b) Divorcio: El divorcio es un mal.
Si fuera bueno Dios no lo prohibiría.
Dios ha hecho el matrimonio indisoluble.

Pero el matrimonio hay que contraerlo con responsabilidad.

Muchos matrimonios fracasan porque se han hecho a la ligera, por vanidad, por capricho, por despecho, para hacer rabiar a una tercera persona, o sencillamente, por lujuria o egoísmo.

Muchos matrimonios fracasan porque nunca debieron realizarse.

 

El divorcio no es solución para un católico. Cristo dice: «el que deja a su mujer y se casa con otra, comete adulterio»[1], «y el que se case con la divorciada comete adulterio»[2] . El adulterio se castigaba con la pena de muerte entre los hebreos, es decir, era algo muy grave.

 

La prohibición evangélica del divorcio es tan clara que el Papa Clemente VII no se lo concedió a Enrique VII de Inglaterra, que quería divorciarse de su esposa Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena; aunque esta prohibición  llevó consigo que la Iglesia Católica perdiera el reino de Inglaterra, pues Enrique VIII, por esta prohibición, se separó de la Iglesia Católica y se autoproclamó Fundador y Cabeza de la Iglesia Anglicana en 1534.

 

San Mateo pone una excepción[3]: «en caso de concubinato». Porque si no estaban casados, la separación no sólo es lícita: es conveniente.

A no ser que decidan casarse.

 

«Los autores apuntan a interpretar correctamente la expresión porneía,  que utiliza San Mateo.

»Ésta no sería simple fornicación ni adulterio, sino propiamente el estado de concubinato.

»El término rabínico empleado por Cristo habría sido zenut, que designa la unión ilegítima de concubinato. (...)

»En tal caso, es evidente que no sólo es lícito la separación, sino obligatoria, puesto que no hay matrimonio sino unión ilegal.

»Esta explicación se refuerza tomando en cuenta que San Pablo, en su carta a los Corintios[4] , califica la unión estable incestuosa del que se había casado con su madrastra como porneía. A esto mismo haría referencia el Concilio de Jerusalén[5] al exigir que los fieles se abstengan de porneía, o sea de las uniones ilegales aunque estables. Ésta última es, tal vez, la más plausible de las interpretaciones, y la sostuvieron autores como Cornely, Prat, Borsirven, Danieli, McKenzie; también algunas versiones de la Biblia»[6] .

 

La Iglesia católica sólo permite la separación de los esposos si la vida en común resulta insostenible[7] , pero no volver a casarse mientras viva el otro cónyuge; porque el vínculo matrimonial permanece hasta la muerte de uno de los dos.

 Por lo tanto hay que escoger entre seguir viviendo juntos, o la soledad hasta la muerte.

La separación es el comienzo de un camino que conduce a problemas mayores. Antes de separarse, los cónyuges deberían acudir a un especialista por si sus problemas tienen solución.

El vivir los esposos separados, aunque no se unan a otra persona (lo cual sería un pecado de adulterio) puede ser un pecado contra la caridad para con el cónyuge y los hijos.

 

     Algunos acusan a la Iglesia de que no admite el divorcio y, sin embargo, anula por dinero muchos matrimonios.

      Esto se puede responder largamente.

     Para hacerlo con brevedad me limitaré a dos cosas: El divorcio rompe el vínculo matrimonial y la declaración de nulidad demuestra que no hubo tal vínculo, lo cual es totalmente distinto.

    Por otra parte, es cierto que la declaración de nulidad cuesta dinero, pues hay personas dedicadas a ese trabajo, que viven de ello. Pero no basta el dinero para lograr de la Iglesia una declaración de nulidad matrimonial, si no hay razones para ello. El Padre Kelleher, que ha dedicado casi toda su vida a los tribunales eclesiásticos matrimoniales, en su libro «Divorcio y matrimonio», dice: «No he conocido ni un solo caso en el cual el dinero hay sido un factor influyente en la obtención de una declaración de nulidad».

   La declaración de nulidad siempre se debe a la existencia de algún impedimento: coacción, engaño substancial, etc. Ahora bien, si para lograr esta nulidad hay personas que juran en falso, sólo de ellas es la culpa. Los jueces juzgan según la declaración de los testigos. Y si alguno jura en falso, logrará arreglar los papeles, pero es inútil, porque delante de Dios todo sigue como antes.

 

El divorcio civil, que pretende romper el vínculo sacramental, es totalmente inválido ante Dios[8]. .

El poder civil no tiene autoridad ninguna sobre el matrimonio canónico[9] .

 

«Pero si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral»[10] .

 

Los divorciados vueltos a casar no pueden  acercarse a la Sagrada Comunión[11] , porque ellos mismos se autoexcluyen de la Iglesia, pues viven en situación de adulterio público y permanente[12] .

 

«Es muy triste la situación de los divorciados vueltos a casar. Su situación moral irregular les impide recibir la Sagrada Comunión.

»Con todo, hay casos en los que no parece prudente romper este segundo matrimonio.

»En este caso podrían acercarse a comulgar, después de haberse confesado y prometido interrumpir su vida sexual; comulgando en una iglesia donde no sean conocidos, para evitar el escándalo»[13] .

 

«Sólo podrían acercarse a comulgar si, evitado el escándalo y recibida la absolución sacramental, se comprometen a vivir en plena continencia», ha dicho la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe[14] .

 

En el discurso de Juan Pablo II en la clausura del Sínodo celebrado en Roma en octubre de 1980, dijo que había que mantener la práctica de la Iglesia de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar.

 

A no ser que cuando no puedan separarse, prometan vivir en total continencia, siempre que no sea motivo de escándalo.

En todo caso, añade el Papa, deben perseverar en la oración para conseguir la gracia de la conversión y de la salvación[15] .

 

Sin embargo esto no lleva consigo el que no puedan bautizar a sus hijos.

Hay que estudiar cada caso y ver qué posibilidades ofrecen de educar en católico a sus hijos[16] .

Se les debe animar a que participen lo más posible de la vida cristiana[17] .

 

Y sobre la situación de los divorciados vueltos a casar dice Juan Pablo II: «Exhorto cordialmente a los pastores y a toda la comunidad de fieles a que ayuden a los divorciados que se han vuelto a casar. (...)

»Se les invitará a escuchar la Palabra de Dios, a asistir al Santo Sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a aportar su contribución a las obras de caridad y a las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a sus hijos en la fe cristiana, y a hacer obras de penitencia, a fin de implorar, día tras día, la gracia de Dios»[18] .

 

El divorcio es un mal. Mal para los hijos.

Mal para la mujer, que fácilmente quedará abandonada, y a partir de cierta edad, sin posibilidades de rehacer su vida con otro hombre.

También mal para los maridos, que aunque de momento no es raro que una chica joven se enamore de un hombre maduro, a la larga se cansará del viejo, y se buscará otro más joven y a su gusto, y el marido «engañado».

    Y también mal para todos, porque si el 80% de los delincuentes juveniles son hijos de divorciados, cada vez será más peligroso andar por la calle.

 

Algunas piensan que el divorcio las libera, pero la realidad es que el divorcio ha perjudicado a muchas mujeres abandonadas. Los estudios de Hackstaff y Deutsch señalan que las mujeres necesitan familias en las que los hombres estén comprometidos con los roles de esposo y padre[19].

 

Lo que algunos se preguntan es si puede considerarse como un mal menor que en ciertas circunstancias podría permitirse para evitar males mayores.

Lo mismo que una operación quirúrgica es un mal, pero se acepta para evitar males mayores.

 

Otros opinan que la licitud del divorcio traería a la sociedad peores males que los que se siguen de su prohibición, pues aunque el divorcio pueda solucionar algún caso concreto, trae grandes perjuicios al bien común, y no es solución lo que empeora una situación, sino lo que la resuelve.

 

Las soluciones deben atender al bien general y ser conformes a las normas morales, como dijo Juan Pablo II en Nueva York.

El bien común a veces exige el sacrificio de un particular.

 

La fácil solución del divorcio haría que se rompieran muchos matrimonios con problemas perfectamente superables, que no deberían haberse roto nunca.

Por eso el divorcio hace más daño que bien.

Una solución que hace más daño que el mal que remedia no es solución.

No sirve una medicina para quitar las pecas pero que al mismo tiempo produce cáncer de piel.

La posibilidad del divorcio lleva al malestar familiar.

 No hay persona sin defectos. Las decepciones irán seguramente en aumento.

Es muy posible que cambiando de pareja se repitan los mismos conflictos. «Los divorciados suelen llevar sus problemas de una relación a otra», dice Howard Markman.

 

Según la revista norteamericana Newsweek, en Estados Unidos, seis de cada siete matrimonios de divorciados, vuelven a divorciarse de nuevo; y ocho de cada diez matrimonios divorciados dos veces, se divorcian por tercera vez[20] .

Es decir, el divorcio da paso a una poligamia sucesiva.

 

Muchos matrimonios se salvarían del divorcio si hubieran sabido exponer con calma en común los conflictos y reconocer cada uno sus errores. «Cada uno debe admitir su responsabilidad en los conflictos. De lo contrario, no los solucionarán», dice John Gottman.

 

Algunas feministas consideran el divorcio como liberación de la mujer; sin embargo, la Iglesia al prohibir el divorcio defiende a la mujer.

 

Es trágica la situación de mujeres casadas abandonadas por sus maridos que han encontrado una jovencita atractiva que les ha entusiasmado, y por ella abandonan a su esposa y a sus hijos.

Pero estas jovencitas también serán abandonadas cuando lleguen a mayores y sean suplantadas por otras más jóvenes y atractivas que ellas.

 

Según los datos del censo de los Estados Unidos, en los últimos años han aumentado en un 66% los norteamericanos que viven solos.

La mayoría son hombres que se separaron de sus esposas.

Según las mismas estadísticas, uno de cada diez hogares en que hay niños, el padre se ha ido[21] .

 

El divorcio engendra divorcio.

En Francia, Alemania, Suiza y Dinamarca, en catorce años se han duplicado los divorcios.

En Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Suecia, los divorcios se han multiplicado por tres.

Y en Holanda se han multiplicado por cuatro[22] .

En Francia hay un divorcio por cada dos matrimonios[23] .

En Estados Unidos más del 50% de los matrimonios se divorcian[24] .

 

Frank Furstenberg, sociólogo de la Universidad de Pensylvania en EE.UU., afirma que hoy en Estados Unidos, ante las funestas consecuencias del divorcio vuelve a estar de moda el matrimonio estable y el casarse por la Iglesia.

Incluso proliferan cursos como los de la Universidad de Denver, Colorado, para superar la falta de comunicación y mutua incomprensión en el matrimonio, que es la causa principal de fracasos matrimoniales[25] .

 

    En todos los matrimonios hay altibajos y momentos de crisis. Pero estos momentos hay que superarlos con aguante y con virtud. El que vaya al matrimonio pensando que nunca tendrá nada que aguantar es un iluso. En todos los matrimonios hay algo que tolerar y no se soluciona, lo que es intrínseco a todos los matrimonios, cambiando de persona; pues no hay persona sin defectos. Y no se va a estar cambiando de persona en el matrimonio, como quien cambia de camisa.

     El divorcio hace que los esposos difícilmente se soporten sus defectos, y con facilidad creen que cambiando de persona va a desaparecer lo que no puede desaparecer, pues es inherente a las deficiencias del carácter humano.

    Una aventura amorosa, de momento, puede parecer maravillosa; pero a la larga es fácil que caiga en las mismas dificultades que el matrimonio estable.

Las aventuras sexuales sin amor, duran más o menos; pero antes o después terminan, y generalmente, de mala manera. En cambio «el amor fiel de una pareja estable, que ha madurado en su familiaridad, es fuente de un placer mucho más profundo que lo que pueda dar de sí una aventura amorosa»[26] .

   

   Es verdad que el divorcio podría solucionar algún caso concreto, pero es malo para el bien común; y el bien particular hay que subordinarlo al bien general.

    Si la nación necesita autopistas, habrá que hacerlas, aunque salga perjudicado un señor que tiene un huerto por donde tiene que pasar la autopista.

    El divorcio, aunque solucione algún caso concreto, hace más daño a la sociedad, porque la posibilidad del divorcio es una invitación a que se rompan matrimonios que nunca debieron romperse. Todos los matrimonios tienen sus momentos de crisis, que deben superarse con amor y virtud; pero la posibilidad del divorcio facilita que en esos matrimonios se busque la salida fácil del divorcio con perjuicio de ellos mismos. Me dijo un señor en Torrevieja: «Yo doy gracias a Dios de que la Iglesia no permita el divorcio, porque si yo hubiera podido haberme divorciado, en un momento de crisis por el que pasó mi matrimonio, lo hubiera hecho. Y hoy, superada la crisis, nos queremos muchísimo, me siento muy feliz con mi mujer y no podría vivir con sin ella. Si entonces me hubiera divorciado, se la habría llevado otro, y yo la habría perdido»

 

Muchos matrimonios fracasados se hubieran salvado con un poco de esfuerzo.

Decía un divorciado vuelto a casar:

«Mi segundo matrimonio marcha bien.

»Pero reconozco que si hubiera hecho los mismos esfuerzos con mi primera mujer, como los estoy haciendo con esta segunda, estoy seguro de que no nos habríamos separado, y quizás sería más feliz de lo que soy ahora. Pero entonces era incapaz de aceptar la parte de renuncia que es indispensable para que una pareja pueda tener éxito».

 

Aunque los medios de comunicación airean los casos de matrimonios fracasados de artistas, sin embargo, las estadísticas dan que en España los matrimonios a quienes beneficia el divorcio son solamente el 0’4%[27] .

En España el 90% de las familias viven un matrimonio estable, como dijo la Directora General de la Juventud, después de una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

El 89% de los casados españoles asegura no haber sido jamás infiel a su pareja; y el 84% afirma que ni siquiera lo ha deseado[28] .

A pesar de la publicidad que se da al divorcio de personas famosas, el sociólogo de la Universidad de Chicago, Andrew Grelley, ha hecho un estudio según el cual en 1995 han vivido en fidelidad matrimonial el 86% de los norteamericanos, el 89% de los británicos, y el 92% de los franceses[29] .

«En Estados Unidos han empezado a disminuir los divorcios»[30] .

 

Aunque en teoría sólo se permita el divorcio para casos especiales, inevitablemente se va aumentando el número de casos hasta que se abra la puerta del todo; y el menor disgusto puede atolondradamente llevar a un divorcio irreparable, y fácilmente quedar abandonado el cónyuge inocente y los hijos perjudicados.

 

Dice Isidoro Martín, Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid: «Aunque las leyes del divorcio al principio exijan causas restrigidísimas, después se amplían desorbitadamente. Esto es un hecho incontrovertible»[31] .

 

El doctor alemán Maximiliano Bajoc ha realizado un estudio según el cual en Alemania se divorcian al año dieciséis mil matrimonios porque uno de los dos ronca.

Es decir, que los motivos del divorcio se van ampliando desmesuradamente.

Lo que teóricamente se implantó para remediar casos de matrimonios fracasados, en la práctica hará fracasar a muchos matrimonios que podían haberse salvado.

 

Desde luego, es doctrina común en la Iglesia Católica que el matrimonio sacramental es indisoluble intrínsecamente, es decir, que no se puede disolver por la voluntad libre de los contrayentes, pero algunos católicos se preguntan si es también indisoluble extrínsecamente, es decir, si no se podría disolver a juicio de una autoridad extrínseca a los contrayentes; después de ponderar las razones que se aduzcan.

Sólo el matrimonio sacramental consumado es también indisoluble extrínsecamente[32] .

El Nuevo Código de Derecho Canónico dice: «El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte»[33].

 

Algunos dicen que por qué los católicos, que no admiten el divorcio, van a imponer sus ideas a todos los demás ciudadanos. Hablando de esto, el Cardenal Primado D. Marcelo González, dijo en una conferencia pronunciada en el Club Siglo XXI: «Eso de que los católicos no tienen derecho a imponer a los demás su concepción de la unión conyugal, es un sofisma. No se trata de imponer nada a nadie, sino de defender lo que ellos creen que es bueno, y que si se deteriora, ellos mismos serán víctimas de la nueva situación»[34] .

Sin embargo, aun en naciones de mayoría católica, a veces hay una ley civil que regula el divorcio. Pero, «el cristiano debe seguir siempre los imperativos de la fe, sea cual fuere la evolución de las leyes del Estado sobre el matrimonio»[35] .

 

Algunos dicen que el divorcio es un derecho de la persona humana.

Esto es falso.

Los derechos de la persona humana, lo mismo que las leyes de la Física, tienen valor objetivo, no dependen de lo que a cada uno le parezca.

Lo que es derecho de la persona humana es el matrimonio; uno es libre para casarse o no casarse; pero si se casa debe admitir el matrimonio como es: indisoluble.

Las cosas son como son, independientemente de nuestra opinión personal sobre ellas. Las cosas se imponen por su propia naturaleza.

La unidad, la indisolubilidad y la fidelidad son básicas para la defensa del matrimonio y de la familia.

Nadie tiene derecho a manipular el matrimonio a su capricho, como nadie puede manipular a su antojo las leyes de tráfico.

Uno es libre para salir a la carretera o para quedarse en casa, pero si sale a la carretera, tiene que someterse a las leyes de tráfico; hechas para el bien común. Lo mismo, cada cual es libre de casarse o no, pero no para cambiar la naturaleza del matrimonio.

Por lo tanto, quien libremente se casa no puede libremente romper el vínculo matrimonial.

   El matrimonio no es de institución humana, sino de institución divina, no pudiendo, por lo tanto, estar sujeto al capricho subjetivo y cambiante de los hombres.

Decir que el matrimonio puede disolverse por mutua voluntad de los contrayentes, es inadmisible.

 

El matrimonio no es sólo un compromiso entre un yo y un tú. Tiene una función social ineludible. Por eso la Iglesia y los políticos no renuncian a incidir en él.

«Matrimonio y familia son considerados como la base de la comunidad humana: no se dejan, por lo tanto, en manos del capricho o del interés de los hombres»[36] .

«El vínculo matrimonial no depende del arbitrio de los casados. Su consentimiento es irrevocable, y de éste nace una institución confirmada por la ley divina que la sociedad debe respetar»[37] .

«La unión libre de un hombre y una mujer que se niegan a dar forma jurídica y pública a su intimidad sexual, constituye siempre un pecado grave, y excluyen de la comunión sacramental, pues el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio»[38] .

 

Para casarse, lo fundamental es amarse.

Pero el matrimonio es una cosa muy seria, con implicaciones en la sociedad. Y cuando el hombre hace una cosa seria ante la sociedad lo formaliza con un contrato. Para un católico, vivir matrimonialmente sin haber recibido el sacramento del matrimonio es una vida de pecado continuo que no puede traer al hogar la bendición de Dios. Y esto es gravísimo.

Los experimentos que se han hecho de comunas de amor libre, donde todos son de todos, al fin han terminado formándose parejas cerradas dentro de la comuna, o se han ido de la comuna para formar pareja con otra persona de fuera. El «todos para todos» sólo es posible cuando no hay amor y el sexo se realiza sólo por apetito.

 

Pero en cuanto nace el amor se busca la pareja estable. Es decir, que la pareja humana estable es algo natural.

Los mismos divorcistas que quieren romper una pareja humana, es con el deseo de formar otra pareja, pensando que el cambio de persona iba a acabar con las imperfecciones inherentes a todas persona humana.

La solución no está en pensar en una persona sin defectos, que no la hay, sino en amar a una persona a pesar de sus defectos, y sobrellevarlos con virtud.

Los que se casan pensando en divorciarse, si las cosas no van bien, es que no aman; y si no se aman es seguro que fracasarán. Pues el matrimonio si no es con amor es un infierno.

Nadie pone plazo a su  amor. El amor quiere serlo para siempre. El que piensa poner término a su amor, es que no ama. Quien admite una fidelidad quebradiza, tendrá pasión pasajera, pero eso no es verdadero amor. El amor exige exclusividad. De ahí la razón de los celos. Quien cambia fácilmente de amor, lo que tiene son caprichos sentimentales o sexuales. Como quien se encapricha con un juguete y luego lo deja por otro. El amor es otra cosa.

El auténtico amor quiere ser eterno.El amor no es algo pasajero que sólo interesa mientras sirve, como si se tratara de un objeto que se abandona cuando sale un nuevo modelo en el mercado. Para muchos el matrimonio es una unión efímera que puede romperse ante cualquier dificultad para iniciar una nueva aventura cambiando de persona.

 

Eso de que el matrimonio monógamo produce tedio es sólo verdad cuando está ausente el amor. Los sacerdotes conocemos muchísimos matrimonios que se aman y son felices a los cincuenta años de casados.

Naturalmente estos matrimonios no van al psiquiatra, y por lo tanto no están reflejados en las estadísticas de los matrimonios fracasados.

En cambio, es notable el hecho de que los fracasados en el primer matrimonio, suelen fracasar en los siguientes; por eso es tan frecuente que los divorciados vuelvan a divorciarse. El Anuario Demográfico norteamericano afirma que el 70% de los divorciados reinciden[39] .

 

«Estadísticas puntuales han demostrado que en los países donde el divorcio está a merced de cualquier contrariedad, del más fútil pretexto, se da un elevado y creciente porcentaje de jóvenes inadaptados socialmente, delincuentes, desorientados, descentrados, proclives al gamberrismo, inútiles para la vida de trabajo y convivencia, por haber estado privados de ambiente y medios familiares adecuados»[40] .

«Que el divorcio lo pagan los hijos es una verdad que pone de manifiesto el estudio realizado por Martin Richards que dirige el Centro de Investigación de la Familia de la Universidad de Cambridge, que ha realizado un ambicioso estudio sobre el desarrollo psico-social de diecisiete mil niños británicos. La conclusión es demoledora: a los hijos de los divorciados les va mucho peor en la vida»[41] .

«Una estadística publicada por el Tribunal de Menores de Chicago afirma que el 80% de los menores que comparecen ante este Tribunal, son hijos de divorciados»[42] .

Según un reportaje del semanario Newsweek del 11-II-80, en Estados Unidos hay doce millones de menores de dieciocho años hijos de divorciados, y según el Uniform Crime Report (1976) de los menores procesados por delitos comunes en Estados Unidos, el 82% son hijos de divorciados[43] .

   Los grandes perjudicados del divorcio son los hijos, que necesitan de un hogar que los ame; y nunca puede ser lo mismo el amor que reciben de sus propios padres, que el que puedan recibir de la persona que ha sustituido a su verdadera madre o a su verdadero padre. Por eso se suele decir que los hijos de los divorciados son «huérfanos de padres vivos» (Dr. Carnot); y esto es lógico que produzca en ellos traumas psicológicos y afectivos que los convierten en hostiles a la sociedad y en delincuentes.

     Los hijos de los divorciados son más huérfanos que los verdaderos huérfanos; pues éstos, al menos, pueden vivir de un recuerdo y guardar a sus padres difuntos todo su respeto y todo su amor.

    Los divorciados buscan egoísticamente su libertad, pero a costa del bien de sus hijos.

    Las estadísticas dicen que se ha podido comprobar perturbaciones psíquicas en casi la mitad de los hijos de los divorciados.

 

En el Segundo Congreso Mundial de Derecho Familiar, celebrado en San Francisco (California) en Junio del 97, la psicóloga norteamericana Judith Wallerstein presentó un estudio sobre las desastrosas consecuencias que tiene el divorcio para los hijos[44] .

«El divorcio suele tener efectos demoledores en los hijos. Entre otros, se han descrito manifestaciones depresivas»[45] .

Según Gerald Caplan Profesor de la universidad norteamericana de Harvard, el 40% de los hijos de padres divorciados sufre psicopatologías[46] . Entre otras cosas afirmó: «Los hijos de padres divorciados son tres veces más propensos a sufrir trastornos mentales que el resto de los niños».

 

Los hijos tienen derecho a un hogar y a unos padres que les amen y eduquen. El divorcio les priva de ese elemental derecho.

Muchísimos divorciados son responsables de que sus hijos terminen en la delincuencia, faltos de educación, de hogar, de familia y de amor.

Un gran porcentaje de delincuentes juveniles son la consecuencia del divorcio de sus padres. «El 95% de los delincuentes juveniles proceden de familias rotas»[47] 

   Según el «Uniform Crime Rapport USA» del 1977, el 82% de los delincuentes juveniles en Estados Unidos, son hijos de divorciados. El divorcio aumenta además el número de hijos ilegítimos, según el «Demographic Year Book» de 1969.

 

Para la buena educación de los hijos es fundamental que se sientan amados. Muchos traumas se deben a la falta de amor[48] .

 

   El divorcio lleva también al suicidio y al desequilibrio mental. Según el «Demographic Year Book» de 1972, publicado por la O.N.U., de 28 países, 7 países no divorcistas ocupan los últimos puestos en la tasa de suicidios.

 

Los divorciados buscaron egoístamente su libertad, pero a costa del bien de sus hijos. «Estadísticas conocidas dicen que se ha podido comprobar perturbaciones psíquicas en casi la mitad de los hijos de los divorciados»[49] .

Según un estudio realizado en Londres, el divorcio es malo para la salud tanto de los divorciados como de sus hijos[50] .

    Y el 65% de los enfermos mentales son personas divorciadas.

Según un estudio del Centro de Políticas Familiares de Londres, realizado con 17.000 niños, resulta que los hijos de padres divorciados y vueltos a casar tienen más problemas psicológicos[51] .

Dice el conocido psiquiatra Dr. Juan Cardona Pastor: «Una familia estable es requisito indispensable para el equilibrio psíquico normal de la persona»[52] .

Según un estudio del Centro de Investigaciones de la Realidad Social (CIRES) «es indiscutible» la vigencia del matrimonio en España. El 77% de los entrevistados no cree que el matrimonio sea una institución pasada de moda. Aseguran que para el éxito matrimonial lo más importante es la fidelidad,  y que la convivencia en pareja dura menos que la de los matrimonios[53] .

 

    Suele decirse que el divorcio nos pone a nivel europeo.  Eso es una falacia.

    Si el divorcio es malo, es absurdo copiar lo que es malo.

   En Europa hay muchas cosas buenas que podemos imitar y que son más importantes para el desarrollo de la nación, pero imitar lo malo es de tontos.

    Y que la ley del divorcio lo que hace es legalizar la situación de los matrimonios ya rotos, es otra falacia. No se puede legalizar todo lo que es frecuente. Las cosas no se convierten en buenas por ser frecuentes. En ese caso habría que legalizar los atracos a los Bancos y los atentados terroristas. Esto es absurdo.

    Y decir que debemos admitir el divorcio porque es propio de países civilizados, es tan ridículo como decir que puesto que el terrorismo se da en países civilizados, debemos consentirlo. Cuantas más facilidades se den para disolver matrimonios rotos, más matrimonios se romperán.

 

c) Adulterio: El pecado de  adulterio es uno de los más execrables. «Se comete cuando un hombre y una mujer, de los cuales, al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque sea ocasional»[54] 

 

El adulterio es ya una falta grave desde el momento mismo en que se desee deliberadamente.Ya hay adulterio cuando hay infidelidad de corazón: cuando se pone a alguien por encima del propio consorte.

Tal es el sentido de las palabras de Nuestro Señor: «Quien mira a una mujer con deseos deshonestos, ya ha cometido adulterio en su corazón»[55] .

 

Como pecado externo es uno de esos crímenes enormes que ya entre los judíos y los paganos era castigado con la pena de muerte[56] .

 

Las personas casadas deben ser de una prudencia extrema en este punto, y cerrar cuidadosamente la puerta de su corazón al menor síntoma de un afecto desordenado naciente hacia tercera persona.

 

Los antiguos amores de la juventud, los actuales amigos de la familia, los subordinados, los superiores, los compañeros de trabajo, pueden constituir un verdadero peligro para la virtud de los esposos.

 

Enrique Rojas, psiquiatra, en su libro El amor inteligente[57] , cuenta el caso de una joven esposa, de 32 años, con dos hijos, que a los seis años de casada se enamoró frívolamente, de un compañero de trabajo casado. Se encaprichó con él y dejó a su marido, excelente persona, que nunca le había negado nada, y que la tenía en un pedestal. Pero ella se cansó de él. No supo apreciar los detalles que tenía con ella, y se fue con el otro.

Pero, como dice el Dr.Enrique Rojas: el pronóstico de la nueva relación es incierto. El tiempo dirá. Es muy fácil que al poco tiempo ella se desilusione de su nuevo amor como se desilusionó de su marido, a quien tenía tantos motivos para amar.Enamorarse es fácil. Lo difícil es mantenerse enamorado. El mejor amor se desmorona si no se cuida. Es enorme la importancia de los pequeños detalles. Es necesario mantener la admiración sobre la otra persona. La comunicación es una pieza clave. No hay felicidad sin amor, y no hay amor sin renuncias. Es fundamental el respeto mutuo de palabra y de obra. La mujer, con su coquetería, es una artista para seducir al hombre; pero esto no basta para un amor auténtico. El amor debe apoyarse en valores[58] .

 

Hoy no se valora la fidelidad matrimonial. «La perseverancia en el amor no está considerada, en la sociedad hedonista y permisiva, pero es de capital importancia. (...) La fidelidad hace a la persona coherente, y la coherencia es una de las puertas por las que se accede a la felicidad»[59] .

 

Hay que evitar los celos infundados, pero también el ser bobalicones poniendo en peligro la fidelidad del otro cónyuge.

 

Una aventura amorosa extramatrimonial puede hundir la felicidad de la familia, que no  podrá recuperar el cariño de antes. Y esto no tiene precio.

 

No se llega ordinariamente al adulterio de golpe, sino después de una serie de ligerezas, de imprudencias y de concesiones.

Al principio se resiste, y se ve con horror avecinarse la tragedia. Pero si se empieza a hacer concesiones pequeñas está todo perdido. Cada vez se cederá más. Siempre menos de lo que la tentación pide, pero las concesiones irán en aumento.La tragedia será casi irremediable.

 

Por eso deben tomarse toda clase de precauciones antes de que sea demasiado tarde. Los esposos deben ayudarse en este punto evitando las ocasiones. Pero también deben evitar el no menos grave peligro de celos infundados que son la ruina de la paz conyugal[60] .

 

Los pasos del adulterio pueden ser éstos:Un marido absorbido por su trabajo.

Su mujer se siente sola.Ella se encuentra casualmente con un hombre que resulta amable y atento.Se deja llevar con la imaginación lo que sería un matrimonio con este segundo hombre.Una circunstancia ocasional y un beso furtivo con  este segundo hombre.Necesidad de repetir este momento.Después, el adulterio, una familia deshecha, y, puede ser, que la condenación eterna.

Es un proceso lento pero seguro, si no se corta al principio radicalmente.

 

El sentimentalismo suele ser una de las causas por las que una persona buena puede llegar también al adulterio:Se encuentra con otra que atraviesa una situación difícil. Su buen corazón le inclina a ayudarla, no viendo ningún peligro en ello. Nace el afecto entre los dos. Ella se siente agradecida y comprometida a complacerle en todo, etc. Si el hombre, premeditadamente, la engaña para encariñarla y aprovecharse de ella, eso es una canallada.

 

Hay imprudencias afectivas que comienzan por pequeñeces, pero que se van enredando y terminan con que una persona se mete en la cabeza de modo inconcebible y termina por destrozar un matrimonio[61] .

 

El adulterio puede arruinar un matrimonio.

Recuerdo que un hombre, cuya mujer había tenido una aventura amorosa con otro, me decía llorando, lleno de dolor y de rabia: «nunca más podré hacer el amor con ella. No podré evitar el pensar que ella está pensando en el otro».

 

En ambientes pervertidos, algunos matrimonios practican el intercambio de parejas, como un juego inofensivo: pero con esto han preparado una bomba de relojería que, antes o después, hará saltar, hecho añicos, su matrimonio.

 

A veces se dan casos de un triste final de maridos infieles que, teniendo una esposa maravillosa, se encaprichan con amoríos de «quita y pon», que son pasajeros, pero que agostan el amor de sus esposas, y ellos terminan en la soledad y el desamparo.

 

La amante del hombre puede ser una profesional que va buscando hombres casados para vaciarles la cartera. Es una mujer de cuatro letras, que en lugar de trabajar en la calle lo hace en lugares lujosos: es una profesional del vicio.

     Otras veces puede ser una mujer ingenua que insensiblemente se enreda en un amor prohibido. Aunque ingenua no deja de ser culpable pues sabe que aquel corazón ya tiene dueño.

 

Una aventura amorosa extramatrimonial, al principio, puede resultar maravillosa; pero a la larga es muy fácil que resulte peor que el matrimonio del que se huía.

 

d) Armonía matrimonial: Los casados deberían examinarse con humildad y lealtad para ver si deben corregirse de algún defecto que obstaculice la armonía matrimonial.

 

Pocos matrimonios habrá en los que alguna vez siquiera no haya habido un disgusto serio. A veces los disgustos son frecuentes.

Las causas pueden ser muchas: orgullo, egoísmo, frivolidad, obstinarse en querer tener siempre la razón, sensualidad desenfrenada, sensibilidad exagerada, palabras imprudentes, celos enfermizos, desorden negligente, etc.

 

Rara vez la culpa será de uno solo.

Un silencio cariñoso, el saber ceder con prudencia, el explicarse con calma, el olvidar cristianamente, etc., ayudan a pasar por encima de muchas dificultades.

Los pequeños disgustos, al prolongarse, pueden terminar en algo grave.

Lo mejor es acabar con ellos cuanto antes, con un poco de humor, espíritu de conciliación y capacidad de olvido.

Al cabo del tiempo puede que un día aparezca la decepción del cónyuge. Evitar toda palabra descalificadora: «Eres inaguantable». «No se puede vivir a tu lado». «Ya no te aguanto más». «No te soporto». «Que sea la última vez». «Tu actitud es inadmisible». Etc.,etc.

 

Hay palabras que nunca deberían pronunciarse: «Contigo es imposible hablar». «Siempre quieres tener la razón». «Nada de lo que te digo te parece bien».

Estas generalizaciones y frases radicales ahondan más las discrepancias.

 

Y si a esto se añade traer una lista de antiguos agravios, sin digerir, lanzados como proyectiles, el efecto es demoledor para el amor.

Nunca eches en cara errores pasados. El que ama, perdona. Y si tú te equivocas, reconócelo, porque todos nos equivocamos.

 

Las palabras agresivas, humillantes y ofensivas hacia el cónyuge o su familia son de efecto destructivo para la armonía conyugal.

 

Nunca expresar a tu pareja tus sentimientos de agresividad. Para desahogarte podrías escribirle una carta manifestándole todos tus sentimientos. Pero una vez escrita, la rompes. No se la entregues. Ya te has desahogado.

 

Ya sabes que «dos no discutes si uno no quiere». Si discutís de cosas intrascendentes, dale la razón. Tu derrota se convertirá en victoria.

 

El amor no se impone.

Se da y se merece cultivándolo cada día.

Dile algo amable, por lo menos una vez al día.

Y cuida de los detalles que le gustan o le disgustan.

Dijo Foerster: «un pequeño detalle, a la larga, vence al amor».

 

Para la armonía matrimonial es importante:

- Nunca levantar la voz ni gritar al cónyuge.

- Nunca decir palabras ofensivas o hirientes.

- Siempre mantener un comportamiento correcto, delicado, educado.

- Siempre mostrar un trato afable, bondadoso, cordial[62].

 

«Ser comprensivos al máximo.

»Ponernos en lugar del otro.

»No tener miedo a mostrar nuestras debilidades y defectos.

»Permitir que el otro sea él mismo, y recordar que su dignidad de persona es su mayor valor.

»No olvidar jamás que quien no respeta, no ama. El respeto es la base de la felicidad.

»Antes de corregirle y criticarle con amor, reconócele sus virtudes.

»Jamás utilizar los hijos contra el otro. Es una vileza que se paga.

»Si los dos estáis enfadados y pretendéis tener razón, la tendrá quien antes abandone la discusión.

»Reconocer privada y públicamente las cualidades del otro para ayudarle a potenciarlas.

»Una forma segura de dinamitar el mutuo amor y la paz conyugal y familiar es recordarle al otro sus errores y debilidades del pasado: pasarle factura. ¿No hay nada bueno que se pueda decir del otro?