73.-Además de los mandamientos de la ley de Dios, la Iglesia tiene cinco mandamientos.

 

73,1. En virtud del poder recibido de Jesucristo[1] , la Iglesia puede imponer preceptos que obliguen gravemente a los hombres en orden a un mejor cumplimiento de la ley de Dios[2] .

Los mandamientos de la Iglesia no son arbitrarios. No manda, bajo pecado grave, un acto intranscendente. «La Iglesia, con esos preceptos, intenta conseguir que los fieles se santifiquen como es debido»[3] .

 

Los mandamientos de la Iglesia son de dos clases:

Los tres primeros mandan oír Misa, confesar y comulgar; pero de esto ya hemos tratado. (Ver números 45 al 61) El cuarto manda el ayuno y la abstinencia en los días determinados por la Iglesia.

 

73,2. El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día. Pero se puede tomar algo por la mañana y por la noche.

En el desayuno se puede tomar, por ejemplo, leche, café o té, o un poco de chocolate, con unos 60 gramos de pan, churros, tortas, etc.

En la cena se puede tomar hasta 250 gramos de alimentos.

Si te parece esto muy complicado, puedes atender a la norma práctica de algunos moralistas que dicen que quien tiene obligación de ayunar basta con que en el desayuno y en la cena tome la mitad de lo que tiene por costumbre tomar.

Y si lo que se suele tomar es poco, la cantidad que se suprima puede ser menor.

 Otra norma práctica es que sumando lo que se toma en el desayuno y en la cena, no llegue a lo que se suele tomar al mediodía[4] .

En la comida principal se puede tomar toda la cantidad que se quiera.

Pero durante el día no se puede tomar nada (comida o bebida) que sea alimento. Sí se pueden tomar líquidos no alimenticios como refrescos, café, té y bebidas alcohólicas[5]; y también alguna pequeña «tapa» con que éstas suelen acompañarse; aunque sería mejor abstenerse de ella.

 

La abstinencia consiste en no tomar carne; pero no está prohibido el caldo de carne[6] ni la grasa animal, si es condimento.

También se pueden tomar huevos y productos lácteos.

 

Tienen obligación de ayunar todos los católicos que han cumplido dieciocho años y no han cumplido los cincuenta y nueve[7] .

La abstinencia obliga desde los catorce años cumplidos hasta el final de la vida[8] .

«No están obligados al ayuno y abstinencia los verdaderamente pobres, los enfermos y los obreros»[9] . Y también las personas invitadas a comidas que no pueden excusarse de comer lo que les sirven[10].

Tampoco están obligados los que no tienen habitualmente uso de razón.

El párroco y algunos confesores pueden dispensar cuando haya motivo suficiente.

 

Son días de ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Son días de sólo abstinencia todos los viernes del año, que no caigan en festivo.

La abstinencia de los viernes fuera de cuaresma puede ser sustituida, por uno mismo, total o parcialmente por otras formas de penitencia, piedad o caridad, como limosnas, visitas a enfermos, privarse de tabaco o espectáculos, o cualquier otro gusto,y por rezar el rosario, hacer una visita al Santísimo, etc.[11] . Pero no por una obra obligatoria, como sería la misa del domingo.

Bastaría tener una intención habitual de ofrecer para esto el primer sacrificio u obra de caridad o piedad que se realice.La abstinencia de los viernes de cuaresma, y el ayuno y la abstinencia del Miércoles de Ceniza y Viernes Santo no pueden ser sustituidos por propia iniciativa.

 

No debe considerarse pecado grave cualquier violación esporádica de la ley; pero sí el dejar de cumplirla habitualmente o por menosprecio[12] .

Lo importante es el espíritu de la ley. Se trata de que en esos pocos días del año te quedes con un poco de hambre para hacer un sacrificio por Nuestro Señor.

«La observancia sustancial de la disciplina eclesiástica sobre la penitencia es gravemente obligatoria. Pero adviértase que la Iglesia no quiere precisar con medidas y pormenores los límites que determinarían en cada caso la gravedad de las faltas, porque desea que los fieles no caigan en la servidumbre y en la rutina de una observancia meramente externa, y prefiere, al contrario, que ellos mismos, sin omitir el oportuno consejo, formen deliberadamente su conciencia en cada caso según las indicaciones y el espíritu de la ley, con sentido de responsabilidad ante el Señor que ha de juzgar la sinceridad y diligencia de nuestras actitudes. Pero, sin duda, el desprecio y la inobservancia habitual de los preceptos de la Iglesia constituiría pecado grave. La Conferencia Episcopal Española espera que la presente disciplina penitencial, adaptada a España, servirá para aumentar en todos el sentido de sacrificio, la autenticidad de una vida sinceramente cristiana, y la práctica, más personal y consciente, de la mortificación y la caridad»[13] .

El Secretario del Episcopado francés ha propuesto a los católicos privarse del tabaco o bebidas alcohólicas un día a la semana, como una nueva modalidad de abstinencia[14] .

 

Hacer penitencia es obligación de todo cristiano. Cada vez que cumplimos con nuestro deber y se lo ofrecemos a Dios hacemos penitencia.

Cuando, en obsequio a Dios, nos privamos de algo que nos gusta o hacemos algo que nos desagrada, hacemos penitencia.

Cuando, por Dios, aceptamos la vida y sus dificultades, hacemos penitencia.

Cuando, también por Dios, somos justos y luchamos contra las injusticias de la vida, hacemos penitencia.

Arrepentirnos de nuestros pecados y hacernos amigos de Dios, es hacer penitencia.

La penitencia necesita de algo interior: Dios quiere el corazón, no sólo las obras externas. Si nuestra intención se detuviese en cumplir la ley, sin ofrenda a Dios, no haríamos penitencia. La primera y obligatoria penitencia que tenemos que hacer es cumplir la ley de Dios. Si no cumplimos lo que se nos manda, no hacemos penitencia. El principal lenguaje de un hombre son las obras.

 

73,3. El quinto mandamiento de la Iglesia manda que la ayudemos en sus necesidades y en sus obras. No hay que olvidar que es deber de los fieles atender, según las posibilidades de cada uno, con su ayuda económica al culto y al decoroso sustento de los ministros de Dios.

Todos los bienes los hemos recibido de Dios. El contribuir con ellos para ayudar a la Iglesia en sus necesidades, es una manera de agradecer a Dios lo que nos ha dado, y rogarle que nos siga bendiciendo.

Los sacerdotes han consagrado su vida a trabajar exclusivamente por el bien espiritual de los hombres, por lo tanto, de ellos deben recibir lo necesario para satisfacer sus necesidades humanas, y poder seguir estudiando y estar siempre bien preparados para el desempeño de su ministerio.

Dice el Nuevo Código de Derecho Canónico: «Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad, y el conveniente sustento de los ministros»[15] .

Los buenos católicos deben también contribuir al sostenimiento del Seminario de la Diócesis, donde se están formando los futuros sacerdotes que han de atender  a las almas.

«Todos hemos de sentir la Iglesia como propia. Es un deber de justicia ayudar a la Iglesia en todo lo relativo al apostolado, porque de la Iglesia recibimos el mayor bien que se puede recibir en este mundo: los medios para ir al cielo»[16] .

 

«La Iglesia necesita aquellos recursos que hacen posible el que pueda llevar adelante su función evangelizadora. Estos recursos tienen que provenir, en su mayor parte, de la misma comunidad eclesial. Si bien es justo que se reciban otras ayudas de los organismos encargados de tutelar el bien común, en virtud (...) de la contribución que la Iglesia realiza en acciones sociales que benefician a toda la comunidad. Contribuir al sostenimiento de la Iglesia es una obligación moral de todos y cada uno de cuantos la componen. El cuidado de los pobres, la atención a los enfermos y ancianos, la catequesis, el culto, la acción misionera de la Iglesia necesitan unos recursos materiales. Y con presupuestos muy reducidos se hacen obras admirables por su valor religioso y social. Sería una actitud casi parasitaria la falta de colaboración. (...) No pueden ser unos pocos los que trabajen y aporten, y todos los que se beneficien. La ayuda material a la Iglesia no es un simple gesto de largueza, sino una obligación: la de compartir los bienes que se tienen para que sirvan de ayuda para todos»[17].

 

Como en otras naciones, también es España, se puede hoy ayudar a la Iglesia destinando a ella la pequeña parte asignada de lo que hay que pagar a Hacienda.

Nuestra colaboración a la Iglesia no debe limitarse a lo económico; debemos también prestar nuestra colaboración personal, en la medida que nos sea posible.

 

 

73,4. Además de estos mandamientos más generales, la Iglesia tienen también otros, como por ejemplo, la prohibición de asistir a escuelas ateas o a centros en los que se enseñen cosas contrarias a la doctrina católica.

«Los padres católicos que envían a sus hijos a estas escuelas, aunque sea con el pretexto de que enseñan muy bien otras materias profanas, pecan gravísimamente y son indignos de la absolución sacramental, por el grave peligro a que exponen a sus hijos»[18] .

El Concilio Vaticano II «recuerda a los padres cristianos la obligación de confiar sus hijos, en el tiempo y lugar que puedan, a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas, y de colaborar con ellas en bien de sus propios hijos»[19] .

Por eso «deben disponer, y aun exigir, todo lo necesario para que sus hijos puedan disfrutar de tales auxilios y progresar en la formación cristiana a la par que en la profana»[20] .

Dicen los Obispos Españoles: «La clase de Religión en España, carente hoy del debido rigor académico, se ve sometida a un proceso de deterioro que repercutirá negativamente en los aspectos humanos y éticos de todo el marco educativo»[21] . Leí en el ABC de Madrid, en la misma página, estos dos titulares: «El gobierno socialista margina la asignatura de Religión». «En Suecia la clase de Religión es obligatoria»[22].

«Los padres tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas»[23] 

Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: «Los padres tienen el derecho de elegir para sus hijos una escuela que corresponda a sus propias convicciones, y los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio»[24] .

Como dijo el Papa Juan Pablo II en su visita a España en 1982: «Los padres deben elegir para sus hijos una enseñanza en la que esté presente el pan de la fe cristiana»[25] .

Los padres tienen obligación de preocuparse de que sus hijos sean educados en la religión católica. Si se desentienden de esto, que no se quejen después cuando sus hijos les salgan torcidos. No te contentes con solicitar la enseñanza de la Religión en el colegio de tus hijos. Comprueba lo que les enseñan; y si les dan gato por liebre, protesta enérgicamente como cualquier consumidor estafado[26] .

La Comisión Episcopal de Enseñanza recuerda que todos debemos exigir que se pueda recibir educación católica en los centros de enseñanza[27] : «La formación religiosa católica en la escuela es un deber y un derecho, cuyo servicio está regulado por las leyes, y cuya realización efectiva debe ser apoyada por toda la comunidad cristiana». Los obispos indican a los padres católicos el deber de inscribir a sus hijos en la asignatura de religión y moral católicas. El mismo texto recuerda la obligación de los profesores cristianos de «colaborar en la formación religiosa católica de los alumnos cuyos padres han elegido para ellos este tipo de formación». Por último insisten en el deber de la sociedad y de los gobernantes de respetar el derecho de los padres y de los alumnos en conformidad con los principios de la Constitución Española y de los acuerdos internacionales firmados por el Estado Español con la Santa Sede en materia de enseñanza. El Consejo Pontificio para la Familia ha publicado un documento en el que dice que los padres deben retirar a sus hijos de los centros donde se enseñe una moral sexual contraria a la doctrina de la Iglesia[28] .

 

Otro mandamiento de la Iglesia es no contraer matrimonio opuesto a las leyes de la Iglesia.

 

73,5. En 1917 se publica el Código de Derecho Canónico que sistematiza un cúmulo de leyes eclesiásticas. En 1983 se publica un nuevo Código de Derecho Canónico que actualiza y perfecciona el anterior. El estudio de esta reforma ha durado veinticinco años, desde que lo inició Juan XXIII.

 

74.- Los mandamientos de la ley de Dios se resumen en dos:

Primero: amarás a Dios sobre todas las cosas.

Segundo: y al prójimo como a ti mismo[29] .

 

74,1. Esto es lo que significan los siguientes magníficos consejos: «Cumple siempre todos los mandamientos». «Por nada del mundo cometas un pecado grave». «Procura agradar a Dios en todas las cosas». «No hagas tú a los otros lo que no quieras que los otros te hagan a ti». «Pórtate tú con los demás como quieras que los demás se porten contigo».

 

74,2. Hay personas que reducen sus prácticas religiosas al servicio del prójimo. Eso está bien, pero no basta. Hay acciones humanas que ni benefician ni perjudican al prójimo, en cambio agradan o desagradan a Dios: como el asistir a Misa o el decir blasfemias.

Hoy somos muy sensibles a la justicia social. El remedio no está en cambiar las estructuras, que seguirán siendo injustas si no cambiamos a los hombres. Si cambiamos a los hombres las estructuras serán mejores y habrá más justicia. El mejor modo es la norma de Cristo: «pórtate tú con los demás como quieres que los demás se porten contigo»[30] .

 

75.- EL AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO ES LA SEÑAL CARACTERÍSTICA DEL BUEN CRISTIANO[31] .

 

75,1. El cristiano debe cumplir sus obligaciones con la misma perfección que uno que sea ateo pero «de distinta manera», es decir, con amor a los demás, como al mismo Jesucristo. Es más, como Cristo los ama: «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado»[32] .No se puede amar a Dios si no se ama al prójimo.

Todos formamos con Cristo su Cuerpo Místico. Y no se puede amar la cabeza y maltratar otra parte del cuerpo. San Agustín expresa esta idea popularmente: «¿no te quejarías si uno para besarte en la cara te da un pisotón en los pies?»[33] .

Pero no todo amor al prójimo es ya amor a Dios. Tú puedes amar a una persona por ser hija de sus padres, a quienes amas; pero también puedes amarla por ella misma, sin que eso suponga que amas a su padre, que puede serte totalmente indiferente[34] .

Por eso la caridad cristiana es amar al prójimo porque es hijo de Dios[35] . Lo contrario puede ser un humanismo ateo que se llama  filantropía[36] .

 

Hoy se habla mucho de solidaridad en lugar de caridad cristiana. Pero esto es rebajarla, pues todo lo que hagamos por el prójimo queda enriquecido si lo hacemos también por amor de Dios.

«Solemos citar muchas veces los textos de la carta de San Juan en los que se exige la caridad para con los demás de una forma enérgica: «Si uno dijere que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso»[37] .

Pero se cita menos otra frase que en el pensamiento de San Juan no admite duda, y necesita que se recuerde hoy de una manera especial: es cierto que la caridad con Dios es cosa vana cuando no va unida al amor del prójimo, que es hijo de Dios, pues ahí está la razón profunda de nuestro deber para con él; pero el amor del prójimo que quisiera ignorar el amor de Dios, no sería verdadero: «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios»[38] .

 

«Se oye con bastante frecuencia hoy día, que las palabras “mandato” y “ley” son palabras condenadas a estar proscritas de manera absoluta; como si hablar de cosas “permitidas” y de cosas “prohibidas” fuera una verdadera y peligrosa desnaturalización de la vida moral. Ante todo, es evidente que estas palabras, que se quieren proscribir, pertenecen al mismo Evangelio. Son auténticas palabras de Dios. Es difícil eliminar de la primera carta de San Juan la palabra y la idea de “mandato”; aparecen repetidas sin cesar y en el sentido más profundo. Y de una manera sistemática e inaceptable se quiere eliminar, por lo mismo, la palabra y la idea de “ley”; en la enseñanza de San Pablo. Lo que él condena es una cierta concepción de la “ley”, mas para devolverle otra, a la que da expresamente ese nombre, y cuyas exigencias no deja de señalar de forma clara. En el fondo de la idea de ley y de mandato existe la afirmación de alguien que es el Señor y que tiene derecho a hablarnos como tal. Escuchemos a Jesucristo cuando habla del “mandato de su Padre”, de la “voluntad de su Padre”; escuchemos a los santos, a los que figuran catalogados y aquellos a quienes nos encontramos en la vida. Oiremos que resuena en ellos esa alabanza, esa humildad, esa obediencia, que, lejos de inspirar repugnancia por la palabra “mandato”, le dan un sabor indecible, como el salmo 119, en el que se hace un elogio de la ley divina. Es cierto que una moral que no tenga en la caridad su principio y su fin, no es tal moral; o en todo caso, no es la moral cristiana. Mas no es menos cierto que una doctrina de la caridad que quiera ignorar la moral y sus leyes, es una quimera peligrosa de la que la caridad es la primera en pagar las consecuencias»[39] .

 

Evidentemente que el valor del cumplimiento de una ley depende del amor que en ello se ponga. El cristiano que cumple una ley tan sólo como un requisito externo revela que le falta lo más importante, que es el amor.

Las leyes son necesarias en una sociedad organizada. Las leyes justas están siempre orientadas al bien común. Al cumplirlas hacemos un acto de amor al prójimo, y también de amor a Dios, al aceptar el ser regidos por leyes exigidas por la naturaleza que él nos ha dado.

Cuando se ama de verdad al prójimo, la espontaneidad interior puede indicarme el camino de la rectitud. Pero no cabe duda de que esta espontaneidad interior no basta en multitud de ocasiones, en las que es necesario acudir a normas externas a nosotros mismos que nos señalen el camino mejor a seguir.

Pero, repito, el cristiano debe siempre poner mucho amor en su comportamiento. El egoísmo es el gran pecado del hombre. Y tan egoísta es el que no cumple una ley por propia comodidad, como el que la cumple sólo por evitar la sanción. El buen cristiano cumple la ley, y la cumple con amor y por amor.

No existe moral sin caridad, que es su alma. No hay caridad verdadera sin moral, que le da un cuerpo. El fundamento de todo está en la aceptación de Dios.

 

Hay quienes no quieren más norma moral que su propia conciencia. Sin embargo hay que advertir que su conciencia debe estar de acuerdo con la realidad objetiva, es decir, acorde con lo que dicen los entendidos, los especialistas.

Por ejemplo, si los astrónomos dicen que la distancia de la Tierra a la Luna es de 384 000 kilómetros, esto es una verdad independiente de lo que a mí me parezca. A mí me puede parecer poco o mucho, pero lo que a mí me parezca no cambia la distancia de la Tierra a la Luna, que es la que dicen los astrónomos que la han medido.

Igualmente, si el agua de una fuente no es potable, y las autoridades sanitarias que la han analizado así lo avisan, es tonto beber de ella.

 El agua no se convierte en potable por lo que a mí me parezca, sino que su potabilidad depende del análisis que han hecho los especialistas.

 

75,2. Jesucristo quería que en esto se nos reconozca a los cristianos: en que nos amamos los unos a los otros[40] . Hay que amar a todos en general, y no odiar a nadie en particular[41] . Debemos practicar, según las ocasiones, múltiples formas de caridad[42] . Los catecismos nos hablaban de las Obras de Misericordia: son otras tantas formas magníficas de practicar la caridad. Helas aquí:[43] 

 

OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES:

Visitar y cuidar enfermos. Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Atender a los que no tienen hogar. Procurar ropa a los necesitados. Ayudar a los encarcelados y exiliados. Acompañar a los que sufren la muerte de un ser querido.

 

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES:

Enseñar al que no sabe. Dar buen consejo al que lo necesita. Corregir al que yerra. Perdonar las injurias. Consolar al triste. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Rogar a Dios por vivos y difuntos.

 

Dice San Pablo: «Ya puedo tener una fe que mueva montañas; si no tengo caridad, no soy nada»[44] .

El amor entre los hombres es la señal que Cristo nos dejó como distintivo de los  cristianos. Si esto no existe, la Iglesia no se da a conocer en el mundo.

Y el amor no consiste solamente en no hacer daño, sino, sobre todo, en hacer el bien. Jesucristo ha dicho que todo lo que hagamos al prójimo por su amor, aunque sea darle un vaso de agua, nos lo premiará como hecho a Él mismo[45].  «Orientar la vida de forma generosa es la vía óptima para hacerse plenamente hombre y ser de verdad feliz»[46] .

Es verdad que tampoco es cristiano practicar la caridad y olvidarse de la justicia. Pero, como ha dicho repetidas veces el Papa Juan Pablo II, tampoco basta la justicia. Es necesaria también la caridad: la caridad de la sonrisa, de la amabilidad, de la servicialidad, del cariño, y de la limosna.

Otro modo de practicar la caridad es dedicar parte de nuestro tiempo libre en servicio del prójimo.

 

«La caridad va más allá de la justicia social. Implica la justicia social, pero va más allá que ella. (...) La caridad cristiana, que implica siempre la justicia, es mucho más que justicia humana. (...) La justicia es dar a cada cual lo que le compete por derecho; la caridad es dar al otro el amor que no le corresponde, puesto que también Dios nos ha amado a nosotros con un amor que no nos corresponde»[47] .

 

Como dice José Román Flecha, Decano de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, y Vicerrector, además de la «caridad sincrónica» con los que convivimos en este mundo, tenemos que pensar también en la «caridad diacrónica» pensando en los seres humanos que nos van a suceder en el planeta para no dejarles una naturaleza contaminada[48] .

«La única salida a esta crisis global del entero sistema es lo que Birch denomina “una sociedad viable”, basada en criterios de solidaridad sincrónica (entre la población actualmente existente) y diacrónica (entre la población presente y la futura»[49].

Éste es el sentido de la ecología que hoy es de tanta actualidad.

Estamos obligados «al respeto de la integridad de la creación, que está destinada al bien común de la humanidad pasada, presente y futura»[50] .

 

75,3. Esfuérzate por ser una persona buena y agradable con todos; siempre con una acogedora amabilidad, una inagotable disponibilidad; tener para cada uno la palabra adecuada, la sonrisa, la broma... En fin, todo lo que constituya una discreta y sincera simpatía[51] . Es muy importante que seas amable.

El sonreír ayuda a ser amable.

«Una sonrisa cuesta muy poco, pero vale mucho.

»Una sonrisa enriquece al que la recibe y al que la da.

»Una sonrisa dura poco, pero su recuerdo puede durar toda una vida.

»No hay nadie tan rico que no la necesite ni tan pobre que no la pueda dar»[52].

 

Procura fomentar en ti estas virtudes:

- Amabilidad.

- Optimismo.

- Entusiasmo.

- Jovialidad.

- Afabilidad.

- Serenidad.

- Equilibrio.

- Ser comprensivo.

- Ser acogedor.

- Saber escuchar, etc.

 

Amabilidad es la cualidad por la cual una persona es digna de ser amada. Consiste en considerar, respetar, aceptar a las personas como son y alegrarse con sus éxitos. Amabilidad es atender a cada persona según lo que necesite en ese momento. La amabilidad es signo de madurez y grandeza de espíritu. Procura ser una persona educada, respetuosa, agradecida, honrada, buena y servicial con todos. Y sobre todo muy cristiana.

Así serás una persona estimada por todo el mundo. Tú mismo te sentirás satisfecho de tu proceder;  y, sobre todo, Dios te lo premiará.

 

La vida en común es una continua ocasión de ayudarse mutuamente.

Al principio quizás tengas que esforzarte para ser una persona atenta; pero después, esto será para ti una costumbre y no te costará trabajo alguno.

Los que te rodean se sentirán influidos por tu amabilidad y recurrirán a ti espontáneamente y con frecuencia.

Ten constancia y no te canses al verte importunado por unos y otros, que será mucho el bien que puedas hacerles.

El buen cristiano está siempre en actitud del máximo servicio al prójimo, según sus posibilidades.

 

Un antiguo cuento griego narra que una noche oscura un ciego iba con una lámpara encendida por una calle sin luz. Se encuentra con un amigo que le dice:

- ¿Para qué llevas esa lámpara encendida si eres ciego?

- No llevo la lámpara para ver yo. La llevo para que los demás vean, y no tropiecen conmigo.

Y es que ayudando a los demás nos ayudamos a nosotros mismos.

 

Practicando la caridad haces bien al prójimo y tú te enriqueces espiritualmente. «Si alguien te ha pegado, pregúntale si se ha hecho daño en la mano»[53] .

 

Preocúpate muy vivamente de tus compañeros enfermos o heridos. Ve a visitarlos, si te es posible. ¡Quién sabe si se encuentran aplanados, tristes y abandonados! Si es así, el rasgo tuyo te ganará su amistad para siempre.

Evita todo lo que pueda molestar a tus compañeros y procura disimular lo que de ellos a ti te moleste, haciendo todo lo posible por mostrarte con afabilidad y servicial con ellos.

El ser caritativo, además de ser una virtud, es señal de buena educación.

Todos tenemos faltas y defectos que molestan a los demás, y debemos tener paciencia cuando los demás nos molestan con los suyos.

Debes ser comprensivo.

«Comprender es ver todos los aspectos posibles de una realidad, un suceso, una persona. Hay quien no tiene otro punto de vista que el propio. Es conocido el cuento indostánico de los ciegos y el elefante.:

 

«A unos ciegos se les propuso que adivinaran lo que tenían delante, sólo tocando con las manos. Y se les puso delante de un elefante.

»Uno dijo que era una soga: había cogido la cola.

»Otro que era una serpiente: había cogido la trompa.

»Otro que era un árbol: había tocado una pata.

»Otro que era una pared: había tocado la panza.

»Y es que no se puede conocer una cosa atendiendo sólo a un aspecto.

»Es menester pensar que las cosas, y mucho más las personas, son muy complejas.

»El ejercicio de comprender comporta la total de los acontecimientos, y mucho más aún, de los seres humanos»[54] .

 

Elogia sinceramente lo digno de elogio. Toda persona tiene defectos y limitaciones. Pero también tiene virtudes y cosas positivas.

El ver que los demás saben apreciar lo bueno que hay en nosotros es una de las cosas más alentadoras de la vida.

Pon siempre tu persona y tus cosas a disposición de todos, dentro de lo razonable. No dudes nunca en hacer un favor a otros, aunque para eso tengas que fastidiarte. El sacrificarte por el prójimo llevará a tu alma una sana alegría. Además, con esto ganarás el corazón de tus compañeros y así te será más fácil hacerles el bien.

 

«No puede existir un hombre, humana y espiritualmente perfecto, sin una alegría cordial que ilumine a cuantos le rodeen»[55] .

Procura ser alegre y optimista. El optimismo no es miopía que no ve los males; ni estoicismo que niega el dolor.

El optimismo no niega el mal, ni el sufrimiento, ni la necesidad del esfuerzo, ni la dureza de la vida, sino que se esfuerza en hallar en todo esto un lado bueno, un punto de vista confortador, un fin útil, un valor real, desconocido a primera vista[56] .

Es lo de la media botella: el pesimista sufre porque sólo le queda media botella, pero el optimista se alegra de que todavía le queda media botella.

El optimista sabe que las dificultades son para superarlas, pues por encima de las nubes luce el Sol. Pero también sabe que para elevarse hay que esforzarse con confianza en uno mismo: para saltar por encima del listón es necesario confiar en que se puede hacerlo.

El optimista vive con esperanza. Esto le hace feliz. Y el que espera se esfuerza por conseguir su objetivo. Luchar por un ideal da la felicidad. «La esperanza es la alegría del mundo»[57] .

 

Si sabemos iluminar con algún bien todo mal, embelleceremos nuestra vida y haremos más felices a los que nos rodean.

 

El optimista en lugar de quejarse de que las rosas tengan espinas se alegra de que las espinas tengan rosas.

Es lo de la media botella: el pesimista se entristece porque sólo le queda media botella, y el optimista se alegra de que todavía le queda media botella.

 

«Quien tiene ilusión, porque tiene ideales, y cree en los valores, se asienta y afirma sobre el sentimiento de la propia autoestima, que se nutre de la conciencia de ser estimado y valorado por los demás. (...)

»Nuestros pensamientos juegan un importante papel en nuestro estado de ánimo. (...) La persona ilusionada vive en un estado de buen humor, de simpatía, de alegría contagiosa. (...) La ilusión es señal de un funcionamiento psicológico sano»[58].

 

Los acontecimientos exteriores no deben alterar nuestro estado de ánimo.

Lo bueno y lo malo que nos ocurra nos puede servir para la gloria eterna.

El optimismo, la paz y la alegría depende de nosotros mismos.

 

El mismo Sol que ablanda la cera, endurece el barro.

 

La persona optimista siempre está contenta, porque «nunca se sabe...».

Un campesino tenía una yegua y un día se le escapó al monte. Y él se dijo:

-¡Qué mala suerte tenía un caballo y lo he perdido!

Pero al poco tiempo volvió la yegua con otro caballo. Entonces se dijo:

-¡Qué buena suerte, tenía un caballo y ahora tengo dos!

Pero un día el caballo le dio una coz a su hijo y le partió una pierna. Él se dijo:

- ¡Qué mala suerte, el caballo le ha roto una pierna a mi hijo!

Pero al poco tiempo estalló una guerra y su hijo se libró por cojo. Y se dijo:

- ¡Qué buena suerte mi hijo, por cojo, no irá al frente!

Y es que «nunca se sabe...»[59].

 

Sobre la honradez y la honestidad, cito dos frases antológicas Bernabé Tierno[60]: «La honradez es siempre digna de elogio, aunque no reporte utilidad» (Cicerón). «Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo, y los buenos de mofa» (Demócrito).

José Mª Pemán, en el Divino impaciente, pone esta frase en boca de San Ignacio: «No hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer».

 

Otra cosa muy importante es saber escuchar. En tus visitas a los enfermos hay que saber escuchar. Escuchar con interés es la mejor manera de consolar al que sufre. A todos los hombres nos gusta que nos escuchen. Pero mucho más al que sufre. Y si además tu palabra cálida le transmite paz y alegría interior, habrás hecho una gran obra. «Amar es saber escuchar y solidarizarse con el que sufre»[61] .

 

No es lo mismo ser bueno que ser estúpido.

Hacer el bien llena al ser humano de alegría y felicidad.

Pero no hay que confundir la bondad con el dejarse pisotear y humillar por alguna persona frustrada que para reafirmarse necesita hacer daño.

Para evitar que se salga con la suya, lo mejor es ignorarla: como si sus ofensas no nos afectaran.

Pero hay que saber defenderse sin ira y sin rabia, que nos alteran el espíritu desfavorablemente. Nos descompone y desequilibra física, psíquica y emocionalmente. Debemos hacerlo, si no con dominio propio, con sentido del humor, y mejor con ironía. Pero siempre de forma razonable[62]..

 

No hay que confundir la soberbia y el orgullo, que son una supervaloración de sí mismo con desprecio de los demás, con una razonable autoestima que nos hace sentirnos contentos de cómo somos, y agradecidos a Dios por las cualidades que nos ha dado.

El orgulloso es una persona engreída que descalifica al prójimo y lo trata despectivamente. «Lo normal es sentirse incómodo ante el orgulloso, que necesita percibirse dominador y por encima de los demás, minusvalorándolos. (...) Si la humildad es la virtud de los fuertes y nobles, el orgullo es el deplorable defecto de cobardes, pusilánimes y malvados.

»Recordemos con Ruskin que “la primera prueba de un hombre verdaderamente grande es su humildad”»[63].

La autoestima es valorarme en lo que soy y para lo que valgo. Sería ridículo creer que valgo para todo. Pero también es triste creer que no valgo para nada.

Conocer mis posibilidades y limitaciones, y valorarme en lo que soy.

Todo el mundo tiene algo bueno en que puede basar su autoestima.

Podías hacer una lista de tus buenas cualidades para valorarte.

A esto podrían ayudarte familiares y amigo s de tu total confianza.

 

El sentirme competente en algo y ser estimado por algo me da paz, alegría y confianza en mí mismo. Esto ayuda a ser feliz. Sobre todo si mi capacidad la pongo al servicio de los demás.

«Todo ser humano debe tenerse en estima, aceptarse y quererse a sí mismo como es, sea cual sea su edad y la etapa evolutiva en que se encuentre»[64].

Hay que conocerse, aceptarse y amarse. Así podremos gozar con lo que somos, y no angustiarnos por  lo que no somos. Lo cual es perfectamente compatible con el procurar mejorar. No se trata de un «narcisismo, que nos creamos los mejores, y que no tenemos nada que modificar, ni necesidad de transformación alguna. (...) Por el amor que nos tenemos, reconocemos nuestras deficiencias, y nos proponemos irlas supliendo»[65].

Para conocerse es necesario examinarse, analizarse. Nadie conoce el color de sus ojos si no se mira al espejo.

«La autoaceptación da confianza y seguridad en uno mismo, y conducen a la madurez psíquica. Conocernos bien y saber lo que podemos hacer y lo que excede nuestras posibilidades es la clave de hacer las cosas bien y estar contentos con nosotros mismos»[66] .

«Autoaceptarse no significa gustarse. Conozco mis limitaciones y procuro superarme. Siempre podemos estar aprendiendo y mejorando. Siempre podemos crecer como personas. (...) El arte del educador es descubrir la capacidad que cada persona tiene para perfeccionarse»[67] .

Podemos llegar a ser lo que queremos ser. «El poder del pensamiento es incalculable. (...) Si lo centramos sobre lo bueno, lo aumenta; pero si lo centramos sobre lo malo, también lo fomenta. (...) Una buena higiene mental nos permite convertirnos en la persona que deseamos ser. (...) No hay límites ni jubilación para cambiar a mejor»[68].

«Esfuérzate en ser lo que quieres parecer, y no en parecer lo que no eres» (Sócrates)[69] .

 

«Cada vez que centramos nuestra atención y criticamos los aspectos peyorativos de otra persona, estamos contribuyendo a que su autoestima sea negativa. Por el contrario, siempre que resaltamos una cualidad, aspecto positivo y virtud de alguien, le ayudamos a desarrollar esas cualidades y valores. ¿Quiere esto decir que debemos ignorar la realidad de las cosas negativas de las personas con quienes convivimos? Claro que no. Pero antes de ayudarle a alguien a descubrir sus defectos, es más inteligente ayudarle a descubrir cuanto tiene de positivo.

»En la familia, en la escuela, en la empresa y en la sociedad debería ser práctica habitual en quienes se ven obligados a corregir los defectos, el comenzar siempre por reconocer y alabar todo lo positivo, digno y meritorio de la persona en cuestión»[70].

 

Dice un proverbio chino: «Toda gran marcha empieza con un primer paso».

La esencia del ser humano es encontrar el verdadero sentido de la vida.

La autoestima nos ayuda a vivir alegres, cordiales, felices y optimistas al apreciar que somos bien aceptados por los demás tal como somos, y servimos para algo útil, aunque para esto tengamos que esforzarnos y sacrificarnos.

Y cuando las cosas no suceden a nuestro gusto, no desesperarnos ni desalentarnos.

«No siempre puedes triunfar; pero sí puedes no desalentarte nunca» (P. Martín Descalzo)[71] .

 Aceptar las cosas como vienen y seguir adelante. Mi felicidad está dentro de mí. Depende de mi actitud ante la vida. En lugar de pretender cambiar las personas, las cosas y las situaciones de la vida que no están a mi alcance, puedo cambiar mi actitud ante ellas, no empeñándome en lo que me es imposible, y no perder mi paz y serenidad interior.

«Si no puedes hacer lo que te gusta, procura que te guste lo que tienes que hacer»(Goethe)[72] .

Lo que verdaderamente vale son las cualidades espirituales. La sencillez, la bondad, la generosidad, la honradez, la simpatía, la servicialidad, etc., están en nuestras manos.

La persona verdaderamente cristiana da prioridad en todas las cosas al punto de vista sobrenatural. Por eso vive segura, confía en Dios, y siempre tiene el ánimo alegre y optimista.

 

No trates a nadie con arrogancia, sino por el contrario, condesciende buenamente con todos, en lo que no se oponga a tu conciencia; y si crees que has ofendido a alguien, no dudes en darle alguna explicación.

Cuando otra persona te dé explicaciones de las ofensas que te ha hecho, admítelas fácilmente, aunque tú creas que no son suficientemente satisfactorias.

 

75,4. Todo esto, además de ser normas de buena educación son consecuencias de la caridad cristiana, cuya manifestación en el amor y sacrificio por el prójimo fue una de las principales recomendaciones que nos dejó Jesucristo en su Evangelio.

La actitud de servicio es fundamental en un cristiano.

Basta con mirar el ejemplo de Cristo que no vino a «ser servido, sino a servir»[73] . Por eso dice el Concilio Vaticano II que el cristiano «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»[74] .

No sé quién escribió: