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LECTIO DIVINA PARA TODOS LOS DÍAS DE PASCUA:
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Para entrar en diálogo de amistad con Dios, necesitamos introducirnos en su palabra. La Biblia es esa Palabra reveladora de Dios. Es su misma palabra que El ha querido dejar al hombre a través de los siglos.

Acercándonos a ella con fe leamos un texto de la Sagrada Escritura, especialmente del Nuevo Testamento donde el mismo Dios se nos revela hecho hombre en Jesús. Se trata de hacer una lectura orante de esa palabra para alimentar la oración y entrar en comunión con su misterio que se nos presenta a través del texto bíblico. La lectura serena es el primer paso para conocer y amar la Palabra de Dios. No se ama lo que no se conoce. Dejamos así que ella tome eco en nuestro corazón, nos familiarizamos con la Palabra.  

 

Es un proceso de apropiación para que esa Palabra se vuelva palabra nuestra, capaz de expresar nuestra vida y nuestra historia. Pasamos a un trato familiar de la Palabra, como un  amigo al que frecuentamos.

Tu Palabra es como una lámpara para mis pasos, luz en mi sendero  (Sal.119)

Analizamos el texto bíblico desde un nivel literario: cómo, porqué, cuándo, etc; desde un nivel histórico: situando el texto en el contexto histórico en el que surgió y desde un nivel teológico: intentando descubrir por medio de la lectura del texto lo que Dios quería decir al pueblo en aquella situación histórica, etc.  Después de este primer acercamiento a la Palabra, llegamos a un diálogo con el texto. Lo rumiamos, lo interiorizamos. 

Ahora nos preguntamos sobre qué dice el texto para mí. ¿Qué es lo que Dios quiere decirme o decirnos con esta Palabra? Entramos a dialogar con el texto  por medio de preguntas  que razonamos. También podemos meditar el texto repitiendo alguna frase sacada del propio texto. La rumiamos en nuestro interior. Entonces nos colocamos bajo el juicio de la Palabra, dejando que ella nos penetre como espada de dos filos (Hebreos 4, 12). La Palabra la experimentamos como algo nuestro, no ya como algo que leemos.

 

Nacen en nosotros sentimientos al contacto con la Palabra, damos a luz la vida que de ella mana. La Palabra nos ilumina. Da luz a nuestra vida.  De nuestro ser brota una actitud de oración que ya de alguna manera ha estado presente desde el primer momento, cuando nos acercamos a la Palabra con fe: es la Palabra de mi Dios.

 

Pero ahora después de experimentar en nosotros esa Palabra concreta, llega el momento de la oración: ¿qué me hace decir el texto, qué me hace decir a Dios? La meditación anterior ha promovido este paso a la oración nacida en nosotros. Nos admiramos, y adoramos al Señor presente en su Palabra. Porque su Palabra nos ha  iluminado y dado vida. El es la vida. Brota de nosotros una respuesta al Señor: es la oración espontánea que nace. Nos pone en diálogo de amistad con El. La Palabra madura dentro de nosotros y llega un momento en que surge del corazón un grito a Dios. Eso es oración. Sin ansiedad de búsqueda de todo, sino a través de la paz que lleva en sí la vivencia del silencio nace en nosotros una petición, un sentido arrepentimiento, un profundo sentimiento de gratitud... Cuando la Palabra de Dios se nos hace sabrosa en sumo grado, llegamos entonces a la contemplación de esa Palabra. Es la meta de la meditación bíblica. La contemplación es como una forma de ser de la persona que se siente traspasada por la Palabra de Dios. De tal modo que todo en su vida lo ve “con los mismos ojos de Dios”. Convierte al orante en servidor de la palabra porque la Palabra ha pasado a ser parte de su corazón, entraña de su ser, hasta tomar forma en el compromiso real y concreto de transformación que la Palabra encierra, fuera de todo espiritualismo: Que el mundo sea una revelación de Dios.

 

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Lecturas del día

Diccionario bíblico

 

 

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