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Desde mi juventud, Madre
querida,
tu dulce imagen me ha robado el
alma.
Leía en tu mirada la ternura
y junto a ti la dicha yo
encontraba.
Virgen María, en la celeste
playa,
tras el destierro, siempre te
veré;
¡pero tu dulce imagen aquí abajo
mi Perpetuo Socorro siempre
es..!
cuando yo era sensata y
obediente
me parecía que me sonreías;
mas, cuando yo algo mal me
comportaba,
que por mí tú llorabas yo creía.
Cuando escuchabas mis ingenuos
rezos,
tu maternal amor me demostrabas;
yo encontraba en la tierra, al
contemplarte,
el sabor de la dicha de la
Patria.
Oh Madre, cuando lucho, en la
pelea,
tú sostienes mi pobre corazón,
pues bien sabes que, al cabo de
esta vida,
quiero dar sacerdotes al Señor
Imagen de mi madre siempre,
siempre
tú serás, sí, mi dicha y mi
riqueza.
Yo querría que en mi postrera
hora
mi mirada final para ti fuera.
Después, volando a las celestes
playas,
me iré a sentar, oh Madre, en
tus rodillas.
Entonces ya podré ofrecer sin
límites
a tus besos tan dulces mis
mejillas... |