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Orar como Santa Teresita de Lisieux

 

Desde mi juventud, Madre querida,

tu dulce imagen me ha robado el alma.

Leía en tu mirada la ternura

y junto a ti la dicha yo encontraba.

Virgen María, en la celeste playa,

tras el destierro, siempre te veré;

¡pero tu dulce imagen aquí abajo

mi Perpetuo Socorro siempre es..!

cuando yo era sensata y obediente

me parecía que me sonreías;

mas, cuando yo algo mal me comportaba,

que por mí tú llorabas yo creía.

Cuando escuchabas mis ingenuos rezos,

tu maternal amor me demostrabas;

yo encontraba en la tierra, al contemplarte,

el sabor de la dicha de la Patria.

Oh Madre, cuando lucho, en la pelea,

tú sostienes mi pobre corazón,

pues bien sabes que, al cabo de esta vida,

quiero dar sacerdotes al Señor

Imagen de mi madre siempre, siempre

tú serás, sí, mi dicha y mi riqueza.

Yo querría que en mi postrera hora

mi mirada final para ti fuera.

Después, volando a las celestes playas,

me iré a sentar, oh Madre, en tus rodillas.

Entonces ya podré ofrecer sin límites

a tus besos tan dulces mis mejillas...

Acuérdate de aquella triste noche, 

noche de tu agonía,

en la que con tu sangre se mezclaron tus lágrimas. 

¡Perlas de amor, cuyo infinito precio 

hizo que germinaran

en esta tierra virginales flores!

renacer hizo el gozo de tu bendita alma.

Mas tú, Jesús, me viste

en medio de tus lirios, 

¡acuérdate!

Acuérdate: un Condenado a muerte, 

abrevado de amargo sufrimiento, 

alzó al cielo los ojos, y exclamó:

"¡Un día me veréis aparecer con gloria, 

nimbado de poder, sobre las nubes!".

 

Pues su gloria inefable permanecía oculta. 

Príncipe de la paz,

yo sí te reconozco...

 ¡Yo creo en ti !

 ¡Acuérdate de que hasta entre los tuyos 

siempre desconocido fue tu divino rostro!

 

¡y bien sabes, Señor, que te he reconocido! 

Te reconozco, si, ¡oh rostro del Eterno!, 

aun a través del velo de tus lágrimas 

descubro tus encantos. 

Tu velado mirar

mi pecho consoló, 

¡acuérdate!

 Acuérdate de aquello que dijiste

el día de tu triunfo:

 "!Dichoso el que sin ver en plenitud de gloria 

al Hijo del Altísimo, sin embargo creyó!"

Desde la oscura noche de mi fe, en esta vida, 

yo te amo ya y te adoro.

Para verte, Jesús, espero en paz la aurora,

De que no es mi deseo

aquí en la tierra verte 

¡acuérdate!

 

(Poesía 22. Obras Completas, pp. 744-746)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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