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María, Madre de Dios.
P. Jesús Martínez García
"hablemos de la Fe" Ed.
Rialp. Madrid 1992
La más alta dignidad de María, y
causa de poseer todas las demás prerrogativas, es ser Madre de Dios. ¿Y cómo
puede ser esto? ¿Cómo puede ser que una criatura finita, limitada, por muy
excelsa que sea, pueda engendrar y dar a luz a Dios, que es infinito?
Ya hemos dicho que al hablar de
María hay que empezar contando con lo que Dios nos revela y la Iglesia nos
propone. Entonces descubrimos, como el Arcángel le dijo a María, que «nada hay
imposible para Dios» (Lc 1,37). No se trata de dar una solución racionalista,
según la medida de nuestro parecer, sino de profundizar en la verdad que Dios
nos dice. Si no, nos puede suceder lo que le sucedió a Nestorio, persona muy
importante en la Iglesia en su tiempo. Él, y con él otros obispos, no admitió
que María fuese Madre de Dios, sino consideraba que era solamente «madre de
Cristo» o «madre del hombre», pues decía que en Jesucristo había dos personas
muy estrechamente unidas: un hombre que nació de María y la Persona divina que
se unió moralmente a la humana.
Esto chocaba con el sentir
general del pueblo cristiano, que entendía que María engendró a Jesús, que es
Dios, pues en la Escritura aparece escrito que es «Madre de Jesús», (Jn 2,1),
«Madre del Señor (Lc 1,3), que el Ángel le dijo a María: «lo santo que nacerá
(de ti) será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35), y san Pablo dice que «Dios envió a
su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4,4). Y muchos Santos Padres la habían llamado
Madre de Dios (Atanasio, Gregorio Niseno, Basilio, Gregorio Nacianceno, etc.).
Por eso, cuando Nestorio hizo sus afirmaciones, muchos se pusieron en contra, y
especialmente san Cirilo de Alejandría, y pidieron al Papa que convocara un
concilio para aclarar las cosas. El mismo san Cirilo decía en una carta: «Me
extraña en gran manera que haya alguien que tenga duda alguna de si la Santísima
Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. En efecto, si nuestro Señor Jesucristo
es Dios, ¿por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser
llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos trasmitieron los discípulos del
Señor, aunque no emplearan esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también
los Santos Padres» (Carta)
Reunido en el año 431 un
concilio en Éfeso, donde estaban san Cirilo y Nestorio, el concilio proclamó la
personalidad única y divina de Cristo bajo las dos naturalezas, y por
consiguiente, la maternidad divina de María. El pueblo cristiano de Éfeso, que
aguardaba fuera del templo el resultado de las deliberaciones de los obispos
reunidos, al enterarse de la proclamación de la maternidad divina de María,
prorrumpió en vítores y aplausos y acompañó a los obispos por las calles de la
ciudad con antorchas encendidas en medio de un entusiasmo indescriptible (cfr.
San Cirilo de Alejandría,
Carta
24). Posteriormente, el concilio de Calcedonia, del año 451, y el Segundo de
Constantinopla, del año 553, repitieron y confirmaron esta doctrina.
El dogma de la maternidad divina
de María comprende dos verdades: a) que María es verdadera madre, es decir, ha
contribuido a la formación de la naturaleza humana de Cristo con todo lo que
aportan las otras madres a la formación del fruto de sus entrañas, y b) que
María es verdadera Madre de Dios, es decir, que concibió y dio a luz a la
Segunda Persona de la Santísima Trinidad (en cuanto a la naturaleza humana que
había asumido, no en cuanto a su naturaleza divina), porque lo que se engendra y
da a luz es siempre una persona, no una naturaleza, y en ese caso era la Persona
divina.
«Cuando la Virgen respondió que
sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino
asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno
purísimo de María. La naturaleza divina y humana se unían en una única Persona:
Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno
del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María:
por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la
Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión- la naturaleza
humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas
palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios» (San Josemaría,
Amigos de Dios)
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