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Gracia santificante
41,1. La
Iglesia fundada por Jesucristo no es solamente una familia visible. En ella hay
una vida interior, invisible,
sobrenatural, divina, que comunica el mismo
Jesucristo.
Dios Nuestro
Señor hizo al hombre a su imagen y semejanza, dándole un alma espiritual e
inmortal, capaz de conocerlo y amarlo, y alcanzar una felicidad proporcionada a
su naturaleza. Pero, en su amor infinito, Dios ha querido llamarnos a más altos
destinos. Quiso darnos la altísima dignidad de hijos suyos, y hacernos
participantes de su misma felicidad en
Esta vida
divina en nosotros es la gracia santificante.
Por la
gracia santificante participamos de la vida divina.
Por ella
Cristo vive en nosotros y nosotros
vivimos en Cristo.
Cristo
es quien vivifica, por la gracia, el
Cuerpo de su Iglesia. Por eso dice San Pablo
que Cristo es nuestra
vida[1] y que
la Iglesia es el Cuerpo Místico de
Cristo[2] .
Cristo es
Como los
sarmientos reciben la savia de la vid -y gracias a ella producen las uvas- así
nosotros recibimos de Jesucristo
«Es algo así
como cuando se hace un injerto. Estamos injertados en Cristo.[4]
Como dijo
Juan Pablo II a los jóvenes en
Polonia: «La Iglesia es el Cuerpo
Místico de Cristo, porque es el
cuerpo social de Jesucristo»[5] .
41,2. La
doctrina del Cuerpo Místico tiene
enorme importancia en orden a la valoración de nuestros actos.
El barrido
de una calle realizado por un empleado de
La razón es
que las acciones de los hombres que no están en gracia de Dios, aunque tengan su
valor, como enseña el Vaticano II[6] , no
rebasan los límites de lo humano. En cambio, cuando un hombre está en gracia de
Dios es miembro del Cuerpo Místico de
Cristo, y entonces sus obras, por sencillas que sean, pertenecen a un
plano sobrenatural, infinitamente superior a todo lo
humano.
Si esto se
conociera más, ¿quién viviría en pecado mortal?.
Cada uno de
nosotros es una célula del Cuerpo Místico de Cristo. Con nuestra virtud
colaboramos a su vitalidad. Con nuestros pecados, además de convertirnos en
células muertas, entorpecemos la vida de las otras células, nuestros hermanos.
Somos células cancerosas.
Al Cuerpo Místico de Cristo pertenecemos todos
los que estamos en gracia de Dios. «Incluso los que están de buena fe, buscando
la verdad, aunque no se llamen católicos, forman parte del alma de la
Iglesia»[7].
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42.-
La gracia santificante
42,1. La
gracia santificante
Don
sobrenatural: Supera la naturaleza humana
Don permanente:
Mora en el alma mientras se está en gracia, sin pecado mortal
Sólo Dios
da la gracia santificante.
Todas las
gracias son concedidas por los méritos de Jesucristo.
Dios nos da
la gracia santificante para salvarnos[11].
La gracia
santificante nos concede las virtudes
teologales y morales, que son:
Virtudes
teologales:
Fe:
aceptar todo lo que Dios ha
revelado.
Esperanza:
confiar en que Dios me ayudará a
salvar mi alma.
Caridad: amar a Dios
y al prójimo como a mí mismo.
Virtudes
morales:
Prudencia:
para ver lo que conviene en orden a
la salvación eterna.
Justicia:
para que todos tengan lo que les
corresponde.
Fortaleza:
para afrontar las
dificultades.
Templanza:
para moderar los placeres.
La gracia
santificante es una cualidad que hace subir de
categoría al hombre dándole como una segunda naturaleza superior[12] . Es
como una «semilla de Dios». La comparación es de San Juan[13] .
Desarrollándose en el alma produce una vida en cierto modo
divina[14] , como
si nos pusieran en las venas una inyección de sangre divina. La gracia
santificante es la vida sobrenatural del alma[15] . Se
llama también gracia de Dios.
La gracia
santificante nos transforma de modo parecido al hierro candente que sin dejar de
ser hierro tiene las características del fuego[16] .
«Lo que Dios
es por naturaleza, nos hacemos nosotros por la gracia»[17] .
La gracia de
Dios es lo que más vale en este
mundo. Nos hace participantes de la naturaleza divina[18] . Esto
es una maravilla incomprensible, pero verdadera. Es como un diamante oculto por
el barro que lo cubre.
El siglo
pasado Van Wick construyó con
guijarros una casita en su granja de Dutoitspan (Sudáfrica). Un día, después de
una fuerte tormenta, descubrió que aquellos guijarros eran diamantes: el agua
caída los había limpiado del barro. Así se descubrió lo que hoy es una gran mina
de diamantes[19] . La
gracia es un diamante que no se ve a simple vista.
La gracia
nos hace participantes de la naturaleza divina[20] , pero
no nos hace hombres-dioses como Cristo que era Dios, porque su naturaleza
humana participaba de la personalidad divina, lo cual no ocurre en
nosotros[21] .
Dios al
hacernos hijos suyos y participantes de su divinidad nos pone por encima de
todas las demás criaturas que también son obra de Dios, pero no participan de su
divinidad. La misma diferencia que hay entre la escultura que hace un escultor y
su propio hijo, a quien comunica su naturaleza[22] .
Cuando
vivimos en gracia santificante somos templos vivos del Espíritu
Santo[23] La
gracia santificante es absolutamente necesaria a todos los hombres para
conseguir la vida eterna. La gracia se pierde por el pecado
grave.
En pecado
mortal no se puede merecer. Es como una losa caída en el campo. Debajo de
ella no crece
Con todo,
las buenas obras hechas en pecado mortal tienen un valor: facilitan la
conversión[24].
Quien ha
perdido la gracia santificante no puede vivir tranquilo, pues está en un
peligro inminente de condenarse.
La gracia
santificante se recobra con la confesión bien hecha, o con un acto de contrición
perfecta, con propósito de confesarse. (Ver números 80-84).
El perder la
gracia santificante es la mayor de las
desgracias, aunque no se vea a simple vista. Sin la gracia de Dios
toda nuestra vida
En el orden
sobrenatural hay esencialmente más
diferencia entre un hombre en pecado mortal y un hombre en gracia de Dios, que
entre éste y uno que está en el cielo[26] . La
única diferencia en el cielo está en que la vida de la gracia -allí en toda su
plenitud- produce una felicidad sobrehumana que en esta vida no podemos
alcanzar.
Esta vida es
el camino para
Sin embargo,
en esta necedad incurren, desgraciadamente, muchas personas. Algún día caerán en
la cuenta de su necedad, pero quizá sea ya demasiado
tarde.
42,2. Además
de la gracia santificante Dios concede otras gracias que llamamos gracias actuales[27] , que
son auxilios sobrenaturales transitorios, es decir, dados en cada caso, que nos
son necesarios para evitar el mal y hacer el bien, en orden a la
salvación[28] . Pues
por nosotros mismos nada podemos. No podemos tener una fe suficiente, ni un
arrepentimiento que produzca nuestra conversión.
Las gracias
actuales iluminan nuestro entendimiento y mueven nuestra voluntad para obrar el
bien y evitar el mal.
Sin esta
gracia no podemos comenzar, ni continuar, ni concluir nada en orden a la vida
eterna[29]
Las gracias
actuales no ayudan a repetir los actos buenos, y esta repetición nos consigue
los hábitos virtuosos que nos
facilitan la realización de esas acciones que se han repetido varias veces con
anterioridad.
Según
Pelagio, monje irlandés del siglo
IV, el hombre con sus fuerzas morales puede, hacer el bien y evitar el mal,
convertirse y salvarse.
Pero la
doctrina católica sostiene que el hombre no
puede cumplir todas sus obligaciones ni hacer obras buenas para
alcanzar la gloria eterna sin la ayuda de la gracia de Dios. Merecer el cielo es
una cosa superior a las fuerzas de la naturaleza humana.
Pero como
Dios quiere la salvación de todos los hombres, a todos les da la gracia
suficiente que necesitan para alcanzar la vida eterna. Con la gracia suficiente
el hombre podría obrar el bien, si quisiera.
La gracia
suficiente se convierte en eficaz cuando el hombre colabora[30] .
Los adultos
tienen que cooperar a esta gracia de Dios. Dijo San Agustín: «Dios que te creó sin ti, no
te salvará sin ti»[31] .
«Dios ha
querido darnos el cielo como recompensa a nuestras buenas obras. Sin ellas es
imposible, para el adulto, conseguir la salvación eterna.
»Nuestra
salvación eterna es un asunto absolutamente personal e intransferible. Al que
hace lo que puede, Dios no le niega su gracia.
»Y sin la
libre cooperación a la gracia es imposible la salvación del hombre
adulto»[32] .
Con sus
inspiraciones, Dios predispone al hombre para que haga buenas obras, y según el
hombre va cooperando, va Dios aumentando las gracias que le ayudan a practicar
estas buenas obras con las cuales ha de alcanzar la gloria eterna. «Tan grande
es la bondad de Dios con nosotros que ha querido que sean méritos nuestros lo
que es don suyo»[33] .
Esta gracia,
que nos eleva por encima de la naturaleza caída, la mereció el sacrificio
de Nuestro Señor Jesucristo
en
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Pecado
original
43.-
Empezamos a vivir la vida de la
gracia con el sacramento del bautismo.
43,1. Cuando
nacemos a la vida natural, nacemos muertos a la vida de la gracia, porque
nacemos con el pecado original.
El pecado
original se lava con el bautismo.
El bautismo
es como un segundo nacimiento: un nacimiento a la vida
sobrenatural.
Dios creó a
nuestros primeros padres en estado de gracia.
Dios en
señal de su soberanía les dio un mandato para que ellos cumpliéndolo mostraran
su aceptación. Dios quería probar su fidelidad.
Ellos
cediendo a la tentación del demonio desobedecieron[34] .
«Puesto que
el fin propio del precepto era probar la obediencia, no podemos medir la
gravedad de la culpa por la acción exterior en que se
manifiesta»[35] .
«El hombre
creado por Dios en la justicia, sin embargo, por instigación del demonio, en el
mismo comienzo de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra
Dios»[36] .
Este pecado
de desobediencia[37] fue
el pecado original, llamado así porque fue el primer pecado que se cometió en la
Tierra, en los principios de
El pecado
original es origen de otros muchos.
El pecado
original es la raíz de los demás pecados de los hombres[39].
La realidad
del pecado original es dogma de
fe[40].
Con este
pecado de desobediencia nuestros primeros padres perdieron la gracia para ellos
y para nosotros sus hijos[41] .
Lo mismo que
lo pierden todo los hijos del que se arruina en el juego de la ruleta.
Si un
monarca concede
Lo mismo que
cuando el embajador de una nación firma un tratado compromete a todo su país, lo
mismo nos afecta a todos el pecado de Adán, que fue la cabeza del género
humano.
«En su
voluntad estaba incluido nuestro destino. Las aguas corren putrefactas porque la
fuente está contaminada»[42] .
El Concilio
de Trento «el más trascendental de toda la Historia de la
Iglesia»[43]
define como de fe que el pecado original se transmite por generación, por
herencia[44] .
Dice
Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios : “Mantenemos,
siguiendo el Concilio de Trento, que el pecado original se trasmite juntamente
con la naturaleza humana, por generación”[45] .
43,2.
Nosotros no somos responsables del
pecado original porque no es pecado personal nuestro[46] ; pero
lo heredamos al nacer[47].
«Por eso el
pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”,
no “cometido”; es un estado, no un acto»[48] .
En virtud de
la ley de solidaridad de Adán con toda la humanidad, por ser su cabeza
físico-jurídica[49] , nos
priva de los dones extraordinarios que Dios había concedido en un principio
«Del mismo
modo que entre Adán y sus descendientes hubiera existido solidaridad si hubiera
sido fiel, del mismo modo existe también solidaridad en su
rebeldía»[51] .
El gran
desastre del pecado de Adán fue que arrastró consigo a toda la naturaleza
humana[52] .
De igual
manera que si Adán se hubiese suicidado antes de tener hijos, hubiera privado de
la vida a todo el género humano, así con su pecado nos priva de
No debemos
protestar por sufrir nosotros las consecuencias del pecado de Adán. ¿Habríamos
sabido nosotros conservar estos dones?[53] ¿No
son nuestros pecados personales una prueba de que también nosotros habríamos
prevaricado?
El pecado
original fue un pecado de
soberbia[54] .
El
pecado de Adán y Eva es un pecado muy frecuente hoy día.
Hombres y
mujeres autosuficientes, independientes, rebeldes
Para ellos
sólo vale lo que ellos opinan, y lo que ellos quieren.
No se
someten a nadie.
Quieren ser
ellos los que deciden lo que es bueno y lo que es malo.
Quieren ser
como dioses.
Ése fue el
pecado de Adán y Eva.
43,3. Antes
de pecar, el demonio dijo a nuestros primeros padres que si pecaban serían como
dioses.
Ellos
pecaron y se dieron cuenta del engaño del demonio.
Con esto el
demonio logró lo que pretendía: derribar a Adán de su estado de privilegio.
El demonio
es el «padre de la
mentira»[55] .
Eva fue
seducida por él[56].
El que peca
se entrega al espíritu de la mentira.
En la medida
que somos pecadores somos «mentirosos»[57] ,
pues el pecado es el abandono de la verdad, que es Dios, por la
mentira.
El demonio
también nos engaña a nosotros en
las tentaciones[58] presentándonos el pecado muy
atractivo, y luego siempre quedamos desilusionados, con el alma vacía y con
ganas de más.
Porque el
pecado nunca sacia. Pero el demonio logra lo suyo: encadenarnos al
infierno.
El demonio
nos tienta induciéndonos al
mal[59], porque nos
tiene envidia[60] ,
porque podemos alcanzar el cielo que él perdió por su culpa[61] .
Todas las
tentaciones del demonio se pueden vencer con la ayuda de Dios[62] .
El demonio
es como un perro encadenado: puede ladrar, pero sólo puede morder al que se le
acerca[63].
«En el
estado de pecado original el hombre carece de la gracia y amistad de Dios, y su
libertad está debilitada e inclinada al mal; no podemos ser totalmente dueños de
nosotros mismos y de nuestros actos»[64]
.
La vida de
la gracia que empieza con el bautismo necesita respirar para no ahogarse.
Lo mismo que
la vida del cuerpo que, si no se tiene aire para respirar, también se ahoga.
Dice
San Agustín que la respiración de
la vida del alma es la oración.
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Oración
44.-
Orar es hablar con Dios, nuestro
Padre celestial, para adorarle, alabarle, darle gracias y pedirle toda clase de
bienes.
44,1.
Orar es hablar con
Habla a Dios
con sencillez y naturalidad.
Háblale con
tus propias palabras.
Se puede
orar con fórmulas ya hechas, o espontáneas.
Y también
repitiendo siempre la misma frase.
«La oración
es conversación. Sabemos muy bien que se puede conversar de distintas maneras.
Algunas veces la conversación es un simple intercambio de palabras. (...) Pero
la conversación profunda se da cuando intercambiamos pensamientos, corazón y
sentimientos. Cuando intercambiamos nuestro “yo”»[65] .
Podemos
hablar con Dios de nuestras alegrías, penas, éxitos, fracasos, deseos,
preocupaciones, etc.
Para hablar
a Jesús no hay como acudir al
Evangelio. Con la misma naturalidad que todos usaban con Él y le exponían sus
necesidades. Cualquier situación nuestra tiene su exponente en el
Evangelio.
- ¡Señor,
que vea!, le decía el ciego.
- ¡Dame de
esa tu agua, para no tener más sed!, le pedía la
Samaritana.
- ¡Señor,
enséñanos a orar!, le decían los discípulos.
- ¡Sálvanos,
Señor!, que perecemos!, le gritaron los apóstoles en la barca que se
hundía.
- ¡Señor,
mándame ir a ti!, le pidió Pedro.
- ¡Señor,
ten compasión de mí, que soy un pecador!, murmuraba el
publicano.
- ¡Señor, si
quieres puedes limpiarme!, le suplicaba humilde el
leproso.
- Mira que
tu amigo, a quien tanto quieres, está enfermo, mandó a decirle
Marta.
-
¡Auméntanos la fe!, le pidieron los
discípulos.
- ¡Acuérdate
de mí cuando estés en tu reino!, le suplicó el
ladrón.
- ¡Señor,
danos ese pan!, le pidieron los oyentes cuando prometió la
Eucaristía.
- ¡Señor, tú
sabes que yo te quiero!, le protestaba Pedro.
- ¡Mira,
Jesús, que no tienen vino!, le dijo María
«Charles de Foucauld,
decía: “Orar es pensar en Dios amándolo”. Sin ninguna
duda, no hay descripción más corta y más precisa de la oración»[66].
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¿Por qué
orar?
Porque creo
en Dios, sé que me ama, y deseo decirle que le amo.
La oración
incluye:
«La
adoración, que es reconocimiento de la grandeza y majestad de
Dios.
La alabanza
a su infinita bondad y misericordia.
El
ofrecimiento incondicional a realizar la voluntad de tan altísimo
Señor.
La súplica
de perdón, y reconocimiento de la pequeñez del que
ora.
La acción de
gracias por tantas bendiciones y favores recibidos.
La petición
humilde de la ayuda de la gracia y del favor de
Para hablar
con Dios no es necesario pronunciar palabras materialmente. Se puede hablar
también sólo con el corazón.
La oración
no se aprende. Sale sola. Lo mismo que no se aprende a reír o a llorar.
La oración
sale espontáneamente del corazón que ama a Dios.
Se ora
saludando a Dios, dándole gracias, pidiéndole perdón, solicitándole ayuda,
manifestándole amor, etc., etc.
La oración
debe hacerse con atención, reverencia, humildad, confianza, fervor,
perseverancia y resignación con lo que Dios quiera.
Hacerla con
fe muy firme de que si conviene, Dios concederá lo que pedimos; pero no podemos
anteponer nuestra voluntad a la de Dios[68].
Además de
irreverente y absurdo, sería completamente inútil y
estéril.
Dice
San Pablo: Orad sin cesar [69] .
Y San Agustín da la solución: «Orad con el
deseo. Aunque calle
La
perseverancia en la oración es fundamental. Dios ya sabe lo que deseamos, pero
Él quiere que se lo pidamos; aunque a veces nos haga
esperar.
Santa Mónica
tardó treinta años en conseguir la
conversión de su hijo San
Agustín[70].
Es necesario
orar, y orar a menudo, porque Dios así lo manda: «Pedid y recibiréis»[71] y
«es necesario orar siempre y no
desfallecer»[72] ; pero
además porque ordinariamente Dios no concede las gracias espirituales y
materiales si no se las pedimos.
¡Ojalá te
acostumbraras a tener tus ratos de charla con Nuestro Señor en el sagrario! Por
lo menos, no dejes de rezar todos los días las oraciones que te pongo en los
Apéndices.
Pero te
advierto que la oración bien hecha no es la recitación de plegarias que se
repiten distraídamente sólo con los labios. La verdadera oración pone siempre en
movimiento el corazón. Dice Santa Teresa
que «orar es un trato amoroso con Dios»[73]
No pedimos
para obligar a Dios que cambie sus planes, lo cual es imposible.
Ni para
informarle de lo que necesitamos, pues Él ya lo sabe.
Ni para
convencerle para que nos ayude, pues lo desea más que nosotros mismos.
Pedimos
porque Él quiere que lo hagamos para colaborar con Él en lo que quiere
concedernos.
«Dios ha
determinado concedernos algunas cosas a condición de que se las pidamos bien, o
sea, vinculándolas a nuestra oración.
»Pero si no
las pedimos, nos quedaremos sin ellas.
»No se trata
de que Dios cambie su voluntad, sino de que nosotros cumplamos la condición que
Él ha señalado para concedernos tales gracias»[74].
La doctrina
católica enseña:
a) que
para salvarnos nos es necesario orar;
b) que
sin orar no podemos permanecer mucho tiempo sin
pecado;
c)
que, aun para muchas cosas humanas, es muy necesario o conveniente la
oración;
d) que
si oramos frecuentemente pidiendo a Dios nuestra salvación, nos salvaremos
seguro.
Dice
San Pablo que con la oración se
pueden vencer todas las tentaciones[75] .
Si pedimos
bien una cosa necesaria para nuestra salvación, la eficacia es segura[76]. Dice
Santo Tomás[77] que la
oración es infalible si se pide bien algo necesario para la salvación
eterna.
Si pedimos
la salvación de otro, la eficacia depende de la libre voluntad del otro; pero
nuestra oración le conseguirá gracias de
Más vale
rezar poco y bien que mucho y mal. Si por dedicarte a largos rezos vas a
hacerlos de forma distraída y rutinaria, más vale que reces la mitad o la cuarta
parte; pero concentrándote y pensando lo que haces.
Glorificas
más a Dios y enriqueces más tu alma con un acto intenso de fervor que con mil
remisos, superficiales y rutinarios[78] .
Todos
deberíamos dedicar algún momento del día a hacer actos internos de amor de Dios.
En estos
breves instantes se puede merecer más que en el resto de la jornada
diaria[79] .
El momento
más oportuno para hacerlos es después de comulgar, y al acostarse. Hay que
pedirle a Dios la gracia eficaz para hacer con mucho fervor estos actos de
amor.
Por otra
parte, el buen hijo nunca se avergüenza de su padre, y Dios
Ningún padre
Es una
ingratitud regatear a Dios las manifestaciones de amor y reverencia.
Solía decir
el emperador Carlos V: «Nunca es
el hombre más grande que cuando está de rodillas delante de Dios».
Los animales
nunca rezan.
44,2.
Convendría que cada familia fijase un mínimo de rezo en común, el cual podría
ser:
1) Leer un
trozo del Evangelio, de cuando en cuando, y comentarlo entre
todos.
2) Dar
gracias a Dios antes de comer, por poderlo hacer, y pedirle que nunca nos falte
lo necesario. En los Apéndices tienes una oración para bendecir la
mesa.
3) Rezar un
misterio del rosario cada día. Al menos se podrían aprovechar los
desplazamientos de fin de semana en rezar un rosario entero, o algún misterio
suelto.
Esta buena
costumbre nos ayudaría, además, a alcanzar la protección de Dios en
-En tus
alegrías, da gracias a Dios.
- En tus
penas, ofréceselas a Dios por amor a Él.
- En tus
trabajos, hazlo todo siempre con buena intención.
- En tus
pecados, pide perdón.
- Y en tu
trato con los demás, ten espíritu de servicio.
Con
Cuenta Javier Martín[80] una
antigua leyenda, de
«Un hombre
muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En
realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente del reino, y por
eso, desde el primer momento se procuró un "chivo expiatorio", para encubrir al
culpable.
»El hombre
fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasas o nulas esperanzas de
escapar al terrible veredicto: ¡La horca!
»El juez,
también comprado, cuidó no obstante, de dar todo el aspecto de un juicio justo,
por ello dijo al acusado: "Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del
Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino: Vamos a escribir en dos papeles
separados las palabras 'culpable' e 'inocente'. Tú escogerás, y será la mano de
Dios la que decida tu destino".
»Por
supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda:
'CULPABLE'.
»La pobre
víctima, se encomendó a Dios, y se dio cuenta que el sistema propuesto era una
trampa. No había escapatoria.
»Pero Dios
le inspiró
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