32,6. Además, estos libros se escribieron para contemporáneos de Jesús[1] . Los hechos que narran eran conocidos de todos; bien por haberlos visto personalmente[2] , bien por haberlos oído a quienes los vieron[3] . No pudieron, por lo tanto, desfigurar nada de la realidad. En este caso hubieran sido desmentidos, y no hay huella alguna de rectificaciones[4] .

«Los tres primeros Evangelios fueron escritos, ciertamente, cuando aún vivían muchos de los que presenciaron los sucesos allí narrados, y que estaban en condiciones de contradecir sus afirmaciones, si lo tenían a bien»[5] .

Si los evangelistas hubieran dicho lo que no es verdad, sus Evangelios hubieran sido rechazados por aquella generación que era testigo de los hechos[6] . No existe ningún documento que muestre este rechazo[7].

 

En cambio los Evangelios Apócrifos, que carecen de rigor histórico, fueron comúnmente rechazados[8]. Son relatos fantasiosos e inverosímiles[9] . Contienen errores en la geografía de Palestina, y les falta fidelidad al marco histórico[10] .

Los Evangelios falsarios llamados «Evangelios Apócrifos» nunca han sido aceptados por la Iglesia, por no estar contenidos en el Canon de Muratori  que es una lista de los libros inspirados que hizo la Iglesia en el siglo II[11] .

El canon del Nuevo Testamento fue establecido por el Concilio de Roma en el año 382 durante el papado de Dámaso I. Los presentes en el Concilio de Roma incluyeron en el canon todos los libros verdaderos y sólo los verdaderos[12].

 

Los datos que dan los Evangelios sobre la geografía del país, situación política y religiosa, y sobre las costumbres, concuerdan con lo que sabemos de todo esto por otras fuentes. Además, los evangelistas murieron por defender la verdad de lo que decían; y nadie da su vida por lo que sabe que es mentira.

Aparte de que como están inspirados por Dios no pueden equivocarse ni mentir. El Concilio Vaticano II dice que la Biblia entera está inspirada por Dios[13] . Y San Pablo: «La Escritura está inspirada por Dios»[14] .

 

«Los evangelistas han visto lo que escriben y mueren por confesar lo que han visto. Mueren mártires confesando los hechos y la doctrina de Jesús. A quien ve lo que escribe, y después se deja matar por mantener lo que ha escrito, ya se le puede creer»[15] .

 

 

32,7. Por otra parte, los cuatro Evangelios narran los mismos hechos, coincidiendo en lo fundamental y diferenciándose en lo accidental. Si cada uno por su lado se hubiera propuesto engañar, no hubieran coincidido tanto; y si se hubieran puesto de acuerdo para engañar, se hubieran evitado las diferencias llamativas[16] . Cada uno ha narrado sinceramente los hechos recogiendo los detalles que a él más le habían impresionado. Cada evangelista hizo su selección de materiales y acontecimientos, e incluso la sucesión de los hechos, según su finalidad catequética. «Cada evangelista presenta desde un ángulo de visión personal la figura y doctrina de Jesús»[17] . «El Evangelio de Mateo, dirigido a una comunidad cristiana proveniente del judaísmo, y el Evangelio de Lucas dirigido a una comunidad proveniente de la gentilidad, muestran enfoque diverso»[18] .

«Las narraciones evangélicas son diversas, los detalles de cada uno son diferentes, sin que ninguno falte a la verdad. Lo narrado por cada uno es armonizable con el relato de los demás»[19] .

 

Los Evangelios ofrecen diferencias debidas a que no siempre citan textualmente las palabras de Jesús, ni cuentan las cosas con la exactitud rigurosa que exigimos modernamente.

Cada uno cuenta lo que recuerda a su modo, según su punto de vista, el fin que pretende y según su propio estilo: unos se limitan a lo esencial, otros se extienden más en los detalles, sin destacar claramente los elementos esenciales; unos tienen una narración más abstracta, otros más concreta o popular, etc.

Varía mucho la narración de un hecho según la psicología del narrador, de su modo de observar, de su memoria, de su imaginación, de su carácter y del auditorio al que se dirige. Teniendo en cuenta que no se trata de observadores o narradores de psicología occidental y moderna de hoy día, sino de un mundo antiguo, de cultura y mentalidad muy simple, en que domina más el elemento imaginativo.

Pero como son libros inspirados, todo lo que dicen tiene la aprobación de Dios, que respeta la peculiaridad del escritor-instrumento, y no le dicta como a un mecanógrafo las cosas que tiene que decir, sino que respeta su modo de hablar, y tan sólo le detiene ante el error[20] .

 

«Al llegar Cristo tres lenguas sirven de medio de expresión al pueblo judío:

a) El hebreo en los ambientes muy cultos, y para la lectura sinagogal de la Escritura.

b) El arameo para el uso cotidiano.

c) El griego para el comercio y los intercambios internacionales»[21] .

Por eso los Evangelios se ponen en griego.

 

El Evangelio de San Mateo se escribe para los judíos, por eso se insiste en que Jesús es el Mesías profetizado en el Antiguo Testamento, y alude con frecuencia a los modos de hablar y vivir de los judíos[22] . Tiene expresiones típicamente hebreas y da por conocidas costumbres judías.

 

«El Evangelio arameo de San Mateo podría haber sido compuesto entre los años 40 y 50. Desde luego fue escrito antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos el año 70, pues constata que todos conocían el campo del alfarero, y el año 70 la caída de Jerusalén «ocasionó la completa destrucción de la ciudad y su total despoblación: los supervivientes fueron deportados»[23].

Su traducción griega fue posterior al Evangelio de Marcos, al que utiliza»[24] .

 

El Evangelio de San Marcos, probablemente el primero que se escribió,  refleja la catequesis en Roma de San Pedro, a quien acompañaba. Probablemente escribe en Roma para los no judíos, y por eso traduce vocablos arameos y explica muchas costumbres y tradiciones judías a los que no lo son[25] .

La familia de Marcos era propietaria del huerto de Getsemaní y del Cenáculo[26] .

 

El Evangelio de San Lucas, compañero de San Pablo, «por lo menos a partir del año 49»[27] , deja traslucir la doctrina del Apóstol de las Gentes[28] . Escribe para comunidades de cristianos de mentalidad griega, procedentes del paganismo, por eso se insiste en que Jesús es el Salvador de todos los pueblos.

 

El Evangelio de San Juan es el último que se escribe. Por eso completa a los otros tres[29], y cuenta cosas que los otros omitieron; es el más teológico de los cuatro.Se centra en la persona de Jesús,como Hijo de Dios.

 

«Los tres primeros Evangelios están estrechamente emparentados. Se los puede poner en columnas paralelas para abarcar sus textos de un solo vistazo.De ahí viene su nombre de “sinópticos”»[30] . Se pueden leer simultáneamente.

 

Hay quien opina que el autor del cuarto Evangelio no es San Juan, el apóstol. Lo atribuyen a Juan el Anciano «un griego que jamás conoció el entorno directo de Jesús»[31] . Pero esta opinión es inaceptable, pues el autor del cuarto Evangelio se declara testigo de los hechos que narra[32] , reconoce que era el discípulo predilecto de Jesús[33] , que en la cena reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús[34] , que estuvo con María Santísima al pie de la cruz[35] , que junto a San Pedro fue a la tumba del Señor, y al ver la sábana tendida en el suelo, y doblado aparte el sudario que estuvo sobre la cabeza vio y creyó[36] .

Es mucho más lógico aplicar todo esto al apóstol San Juan que introducir un nuevo personaje, también llamado Juan, que se reclinó sobre el pecho de Jesús  en la Última Cena, con lo cual «a la Cena asistieron catorce personas»[37] .

Pero los Evangelios dicen que a la cena con Jesús sólo se sentaron los doce[38] 

Por otra parte[39] en los otros tres Evangelios al apóstol Juan se le nombra diecisiete veces, en cambio en el cuarto no se le nombra ni una. Siempre se le llama «el Discípulo Amado».

Esta sustitución se explica si el apóstol Juan y el «Discípulo Amado» son la misma persona.

«De hecho la tradición juzgó siempre que el discípulo amado era el apóstol San Juan, y el mismo cuarto Evangelio[40] atestigua que su autor fue el apóstol Juan»[41] .

Además en el cuarto Evangelio se habla repetidas veces de la amistad entre San Pedro y el «Discípulo Amado», y San Lucas en los Hechos de los Apóstoles dice que el amigo de San Pedro era el apóstol San Juan.

La introducción de otro Juan, distinto del apóstol, no tiene sentido.

«El autor del cuarto Evangelio se identifica, sin equívoco, con el discípulo amado de Jesús, uno de los Doce. (...) Desde el siglo II se atribuye el cuarto Evangelio al apóstol Juan. (...) Desde su primera difusión la Iglesia recibió el cuarto Evangelio como de Juan, el apóstol»[42] : entre otros, Tertuliano, el canon Muratoriano, Clemente de Alejandría y San Ireneo de Lyon, discípulo de San Policarpo, que fue amigo del apóstol San Juan.

Dice San Ireneo[43] , en su obra Adversus haereses, del siglo II, que San Juan, «el discípulo del Señor que se reclinó sobre su pecho», dictó su Evangelio en Éfeso, siendo ya anciano. Esto explicaría el distinto estilo entre el Evangelio y el Apocalipsis, pues el amanuense pudo ser una persona culta que mejoró el griego de San Juan.

Los que atribuyen el cuarto Evangelio a Juan el Anciano dicen que el apóstol San Juan murió martirizado con su hermano Santiago. Pero esto es inadmisible pues San Lucas cuenta el martirio de Santiago en el capítulo XII de los Hechos de los Apóstoles  sin hacer ninguna mención de Juan. Este silencio no es posible si hubieran muerto los dos hermanos juntamente. Además «nos muestra después, en el capítulo XV, al apóstol San Juan tomando parte en la asamblea de Jerusalén en fecha ciertamente posterior a la muerte de Santiago[44] .

¿No será Juan el Anciano el mismo apóstol Juan que era ya muy anciano cuando dictó su Evangelio en Éfeso? El mismo apóstol San Juan se designaba a sí mismo con este nombre en sus cartas[45] .

 

 

32,8. «LOS EVANGELIOS NO SON OBRAS DE HISTORIA, en el sentido moderno de esta palabra»[46].

 «Los evangelistas no escribieron sus libros como un historiador actual puede describir un hecho histórico investigado por él»[47] con fechas concretas e itinerarios exactos. «Los Evangelios no son una sucesión de hechos cronológicamente narrados, sino una catequesis para la fiel trasmisión de la verdad cristiana»[48] 

Mateo yuxtapone milagros y parábolas que han tenido lugar en momentos muy diferentes. Y Lucas ordena todo en un viaje a Jerusalén.

 

«Los Evangelios no tienen forma histórica, sino de mensaje. Los evangelistas no pretenden relatar los acontecimientos en orden exactamente cronológico, sino presentar la persona, la doctrina, la obra redentora de Jesús, a los hombres con el fin de que crean»[49] .

 

«Los Evangelios son relatos fragmentarios y esquemáticos, selecciones y resúmenes. Por otra parte, han tenido siempre la finalidad práctica de la predicación: pretenden ser una enseñanza, transmitir un mensaje que hemos de acoger y vivir en la fe; no pretenden tanto darnos una información, cuanto contribuir a la formación de un mundo nuevo, nacido de la obra redentora de Cristo; presentan al Señor Jesús, para que uno se encuentre con Él y se haga su discípulo»[50] .

Los evangelistas no pretendieron hacer una exposición sistemática de la doctrina de Jesús[51].

«Los Evangelios no son ni un diario ni una biografía en el sentido moderno de la palabra. Son síntesis de la predicación apostólica. Cuanto más se penetra en los métodos propios de los evangelistas, en su fin y en su plan, más se convence uno del carácter episódico y fragmentario que los distingue, y cuán poco les interesaba a ellos muchas cosas pequeñas que a nosotros nos pueden parecer hoy problemas casi substanciales. Los evangelistas pretenden cimentar la fe de sus lectores, y para ello les basta escoger algo de lo más saliente de la vida y doctrina del Señor. El marco topográfico y cronológico no era necesario y, por lo mismo, lo descuidan. Muchos hechos y muchas palabras están fuera de su marco histórico»[52] 

Generalmente, el evangelista, no tiene ningún interés cronológico. A veces acumula parábolas, milagros o controversias con los judíos con una palabra de enlace («entonces», «enseguida», «después»); aunque hayan ocurrido en momentos muy distantes. «La intención de los evangelistas fue inculcar una forma de vida, una enseñanza religiosa. Lo histórico es base de la narración, pero no como nosotros entendemos hoy la historia»[53] .

Los Evangelios son libros históricos porque relatan acontecimientos que han ocurrido realmente, aunque la historia no la entiendan al modo actual. No todo lo que cuentan aconteció exactamente como se narra. El estilo de aquel tiempo da libertad al historiador para que ilustre la narración. Puede añadir detalles ornamentales, no históricos, pero que enriquecen la narración.

El estilo de aquel tiempo permite al historiador incorporar en su narración todo lo que ayude, aunque no haya sido real. Son recursos narrativos accidentales para dar amenidad o interés a la narración. Por eso los evangelistas narran la historia cada uno a su modo, sin preocuparse de la exactitud de los detalles.

A ellos les bastaba la historicidad del fondo de la narración.

Hoy pedimos historicidad en todos los detalles, pero entonces no era así.

Por ejemplo, cuando San Mateo dice que en la multiplicación de los panes había cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, se refiere a una gran multitud, no precisamente a cinco o diez mil personas; pues en aquella zona en aquel tiempo era casi imposible reunir tanta gente.

También nosotros decimos: «Te lo he repetido mil veces», y lo que queremos decir es «muchas veces».

 

Pero su estilo describiendo lugares y encajando personajes históricos en su tiempo, dan a entender claramente que no pretenden hacer una obra de ficción. A veces, aunque no siempre, señalan con exactitud el día y la hora, y dan una porción de detalles que muestran la voluntad de describir hechos reales[54] .

El Evangelio es «histórico» en el sentido vulgar, corriente. Así lo creyó siempre la Iglesia: los Padres y los fieles[55] . Es evidente que no fueron «inventados».

«Aunque es incontestable que los evangelistas quisieron hacer un trabajo de historiadores, no era ésa su única preocupación. Lo que ellos querían era prolongar la enseñanza de Aquél a quien la resurrección transformó en viviente»[56].

 

Los evangelistas afirman que lo que narran es la verdad[57] .

San Lucas al principio de su evangelio garantiza a los lectores de «la certeza» de su narración, pues son «cosas verdaderas y auténticas».

Dice San Lucas[58] que se ha determinado escribir los acontecimientos recientemente ocurridos «después de haber investigado con exactitud todos esos sucesos desde su origen»[59] .

Y San Juan afirma que lo que él narra es «lo que vieron sus ojos y oyeron sus oídos»[60]. «Aquel que  lo ha visto  da testimonio de ello , y su testimonio es cierto: y él  sabe que dice la verdad a fin de que vosotros  creáis»[61] .

«Los Evangelios refieren fielmente los hechos y dichos de Jesús. Lo prueba suficientemente el concepto de “testimonio”, “testigo”, “testimoniar” que ocurre más de ciento cincuenta veces en el Nuevo Testamento y que los mismos Apóstoles se aplican a sí mismos. (...) Podemos afirmar, sin género ninguno de duda, que el principio “quod traditum est” [lo que hemos recibido] era reconocido en todas las Iglesias como el canon para distinguir las doctrinas falsas de las verdaderas»[62] .

«Los Evangelios aparecen escritos sin verdadera preocupación apologética, en el sentido moderno de la palabra, sino con el fin de transmitir, tal cual, el hecho de que dan testimonio (...). Los Evangelios no son una especulación doctrinal, sino la atestación de un hecho (...). Los autores no sólo no hacen su propio elogio, sino que hasta desaparecen detrás de su obra. No se inciensa a los Apóstoles, se les presenta sin inteligencia, ambiciosos, pendencieros, cobardes, traidores. Se presenta a Cristo abandonado del Padre (...). Los milagros están descritos con una sobriedad que los distingue inmediatamente de los relatos no evangélicos»[63] .

«El origen apostólico, directo o indirecto, y la génesis literaria de los Evangelios justifican su valor histórico. Derivados de una predicación oral que se remonta a los orígenes de la comunidad primitiva, tienen en su base la garantía de testigos oculares. Indudablemente ni los Apóstoles ni los demás predicadores y narradores evangélicos trataron de hacer historia en el sentido técnico de esta palabra; su propósito era menos profano y más teológico; hablaron para convertir y edificar, para inculcar e ilustrar la fe, para defenderla contra los adversarios. Pero lo hicieron apoyándose en testimonios verídicos y controlables, exigidos tanto por la probidad de su conciencia como por el afán de no dar pie a refutaciones hostiles (...) Si los Evangelios no son “libros de historia”, no es menos cierto que no tratan de ofrecer nada que no sea histórico»[64] .

«El valor histórico de los Evangelios, aparte de ser cierto para el crítico, es para el católico una verdad de fe»[65] .

 

«Los Evangelios no son un simple libro doctrinal que ofrece unas ideas sobre Dios, el hombre y el mundo; sino un auténtico anuncio del Reino de Dios, manifestado en Jesucristo.

»La historicidad de que están revestidos no puede llevar a ver los Evangelios nada más que como una venerable documentación y reliquia del pasado. El Evangelio hay que sentirlo vivo y actual, situarlo en el presente más inmediato. No fueron palabras y hechos que se dijeron y realizaron ayer. Es mensaje intemporal, y buena noticia que anuncia la salvación.

»Los Evangelios no son tanto para leer cuanto para vivir. No son un libro de referencia técnica para entender, sino de revelación divina y de ejemplaridad. (...) Interpelan la fe, y son una insistente llamada a la conversión»[66].

 

Se han hecho estudios comparativos de todas las copias que conservamos de cada uno de los evangelistas[67] .

Hort, «uno de los más seguros críticos del siglo XIX»[68] resume sus investigaciones de veinticinco años, y las de su colega Wescott, en su edición crítica del original griego del Nuevo Testamento con estas palabras: «las variantes que tocan a la sustancia del texto son muy poco numerosas, y pueden ser valuadas en menos de la milésima parte del texto»[69] .

«La inmensa mayoría de la variantes se refieren únicamente a la forma exterior: ortografía, orden de las palabras y términos sinónimos»[70] .

 

 De las ciento cincuenta mil variantes, sólo quince son de importancia, y ni una sola toca a la fe de la Iglesia[71] .

Eso da idea del esmero con que se copiaron[72] .

Aquella generación cristiana que había presenciado los hechos que se narran en los Evangelios, los encontraban tan correctamente relatados, que los copiaban a mano (entonces no había imprenta) y los transmitían de generación en generación, de modo que hoy tenemos de los Evangelios más copias que de ningún otro libro de aquel tiempo.

«Ningún otro autor, ni religioso, ni profano, de aquellos tiempos, puede presentar la cantidad de papiros, de códices, de citas de autores de aquel tiempo o de inmediatamente después, como los libros del Nuevo Testamento pueden ofrecer».[73] 

 

Los originales se han perdido. Tanto de los Evangelios como de todos los libros de aquel tiempo, pues entonces se escribía en hojas de papiro, que es un material deleznable que se deteriora y se deshace fácilmente. Desde el siglo IV se empleó el pergamino, sacado del cuero animal, y se empezaron a usar a manera de libros, llamados códices[74] .

 

Puede ser interesante mi vídeo: Razones para ser católico, donde hablo de la historicidad de los Evangelios[75] .

 

«En favor de la autenticidad de los Evangelios existe tal tradición literaria como no existe de ningún otro escrito de la antigüedad. Una tradición antiquísima, pública, universal, constante. No tiene ni la menor comparación con la de ciertos escritores profanos cuyas obras nadie pone en tela de juicio»[76] .

 

A nadie se le ocurre dudar de la autenticidad de las obras de los clásicos latinos César, Cicerón, Horacio y Virgilio. A pesar de que -aunque todos ellos vivieron tan sólo 50 años antes de Jesucristo- no conservamos, ni con mucho, las pruebas que conservamos de los Evangelios.

 

El autor clásico contemporáneo de Jesucristo de quien conservamos mejores documentos es Virgilio. Pues bien, de Virgilio, sólo tenemos tres códices unciales. En cambio de los Evangelios tenemos doscientos doce. ¡Superioridad aplastante![77] .

 

De Platón los manuscritos que conservamos son 1500 años posteriores a él[78] . De Aristóteles, que vivió 300 años antes de Cristo, «quizá el hombre de inteligencia más amplia que haya existido»[79], cuyo Tratado de Lógica sigue siendo hoy día la base de todo razonamiento filosófico, el manuscrito más antiguo que conservamos  es 1400 años posterior a él.

 

Nuestro gran historiador contemporáneo de fama mundial, Menéndez Pidal, Premio March, que murió en 1968, en su Historia de España[80] , en treinta tomos, de la Editorial Espasa Calpe, fundamenta algunas de sus afirmaciones en la obra Germania del historiador romano Tácito, posterior a Cristo, pues murió el año 120. Pues bien, de la Germania, de Tácito, el códice más antiguo que se conserva es 1340 años posterior a él[81] .

 

Del historiador griego Polibio, que murió 120 años antes de Cristo, y de quien Mommsen, Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Berlín y Premio Nobel, dice que «a él es a quien deben las generaciones posteriores, incluso la nuestra, los mejores documentos acerca de la marcha de la civilización romana»[82] , el manuscrito más antiguo que de él conservamos es 1067 años posterior a su muerte[83] .

En cambio, de los Evangelios conservamos manuscritos muy próximos a ellos.

 El Evangelio de San Juan se escribió el año 95[84] ; pues bien, en 1935 se descubrió el papiro Rylands (P.52) sobre este Evangelio, que se conserva en Manchester. Fue encontrado en Egipto en 1920 por el científico británico B.P.Granfell para el librero John Rylands[85] . Según los especialistas se escribió hacia el año 130[86] . Tan sólo 35 años después. ¡Esto es maravilloso!

El papiro Bodmer II, que se conserva en la Biblioteca de Cologny, en Ginebra, y que contiene casi en su totalidad el Evangelio de San Juan, es 100 años posterior a él[87] . En 1956 fue publicado por V. Martín[88] 

De los tres siglos posteriores a Jesucristo se conservan treinta papiros[89] . Esto es un caso único en toda la historiografía grecorromana.

 

En 1972 el Padre José O´Callaghan, jesuita español papirólogo, Profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, y Decano de la Facultad Bíblica del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y de la Facultad Teológica de Barcelona, descifró unos fragmentos de papiros encontrados en la cueva 7 del Qumrán (Mar Muerto). Se le identifica así 7Q5. Se trata del texto de San Marcos, 6:52s.

En once cuevas aparecieron seiscientos rollos de pergaminos. En estos manuscritos, que se descubrieron en 1947, han aparecido textos del Éxodo, Isaías, Jeremías, etc. De casi todos los libros del Antiguo Testamento.

Estos manuscritos han sido estudiados por E. L. Sukenik, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que consiguió adquirirlos para la biblioteca de la Universidad[90].

El texto descifrado por el P. O´Callaghan es un fragmento del Evangelio de San Marcos enviado a Jerusalén por la cristiandad de Roma y que los esenios escondieron en esa cueva en ánforas, una de las cuales tiene el nombre de ROMA en hebreo[91] .

Probablemente esto ocurrió cuando la invasión de Palestina por los romanos, antes de la ruina de Jerusalén del año 70.

En concreto cuando se aproximaban las tropas de Vespasiano el año 68[92] .

Este descubrimiento ha sido considerado como el más importante de este siglo sobre el Nuevo Testamento[93]. . En 1991 se ha publicado una edición facsímil con 1.787 fotografías de estos manuscritos[94] .

 

La identificación del P. O’Callaghan es tan seria que Orsolina Montevecchi, Presidenta de la Asociación Internacional de Papirología, ha pedido a sus colegas que se incluya el 7Q5, como se llama a este manuscrito, en la lista oficial de los papiros del Nuevo Testamento[95] .

Esta interpretación del P. O´Callaghan ha sido recientemente confirmada por el eminente Profesor alemán de la Universidad de Oxford, Carsten Peter Thiede, en la prestigiosa revista internacional BIBLICA[96] . Thiede, dice textualmente: «Conforme a las reglas del trabajo paleográfico y de la crítica textual, resulta cierto que 7Q5 es Marcos, 6:52s».

 Thiede ha publicado un estudio apoyando al P. O´Callaghan titulado ¿El manuscrito más antiguo de los evangelios?[97] 

«Son cada vez más los que aceptan esta identificación», ha dicho el P. Ignacio de La Potterie, S.I., como se ha visto en el Simposio Internacional celebrado del 18 al 20 de octubre de 1991 en Eichstät[98], donde apoyaron esta opinión los expertos en papirología Hunger, de la Universidad de Viena, y Riesenfeld, de la Universidad de Úpsala (Suecia).

El texto 7Q5 ha sido estudiado en ordenador por IBICUS de Liverpool, y se ha demostrado que esa combinación de letras, en la Biblia, sólo se encuentra en Marcos 6:52s, que es el 7Q5[99] .

«El Profesor Herbert Hunger, Director de la colección de papiros de la Biblioteca Nacional Austríaca, y Profesor de Papirología de la Universidad de Viena, ha dicho: “La identificación del papiro de Qumrán con Marcos resulta convincente”»[100].

El paleógrafo inglés Roberts, de la Universidad de Oxford, primera autoridad mundial en paleografía griega, antes de que se descifraran estos papiros, estudiando la grafía, afirmó que eran anteriores al año 50 después de Cristo[101] , es decir, unos 20 años después de la muerte de Jesús, y 10 años después que Marcos escribiera su Evangelio. Sin duda es anterior al año 68 en que fueron selladas las cuevas del Qumrán, con los papiros dentro, antes de huir de las tropas de Vespasiano, que invadieron aquel territorio el año 68[102] . Se trata, por lo tanto,del manuscrito más cercano a Jesús de todos los conocidos[103] .

«El descifrador de estos documentos ha manifestado que ya no puede afirmarse que el Evangelio sea una elaboración de la antigua comunidad cristiana, y que tuvo un período más o menos prolongado de difusión oral antes de ser escrito, sino que tenemos ya la comprobación de los hechos a través de fuentes inmediatas».

Este descubrimiento ha dado al traste con las teorías de Bultmann. La proximidad de este manuscrito al original echa por tierra la hipótesis de Bultmann, según la cual los Evangelios son una creación de la comunidad primitiva que transfiguró «el Jesús de la historia» en «el Jesús de la fe».

Este descubrimiento confirma científicamente lo que la Iglesia ha enseñado durante diecinueve siglos: la historicidad de los Evangelios.

 

Más tarde, el mismo O´Callaghan, descubrió otro fragmento de la misma gruta que encajaba perfectamente en el texto de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo[104]

 

La ofensiva contra la historicidad de los Evangelios comenzó con Friedrich Strauss en 1835. La renovó Ernest Renán en 1863. Modernamente  Rudolf Bultmann afirma que «no podemos saber nada sobre la vida de Jesús, pues los Evangelios son la idealización de una leyenda de generaciones posteriores». Si el 7Q5 es del año 50, esta idealización no es posible en contemporáneos.

El célebre teólogo protestante Oscar Cullmann, seguidor un tiempo de Bultmann, reconoce que se separó de Bultmann  por la interpretación que éste hacía de la Biblia. Para Bultmann «el único elemento histórico de los Evangelios que quedaría a salvo es la cruz. El resto, incluida la resurrección, sería un mero símbolo»[105] .

El cardenal Eugenio de Araujo Sales, arzobispo de Río de Janeiro (Brasil), ha escrito: «Bultmann cree que los relatos del Nuevo Testamento no presentan una revelación, sino que son reproducción de mitos de culturas paganas»[106].

 

Uno de los seguidores de Bultmann ha dicho de este descubrimiento del 7Q5: «Habrá que echar al fuego siete toneladas de erudición germánica»[107] .

«El lapso de tiempo que transcurre entre los acontecimientos y la composición de los Evangelios es tan breve, que no permite la formación de un mito contrario a la historia»[108] .

 

Recientemente el Dr. Carsten Peter Thiede ha publicado en la revista alemana Zeitschrift Für Papyrologie , especializada en papirología, haber descubierto un papiro con un fragmento del capítulo veintiséis del Evangelio de San Mateo, escrito en el siglo I de nuestra Era. «Thiede estableció su datación como anterior al año 66 de la era cristiana»[109] .

Se trata del Magdalen Cr.  de Roma 17, por encontrase en la Biblioteca del Colegio de la Magdalena de Oxford. Fue donado a este Colegio por el papirólogo Rvdo. Charles B. Huleat, antiguo alumno de este Colegio, que había sido capellán de la Iglesia Británica de Luxor, en Egipto[110] . Allí se lo compró a un anticuario[111]. . «En la Navidad de 1994 la noticia salta a la primera página del The Times . Hace unos meses Thiede ha publicado un libro sobre el tema: Testigo ocular de Jesús . Su lectura es un verdadero placer intelectual y espiritual»[112] .

 

Los originales de los Evangelios se han perdido, como los de todos los libros de aquel tiempo, pues se escribieron en papiros, planta oriental de material deleznable, que se deshace fácilmente. Por eso quedan muy pocos papiros. Desde el siglo IV se empleó el pergamino, sacado del cuero animal, que se empezaron a utilizar en forma de libros. A éstos se les llama códices[113].

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No es claro cuál de los Evangelios se escribió primero. Unos opinan que fue el de San Marcos, otros que fue el texto hebreo de San Mateo,  que más tarde se tradujo al griego