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Acercándonos
a ella con fe leamos un texto de la Sagrada Escritura, especialmente del
Nuevo Testamento donde el mismo Dios se nos revela hecho hombre en Jesús.
Se trata de hacer una lectura orante de esa palabra para alimentar la
oración y entrar en comunión con su misterio que se nos presenta a través
del texto bíblico. La lectura serena es el primer paso para conocer y amar
la Palabra de Dios. No se ama lo que no se conoce. Dejamos así que ella
tome eco en nuestro corazón, nos familiarizamos con la Palabra.
Es un proceso de apropiación para que
esa Palabra se vuelva palabra nuestra, capaz de expresar nuestra vida y
nuestra historia. Pasamos a un trato familiar de la Palabra, como un
amigo al que frecuentamos.
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Analizamos el
texto bíblico desde un nivel literario: cómo, porqué, cuándo, etc; desde un
nivel histórico: situando el texto en el contexto histórico en el que
surgió y desde un nivel teológico: intentando descubrir por medio de la
lectura del texto lo que Dios quería decir al pueblo en aquella situación
histórica, etc. Después de este primer acercamiento a la Palabra, llegamos a un diálogo
con el texto. Lo rumiamos, lo interiorizamos.
Ahora nos preguntamos sobre
qué dice el texto para mí. ¿Qué es lo que Dios quiere decirme o decirnos
con esta Palabra? Entramos a dialogar con el texto por medio de
preguntas que razonamos. También podemos meditar el texto repitiendo
alguna frase sacada del propio texto. La rumiamos en nuestro interior.
Entonces nos colocamos bajo el juicio de la Palabra, dejando que ella nos
penetre como espada de dos filos (Hebreos 4, 12). La Palabra la
experimentamos como algo nuestro, no ya como algo que leemos.
Nacen en nosotros
sentimientos al contacto con la Palabra, damos a luz la vida que de ella
mana. La Palabra nos ilumina. Da luz a nuestra vida. De nuestro ser brota
una actitud de oración que ya de alguna manera ha estado presente desde el
primer momento, cuando nos acercamos a la Palabra con fe: es la Palabra de
mi Dios.
Pero ahora después de experimentar en
nosotros esa Palabra concreta, llega el momento de la oración: ¿qué me
hace decir el texto, qué me hace decir a Dios? La meditación anterior ha
promovido este paso a la oración nacida en nosotros. Nos admiramos, y
adoramos al Señor presente en su Palabra. Porque su Palabra nos ha
iluminado y dado vida. El es la vida. Brota de nosotros una respuesta al
Señor: es la oración espontánea que nace. Nos pone en diálogo de amistad
con El. La Palabra madura dentro de nosotros y llega un momento en que
surge del corazón un grito a Dios. Eso es oración. Sin ansiedad de
búsqueda de todo, sino a través de la paz que lleva en sí la vivencia del
silencio nace en nosotros una petición, un sentido arrepentimiento, un
profundo sentimiento de gratitud... Cuando la Palabra de Dios se nos hace
sabrosa en sumo grado, llegamos entonces a la contemplación de esa
Palabra. Es la meta de la meditación bíblica. La contemplación es como una
forma de ser de la persona que se siente traspasada por la Palabra de
Dios. De tal modo que todo en su vida lo ve “con los mismos ojos de Dios”.
Convierte al orante en servidor de la palabra porque la Palabra ha pasado
a ser parte de su corazón, entraña de su ser, hasta tomar forma en el
compromiso real y concreto de transformación que la Palabra encierra,
fuera de todo espiritualismo: Que el mundo sea una revelación de Dios.
Enlaces
relacionados:
Meditar día y noche en la Ley del Señor:
La Lectio Divina en el Carmelo Teresiano femenino (nuevo)
Lecturas del día
Diccionario bíblico
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