,
servicio. Los cristianos deben tener una manera peculiar de relacionarse
entre ellos y con los demás. Las Bienaventuranzas y el mandamiento del amor
fraterno deberían ser los principios vitales. La Moral intenta ayudarnos
para que los asumamos personalmente.
3. Los que acogen el anuncio y
se esfuerzan por vivir en consecuencia, pueden participar de los
Sacramentos, recibir las «cosas santas», especialmente el Pan compartido
en la «Eucaristía».
4. Esto nos lleva a la relación
personal con el Padre por Cristo en el Espíritu, a la «Oración», al
trato íntimo con Dios, desarrollado tanto de una manera personal como
comunitaria. El proceso conduce a la oración y se realiza en la oración. Los
Hechos de los Apóstoles nos muestran prácticamente en cada capítulo alguna
expresión de la comunidad en oración (cf. Hch 1, 14; 2, 1; 3, 1; 4, 23-24;
6, 4; 7, 59 etc.). Las Iglesias están formadas por personas que saben que no
viven de sus propias fuerzas, sino que esperan continuamente la fuerza de lo
alto, que es la única que explica su vitalidad y su dinamismo. Cumplían,
así, las enseñanzas del Maestro: «Para mostrarles la necesidad de orar
siempre, sin desanimarse, Jesús les contó una parábola» (Lc 18, 1),
repetida también por San Pablo: «Orad en todo momento» (1Tes 5, 17).
Siguiendo la tradición judía,
los primeros cristianos se acostumbraron desde el principio a elevar
oraciones a Dios en momentos fijos de la jornada. El Deuteronomio ya
ordenaba la récita del Shemá Israel «al acostarte y al levantarte» (Dt
6, 7) y en el Templo se ofrecían sacrificios «al salir el sol y en el
momento de su ocaso» (Ex 29, 39). Con el tiempo, se añadieron a estos
dos momentos principales, otros tres repartidos a lo largo de la jornada.
Aunque con una gran libertad, en la Iglesia se conservaron estos cinco
tiempos orantes, tal como nos testimonian varios textos bíblicos. El
Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles reunidos en oración a la hora
Tercia (Hch 2, 1.15); Pedro tiene la revelación de que también debe bautizar
a los paganos mientras realizaba la oración a la hora Sexta (Hch 10, 9); el
paralítico de nacimiento es curado a la hora Nona, cuando Pedro y Juan
acudían al Templo para la oración diaria (Hch 3,1).
3. LA
ORACIÓN DE LA IGLESIA POSTAPOSTÓLICA
San Pablo pedía con insistencia
a los cristianos que oraran en todo tiempo y lugar, «cantando a Dios
himnos, salmos y cánticos inspirados» (Col 3, 16); «Recitad entre
vosotros himnos, salmos y cánticos inspirados. Cantad y tocad para el Señor
con todo vuestro corazón, y dad continuamente gracias a Dios» (Ef 5,
19); «Vivid en constante oración y súplica guiados por el Espíritu. Y
renunciando incluso al sueño para ello, orad con la mayor insistencia» (Ef
6, 18). Asignaba un especial ministerio orante a las comunidades, como
primicia y representación de toda la humanidad ante Dios: «Recomiendo que
se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los
hombres; por los reyes y las autoridades, para que podamos vivir una vida
tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable
a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2, 1-4). Siguiendo estas
enseñanzas, las comunidades cristianas desarrollaron un alto espíritu
orante. Poseemos catequesis y homilías sobre la oración de numerosos Santos
Padres, que nos informan de las varias tradiciones que se fueron formando en
las diversas iglesias.
Independientemente de las
formas que adoptara, los primeros cristianos tenían una cosa muy clara: Toda
oración verdaderamente cristiana es eclesial, no en el sentido de que se
hace en la Iglesia, sino por y con la Iglesia, aunque
se realice en soledad. Comentando el Padrenuestro, San Cipriano nos dice:
«No quiso el doctor de la paz y maestro de la unidad que orara cada uno por
sí y privadamente, de modo que cada uno, cuando ora, ruegue sólo por sí
mismo.. No decimos "Padre mío que estás en el cielo", ni "el pan mío dame
hoy", ni pide cada uno que se le perdone a él solo sus ofensas o que no sea
dejado en la tentación y librado del mal. Es pública y común nuestra
oración, y, cuando oramos, no oramos por uno solo, sino por todo el pueblo,
porque todo el pueblo forma una cosa sola». Los creyentes vivían
fuertemente la comunión de los Santos, la conciencia de su pertenencia al
Cuerpo de Cristo, en el que los mártires, las vírgenes, los ascetas, los
clérigos... se mantenían firmes en su vocación gracias a la oración de todos
los cristianos.
Al principio, el culto en
comunidad se reducía a la Eucaristía dominical. Pronto se establecerán los
demás días de la semana celebraciones orantes comunitarias a primera hora de
la mañana y a última de la tarde en casi toda la geografía cristiana En las
celebraciones comunitarias se unían el canto de los Salmos, las
intercesiones, la recitación del Padrenuestro, las lecturas tomadas de la
Biblia y la predicación: «Vas a oír algo que desconoces, y vas a sacar
provecho de lo que el Espíritu Santo te va a dar a través del que
instruye... También se te va a explicar cómo tienes que comportarte. Si un
día no hay asamblea, que cada uno lea la Sagrada Escritura en su casa y
reflexione» (Traditio Apostólica s. II).
A partir del s. IV, con el fin
de las persecuciones, se produce un proceso de gran creatividad litúrgica en
las basílicas y catedrales. El pueblo, en torno a su obispo y a un grupo de
ministros cada vez más numeroso y con funciones más diversificadas, se reúne
por la mañana y por la tarde para celebrar el culto, que asume muchos ritos
del ceremonial imperial o de las otras religiones: incensaciones, vestiduras
solemnes, procesiones, lucernarios, inclinaciones, instrumentos musicales...
Los monjes, sin embargo, deseosos de cumplir con el encargo de orar
ininterrumpidamente, dan menos importancia a los ritos y más a la récita
coral o individual de los salmos y de otras partes de la Escritura a lo
largo de la jornada. Algunos recitan los 150 salmos cada día, otros cada
semana. En algunos monasterios se tiene un solo encuentro comunitario al
día, en otros dos, cinco, siete, doce... sin que falten lugares donde
siempre se encuentren algunos monjes en la Iglesia, turnándose día y noche
para que no se interrumpa el culto. La oración en común se prolongaba
impregnando de espíritu orante todas las actividades cotidianas con la
recitación frecuente de jaculatorias.
San Benito de Nursia, muerto el
547, redactó en su Regla un ordenamiento del Oficio Divino en el que se
ocupa incluso de los detalles menores, inspirándose en las prácticas de la
Iglesia romana. Establece para sus monjes el rezo de prima, tercia, sexta,
nona, vísperas, completas, nocturno (oficio de lecturas) y maitines (laudes).
Fija la récita semanal del salterio y anual de la Escritura. Sus normas se
generalizaron en casi toda la Iglesia occidental. Hasta el siglo XI se
administraba la Ordenación Sacerdotal para ejercitar el culto o la cura de
almas en una Iglesia determinada, con la obligación de rezar en ella el
Oficio. En el siglo XII, con la evolución de las parroquias hacia el sentido
actual y con la ordenación de sacerdotes sin relación con un templo, se fue
generalizando la récita del Oficio en privado, fuera de la Iglesia y al
margen de las horas de culto público. Los libros litúrgicos recogían los
textos correspondientes a cada ministro por separado. Para facilitar el rezo
individual se compilaron «breviarios», que resumían las lecturas, cánticos y
oraciones, ignorando las intervenciones de las «órdenes menores». En el
siglo XIII, San Francisco de Asís asumió para sus frailes y generalizó el
uso del «breviario» que se usaba en la curia romana. Se fue generalizando la
recitación privada para los clérigos y coral sin pueblo para los monjes y
frailes. La celebración comunitaria con participación del pueblo fue
desapareciendo. En su lugar surgieron otras devociones, como el oficio
parvo, el rosario, el vía crucis, etc.
San Pío V publicó en 1568 el
breviario que ha estado en uso, con mínimas variaciones, durante 400 años y
estableció la obligatoriedad de su rezo para todos los clérigos. El Vaticano
II pidió una reforma global de la liturgia de las horas, que simplificara
las rúbricas y recuperara «la verdad de las horas» para santificar toda la
jornada. La versión actual se publicó a partir de 1971. Acerquémonos a la
riqueza teológica y espiritual del Oficio Divino, deteniéndonos
especialmente en sus horas principales: Laudes y Vísperas.
4. LAS
LAUDES MATUTINAS
La noche, el caos, el terror, /
cuanto a las sombras pertenece
siente que el alba de oro crece
/ y anda ya próximo el Señor.
El sol, con lanza luminosa, /
rompe la noche y abre el día
bajo su alegre travesía, /
vuelve el color a cada cosa.
El hombre estrena claridad / de
corazón cada mañana
se hace la gracia más cercana /
y es más sencilla la verdad.
¡Puro milagro de la aurora! /
Tiempo de gozo y eficacia:
Dios con el hombre, todo gracia
/ bajo la luz madrugadora.
Para los antiguos, sin
iluminación artificial, el resurgir de la luz cada mañana era una verdadera
liberación de los miedos y angustias ligados a la experiencia de la
oscuridad nocturna. Las noches se hacían muy largas, sobre todo en invierno,
en que se prolongaban desde las 4 o 5 de la tarde hasta las 7 de la mañana,
por lo que se esperaba con ansia el canto del gallo, que anunciaba la aurora
y la posibilidad de retornar a las actividades necesarias para la
supervivencia: cultivos, caza, comercio...
En la Sagrada Escritura
encontramos abundantes testimonios del espíritu religioso con el que se
vivían las primeras horas de la jornada en Israel. Antes de alimentar el
cuerpo o de dedicarse a la transformación de la naturaleza por medio del
trabajo, se elevaba la plegaria a Dios, único Creador de todo, del que el
hombre es sólo colaborador. El primer pensamiento y las primeras palabras
del día pertenecen a Dios. El libro de la sabiduría nos enseña que «es
necesario adelantarse al sol para darte gracias y salir a tu encuentro al
despuntar el alba» (Sab 16, 28). El escriba, modelo de sabiduría y
piedad, «de mañana, con todo el corazón, se dirige al Señor, su Creador,
derrama su súplica al Altísimo, abre su boca en la oración y pide perdón por
sus pecados» (Eclo 39, 5). Numerosos Salmos son un eco de esa alabanza
matutina: «Señor, por la mañana escuchas mi voz; al amanecer te expongo
mi causa» (Sal 5, 4); «Dios la socorre al despertar la aurora»
(Sal 46, 6); «Voy a cantar para ti. ¡Despertad, cítara y arpa! Despertaré
a la aurora» (Sal 57, 9); «Por la mañana va a tu encuentro mi
súplica» (Sal 88, 14). Como siente sed de agua nuestra garganta al
despertar, así tiene sed de Dios nuestra alma desde el amanecer: «Oh
Dios, desde la aurora te busco, sediento de ti como tierra reseca» (Sal
63, 2) o incluso desde antes: «Antes del amanecer ya te suplico y espero
en tu Palabra» (Sal 119, 147).
Dejar la seguridad y el calor
del lecho por motivos meramente humanos, cuando aún es de noche, antes de la
vuelta de la luz, no es de sabios. De nada sirve este sacrificio si es sólo
para hacer mejores negocios y ganar más dinero: «Es inútil que madruguéis
y os fatiguéis para ganar el pan» (Sal 127, 2). Pero se puede madrugar
también por amor a Dios, tal como recomendaban y practicaban los personajes
de la Escritura, para buscarle y cumplir sus mandatos: «Abrahán se
levantó muy temprano y se dirigió al lugar donde se le había manifestado el
Señor» (Gn 19, 27); «El Señor dijo a Moisés "mañana levántate
temprano para presentarte ante el Faraón"» (Ex 8, 16); «Josué se
levantó de madrugada y se puso en camino» (Jos 3, 1). El mismo Jesús
acostumbraba a orar al amanecer: «Muy de madrugada, antes de salir el
sol, se levantó y se fue a un lugar solitario para orar» (Mc 1, 35).
La oración de la mañana, tan
importante para los judíos, se enriquece de nuevo significado para los
cristianos. Solamente la claridad de Cristo Resucitado es capaz de disipar
la oscuridad de nuestra vida. Él borra nuestros miedos, nuestros pecados,
nuestras angustias, nuestras «noches». «Él es la luz que brilla en las
tinieblas, sin que la oscuridad pueda sofocarla» (Jn 1, 5). La comunidad
cristiana celebra gozosa, cada mañana, la gloria de la Resurrección de
Cristo. Él nació en medio de la noche y murió mientras las tinieblas cubrían
la tierra, pero resurgió victorioso del sepulcro al amanecer del día
primero, inicio de la nueva creación. En la mañana de Pascua quedó
definitivamente vencida la oscuridad y todo lo que atemoriza a los hombres:
el pecado y la muerte. Por eso San Pablo nos dice: «En otro tiempo
vivíais en las tinieblas, pero ahora sois hijos de la luz. Portaos, pues,
como hijos de la luz... Despierta, tú que duermes, levántate de entre los
muertos y Cristo te iluminará» (Ef 5, 8-14).
En las primeras horas de la
mañana, por tanto, los cristianos hacemos memoria de Cristo resucitado,
«sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78) y de su victoria sobre la oscuridad
del pecado y de la muerte. El regalo de su palabra, que ilumina nuestras
decisiones, nos llena de gozo. Al mismo tiempo, se despierta en nosotros el
deseo de amanecer definitivamente en aquella luz sin ocaso que nos envolverá
en el gran día de su misericordia. Al comienzo de la jornada acallamos todos
los pensamientos y palabras inútiles y dirigimos nuestros primeros
pensamientos y palabras a Aquél que llena de luz y esperanza nuestras vidas.
Por eso conservamos la tradición de permanecer en silencio hasta el inicio
de Laudes, cuando suplicamos con el salmista: «Señor, ábreme los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza» (Sal 52, 17). Sólo después de haber
sido alimentados y fortalecidos por la oración, nos disponemos a alimentar
nuestros cuerpos y a realizar nuestras obligaciones. «Al comenzar el día,
oremos para que los primeros impulsos de la mente y del corazón sean para
Dios, y no nos preocupemos de cosa alguna antes de habernos llenado de gozo
con el pensamiento de Dios, según está escrito: "Me acordé del Señor y me
llené de gozo" (Sal 76, 4), ni se aplique nuestro cuerpo al trabajo antes de
poner por obra lo que fue dicho: "A ti te suplico, Señor; por la mañana te
expongo mi causa y me quedo aguardando" (Sal 5, 4)» (Regla de San
Basilio).
5. LA
ORACIÓN DE VÍSPERAS
Hora de la tarde, / fin de las
labores
Amo de las viñas, / paga los
trabajos de tus viñadores.
Al romper el día / nos
apalabraste,
cuidamos tu viña / del alba a
la tarde;
ahora que nos pagas / nos lo
das de balde,
que a jornal de gloria / no hay
trabajo grande.
Das al vespertino / lo que al
mañanero.
Son tuyas las horas / y tuyo el
viñedo.
A lo que sembramos / dale
crecimiento.
Tú que eres la viña / cuida los
sarmientos.
Al caer la tarde, volvemos a
detenernos para poner en manos del Señor nuestras vidas. Tomamos conciencia
de que la viña es del Señor y nosotros somos sencillamente colaboradores
suyos, «siervos inútiles». Es importante que no nos consideremos
imprescindibles y que no caigamos en el activismo: el engaño de que con
nuestras solas obras podemos cambiar el mundo. Hemos puesto en manos del
Señor nuestras energías, nuestras vidas, todo nuestro ser; por eso
trabajamos para Él y nos esforzamos en cumplir bien nuestras obligaciones;
pero sabemos que no realizamos nuestra propia obra, sino la suya, por lo que
no nos angustiamos si las cosas no salen siempre como nosotros deseamos.
Colocamos nuestras acciones del día en sus manos, para que Él perdone los
errores, enderece lo que está torcido y lleve a plenitud todas las cosas
buenas que hemos iniciado.
Interrumpir nuestras
actividades para orar, incluso las que realizamos por el Reino, nos ayuda a
comprender el verdadero sentido de nuestra vocación. Somos anunciadores del
Reino que ya ha llegado y nos alcanza si lo acogemos con corazón sincero. El
Reino no son nuestros proyectos, ni nuestros programas, ni nuestras
actividades, ni está sujeto a nuestras obras. Es significativo que en la
Biblia nunca aparecen los verbos construir, edificar, establecer... el
Reino. Siempre se anuncia como don que viene a nosotros, independientemente
de las obras de los hombres. No lo merecemos ni lo creamos nosotros. Es
siempre un regalo. Nuestra misión es acoger y anunciar el Reino en su
gratuidad. Cuando tomamos conciencia de que no podemos sustituir a Dios, de
que ni nosotros ni nuestros compromisos salvarán a la humanidad, podemos
asumir nuestra pobreza, nuestra fragilidad y nuestros fracasos con paz. Sólo
somos colaboradores en el anuncio de la Buena Noticia de la Gracia de Dios y
de su amor desbordante. Al final de la jornada, ponemos todas nuestros
esfuerzos, aciertos y fracasos, en las manos de Aquél que nos ha llamado a
ser sus mensajeros.
Un día es suficientemente largo
para poner a prueba nuestra paciencia y nuestra fe. El día de mañana traerá
sus propios afanes. Por eso es bueno saber interrumpir las actividades (por
importantes que sean) y suplicar al Señor: «Quédate con nosotros, porque
atardece» (Lc 24, 29) y sin ti no podemos nada. Al cantar el Magníficat,
con María y con toda la Iglesia, damos gracias por las cosas grandes que el
Poderoso ha realizado en nosotros y le pedimos que siga acordándose de su
misericordia a favor de estos frágiles siervos suyos. «Al declinar el día
oramos en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y
por cuanto hemos conseguido realizar con acierto» (Regla de San
Basilio).
Además, las vísperas son
celebradas a la hora del sacrificio de la tarde veterotestamentario, al que
sustituyen: «Suba mi oración a ti como incienso en tu presencia, el alzar
de mis manos como sacrificio de la tarde...» (Sal 141, 2). También
Cristo se «entregó» a la muerte por nosotros al atardecer y anticipó
sacramentalmente su sacrificio en la «entrega» que nos hizo de su cuerpo y
de su sangre la tarde anterior, en la Última Cena. La memoria de la
Resurrección en Laudes y la memoria de la Pasión en vísperas nos hacen
profundizar cada día en el misterio de nuestra fe: «Cristo se entregó a
la muerte por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rom
4, 25).
6. LA HORA
INTERMEDIA
El trabajo, Señor, de cada día
/ nos sea, por tu amor, santificado,
convierte su dolor en alegría /
de amor, que para dar tú nos has dado.
Paciente y larga es nuestra
tarea / en la noche oscura del amor que espera;
dulce huésped del alma, al que
flaquea / dale tu luz, tu fuerza que aligera.
En el alto gozoso del camino, /
demos gracias a Dios, que nos concede
la esperanza sin fin del don
divino; / todo lo puede en Él quien nada puede.
En el oficio coral (monjes y
monjas contemplativos) se conserva la récita de Tercia, Sexta y Nona. Los
demás elegimos una de ellas, aquélla que más se acomoda al momento del día
en que se reza. La breve pausa para la oración de la hora intermedia supone,
cuando es posible, un pequeño descanso en las tareas de la jornada, que nos
ayuda a tomar conciencia, una vez más, de para quién trabajamos. Ha
transcurrido una parte del día y el cristiano da gracias a Dios por los
beneficios recibidos, le pide fuerza para seguir cumpliendo sus obligaciones
y le suplica su protección hasta la noche. La Hora Media es una ayuda para
mantener la presencia de Dios en todas nuestras actividades: «Ya comáis,
ya bebáis, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo».
7.
COMPLETAS
Antes de cerrar los ojos, / los
labios y el corazón,
Al final de la jornada, buenas
noches, Padre Dios.
Gracias por todas las gracias /
que nos ha dado tu amor;
Si muchas son nuestras deudas,
/ infinito es tu perdón.
Mañana te serviremos, / en tu
presencia, mejor.
A la sombra de tus alas, /
Padre nuestro, abríganos.
Quédate junto a nosotros / y
danos tu bendición.
Es bueno que, cumpliendo con
las prescripciones canónicas, las completas sean la última oración del día,
antes del descanso nocturno. En estos momentos, cuando nos rinde la fatiga,
ponemos nuestras vidas en manos del que sigue actuando mientras nosotros
dormimos, porque «no duerme ni reposa el guardián de Israel» (Sal
121, 4). La oración de la noche es también el momento en que pedimos perdón
por todo el mal que hemos hecho de manera voluntaria o inconsciente. Pedimos
a Dios que nos perdone y que ablande nuestros corazones para que también
nosotros podamos perdonar a los que nos ofenden. Es común en muchos
monasterios, que los religiosos y religiosas se pidan y se otorguen
mutuamente el perdón en este momento. «Que la puesta del sol no os
sorprenda en vuestro enojo» (Ef 4, 26). Es peligroso para el cristiano
acostarse sin dar importancia a las ofensas causadas o sin perdonar las
recibidas, por eso las Completas empiezan con un acto penitencial.
Hoy nos puede llamar la
atención que en todas las antiguas oraciones nocturnas tropecemos con
súplicas para que Dios nos preserve durante la noche del diablo y de sus
seducciones. Nuestros antepasados experimentaban la fragilidad y
desprotección con que se encuentra el hombre en la oscuridad y sabían de la
astucia del demonio para hacer caer al hombre cuando no tiene defensas. En
la antiquísima oración para las completas del domingo, cuando se rezan en
cualquier otro día, se dice: «Visita, Señor, esta habitación, aleja de
ella las insidias del enemigo; que tus santos ángeles habiten en ella y nos
guarden en paz... ». La noche se convierte en imagen de nuestros
momentos de debilidad y desfallecimiento, por lo que pedimos a Dios su
asistencia. El Salmo 90 nos conforta: «No temerás el espanto nocturno...
porque tomaste al Altísimo por defensa».
Nuestra última súplica es
«que el Señor nos conceda una muerte santa». En una sociedad que huye
del recuerdo de la muerte, la oscuridad de la noche y la sujeción al sueño,
nos hacen presente nuestra finitud. Además, el cristiano suspira para que se
acaben las sombras de este mundo y podamos despertar finalmente en la nueva
Jerusalén donde «no hay sol ni luna que la alumbren, porque la ilumina la
gloria de Dios y su antorcha es el Cordero. Allí no habrá noche» (Ap 21,
23ss).
8. EL
OFICIO DE LECTURAS
Aunque en algunos casos
particulares conserva su carácter de alabanza nocturna, hoy puede recitarse
a cualquier hora del día, como alimento de nuestra vida espiritual y de
nuestra predicación –en el caso de los clérigos-, por medio de la abundante
lectura de textos de la Biblia y de la Tradición cristiana. «Dedícate a
la lectura, a la meditación, a la enseñanza... Medita estas cosas y cuida
tus enseñanzas» (1Tim 4, 13ss). Para algunos, las lecturas son demasiado
largas y aburridas. Se objeta que no es posible retener y asimilar tanta
abundancia de doctrina. Si verdaderamente nosotros, cristianos adultos, no
somos capaces de seguir con atención unas páginas de la Biblia o de los
Padres de la Iglesia, deberíamos avergonzarnos. ¡Qué lejos estamos del
profeta Jeremías y de su hambre de la Palabra divina! «Cuando encontraba
palabras tuyas, las devoraba. Tus palabras eran mi delicia y la alegría de
mi corazón» (Jr 15, 16). En la Misa repetimos cada día la oración del
centurión «Una sola palabra tuya bastará para sanarme». La Iglesia
nos regala con generosidad la Palabra de Dios cada día, aun siendo
consciente de nuestra pequeñez y de nuestra incapacidad de acogerla por
completo, para que nos empape como la lluvia que desciende sobre la tierra (Is
55, 10ss).
9. EL USO
DE LOS SALMOS EN EL OFICIO DIVINO
La lectura de los Salmos como
forma de oración en común ha sido practicada desde tiempos inmemoriales
tanto en el judaísmo como en la Iglesia. Al rezarlos, es fácil apropiarnos
de los sentimientos de algunos de ellos, pero tropezamos también con
proclamaciones de inocencia, de sufrimiento, de venganza... que no podemos
asumir personalmente y nos desconciertan. Hemos de reconocer que estamos
ante textos que se nos presentan lejanos en las expresiones, sin que podamos
comprender del todo su significado último. Precisamente nuestra dificultad
de comprensión y nuestra incapacidad de apropiarnos de todos sus contenidos,
nos hace presentir que aquí es otro el que ora, el que proclama su dolor, o
su inocencia, o pide justicia. En la Liturgia de las Horas no oramos los
Salmos en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia, como Cuerpo de Cristo
que sigue elevando su oración al Padre hasta el fin de los tiempos. Si un
versículo o un salmo no se puede aplicar a mi situación actual, no por ello
deja de ser la oración de otro miembro del Cuerpo místico de Cristo, que se
encuentra en esa situación y al que nosotros damos voz.
Al mismo tiempo, el Nuevo
Testamento afirma continuamente que los Salmos hablan proféticamente de
Jesús y la tradición de la Iglesia nos recuerda que Él rezó los Salmos en su
vida mortal, dándoles un significado totalmente nuevo, más profundo que el
que presentimos a primera vista. Él puede proclamar su radical inocencia y
recordarnos los terribles sufrimientos que padeció por amor a nosotros.
También puede pedir venganza contra sus enemigos y asegurarnos que serán
definitivamente destruidos. Él, que prefirió la muerte antes que la
venganza, que cargó sobre sus espaldas nuestros pecados, nuestras
enfermedades y nuestra muerte nos asegura la victoria sobre nuestros
enemigos, los verdaderos, aquellos que pueden destruir nuestra alma y
nuestra felicidad. No habla de personas, pecadoras como nosotros y objeto de
su misericordia como nosotros, sino de aquello que nos hace daño: el mal que
realizamos y el que recibimos, el sufrimiento y la muerte. La Iglesia, como
Esposa de Jesús, dirige a Él los Salmos, y como Cuerpo suyo, unida a Él, se
los dirige al Padre.
La recitación de los Salmos nos
enseña a orar en y con la Iglesia. La Liturgia de las Horas es la Oración
del Cuerpo de Cristo. Mi oración forma parte de un movimiento oracional que
me desborda. Por eso me elevo por encima de mis circunstancias personales y
no me someto a mis estados de ánimo ni a mis caprichos, sino que elevo a
Dios la oración de la Iglesia, de la que yo soy un miembro. Intento
apropiarme de los sentimientos de Cristo y de su Esposa. Esto me da la
seguridad de que mi oración será escuchada.
No vengo a la soledad / cuando
vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo, /
con mis hermanos estoy
y sé que, estando con ellos, /
tú estás en medio, Señor.
Allí donde va un cristiano / no
hay soledad, sino amor;
pues lleva toda la Iglesia /
dentro de su corazón
y dice siempre "nosotros" /
incluso si dice "yo".
10. EL
CANTO EN LA LITURGIA
La belleza y la armonía de la
Creación son un canto en honor de su hacedor. Si sabemos escuchar, la
naturaleza nos habla de Dios: «Los cielos proclaman la gloria de Dios, el
firmamento pregona la obra de sus manos; el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche le transmite la noticia... Por toda la tierra se
extiende su pregón» (Sal 19, 1ss). Éste es un tema muy repetido en la
Sagrada Escritura: «¿Quién asentó los cimientos de la tierra, mientras
cantaban a coro las estrellas del alba y exultaban todos los seres
celestes?» (Job 38, 7). Los seres humanos somos invitados a unirnos a la
alabanza universal, dando voz a las demás criaturas: «Criaturas todas del
Señor, bendecid al Señor... Siervos del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo
con cánticos» (Dan 3, 57-87). Los salmos del Antiguo Testamento nos
invitan continuamente a cantar. En varias ocasiones, incluso se nos pide que
entonemos un canto nuevo, no conocido antes: «Cantad al Señor un cántico
nuevo; alabadlo en la asamblea de los fieles» (Sal 149, 1). En el
Apocalipsis se nos anuncia que, en el cielo, se entona este cántico
misterioso y desconocido, en honor de Cristo y en acción de gracias por su
obra salvadora: «Cantaban un cántico nuevo, que decía... Digno es el
Cordero degollado de recibir el honor y la gloria» (Ap 5, 9ss).
A los cristianos, se nos ofrece
cada día la oportunidad de unirnos al cántico nuevo que entonan los
redimidos ante el trono de Dios. Ellos lo hacen con «palabras inefables
que ningún hombre puede expresar» (2Cor 12, 4), nosotros utilizamos
aquellos textos que nos regala la revelación y que se nos ofrecen como ayuda
para nuestra pobreza. Los contenidos de nuestros cantos han de ir en
consonancia con la revelación cristiana. Son una acción de gracias a Dios
por su obra creadora y redentora, por enviarnos a su Hijo y a su Espíritu,
por acogernos en su Iglesia, por regalarnos la vida eterna.
Pero, ¿cómo debemos entonar
este cántico nuevo? ¿Está reservado sólo a los que tienen buena voz? La
respuesta nos la da San Pablo: «Orad con himnos, salmos y cánticos
inspirados; cantad y tocad para el Señor con todo el corazón» (Ef 5,
19). Hemos de poner todo nuestro corazón en el canto para que se convierta
en oración. La música es importante, e igualmente que todo salga bien, pero
lo esencial es que nuestro canto sea oración. San Agustín nos dice que el
que canta ora dos veces, a condición de que cante bien. Y se pregunta: ¿Qué
queremos decir con «cantar bien»?, para responder: «Que vuestra mente y
vuestro corazón concuerden con lo que dicen vuestros labios».
Nuestro canto religioso nos
recuerda que las palabras son incapaces de expresar totalmente nuestras
experiencias, mientras que la música tiene una mayor capacidad de transmitir
sentimientos. El canto religioso, es una cuestión espiritual, antes que
musical. La música no es un fin en sí misma, sino que está al servicio de la
oración, por lo que no hay que depender de las modas ni buscar el lucimiento
personal en melodías complicadas. Es la voz de la Iglesia la que resuena en
nuestro canto. A mí se me concede participar en el mismo como miembro de la
Iglesia, por lo que debo evitar toda ansia de protagonismo así como todo
temor a no hacerlo bien. Mi voz se une, de manera sobria y sencilla, a la
oración de la Iglesia terrestre y de aquella celeste en la alabanza divina.
Quien ha recibido de Dios una voz hermosa y entonada debe ponerla al
servicio de la comunidad con naturalidad, para entonar los solos o dirigir
el canto. Los demás nos uniremos con espíritu gozoso a las partes comunes.
Si alguno es especialmente desentonado habrá de ser cuidadoso para no gritar
ni confundir a los otros, pero también está llamado a unir su voz a la de la
Iglesia en el canto de alabanza, porque su oración es tan valiosa como la de
los demás. Aquí la calidad no la da el timbre de la voz, sino la
autenticidad con la que se canta.
11. A MODO
DE CONCLUSIÓN
«¿Qué es el hombre para que te
acuerdes de él?»
(Sal 8, 5). Ante Dios no somos nada ni podemos darle con nuestra alabanza
nada que Él no tenga. Sin embargo, Él, en su misericordia, suscita y acoge
nuestra oración para que nos sirva de salvación a nosotros y a nuestros
hermanos. Nuestra oración tiene valor porque es la oración que la Iglesia.
Ésta, como Esposa de Cristo, se dirige a su Esposo; y como Cuerpo del Señor,
unida a su cabeza, se dirige al Padre: «Gracias a Él, unidos en un solo
Espíritu, tenemos acceso al Padre» (Ef 2, 18). Rezar la Liturgia de las
Horas no es una carga, sino un regalo, el más grande que se nos puede hacer:
la oportunidad de dar voz a la Iglesia de la tierra y a la del cielo para
cantar sus amores a Aquél que nos ha amado primero. Se nos concede la gracia
de participar en el diálogo amoroso que el Padre, el Hijo y el Espíritu
mantienen desde toda la eternidad, anticipando de alguna manera en el tiempo
la vida eterna.
Señor de los minutos, / intensa
compañía,
gracias por los instantes / que
lo eterno nos hilan;
gracias por esta pausa /
contigo en la fatiga.
Contigo hay alegría.
+ P. Eduardo Sanz de Miguel, OCD.
|