CONFESIÓN

Pecado

 53.- LA GRACIA DE DIOS SE RECOBRA ARREPINTIÉNDOSE DE   LOS PECADOS Y CONFESÁNDOSE.

 

53,1. En el sacramento de la penitencia se perdonan todos los pecados cometidos después del bautismo[1] , y obtiene la reviviscencia de los méritos contraídos  por las buenas obras realizadas, que se perdieron al cometer un pecado mortal[2] .

Este sacramento se llama también de la reconciliación y del perdón. Además de su sentido de reconciliación con Dios, incluye también la reconciliación con la Iglesia.[3] 

Hoy muchos sustituyen la confesión por el psicoanálisis.

Pero la diferencia es total:

a) En la confesión se dicen pecados.

En el psicoanálisis se cuentan problemas psíquicos.

b) En la confesión se busca el perdón.

En el psicoanálisis se busca una curación.

c) En la confesión se recupera la reconciliación con Dios.

En el psicoanálisis, a lo más, el equilibrio psíquico[4] .

 

54.- CONFESARSE ES DECIRLE CON ARREPENTIMIENTO AL CONFESOR, TODOS LOS PECADOS COMETIDOS DESDE LA ÚLTIMA CONFESIÓN BIEN HECHA.

 

54,1. La confesión es una manifestación externa del arrepentimiento de nuestros pecados y de nuestra reconciliación con la Iglesia[5]  .

«Para un cristiano el sacramento de la penitencia es el único modo ordinario de obtener el perdón de sus pecados graves cometidos después del bautismo»[6] .

 

55.- EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN FUE INSTITUIDO POR JESUCRISTO.

 

55,1. Quizás hayas oído alguna vez de labios indocumentados: «la confesión es un invento de los curas». Esto es falso.

 

Se conoce el inventor de la imprenta (Guttemberg); del anteojo (Galileo); del termómetro de mercurio (Fahrenheit); del pararrayos (Franklin); de la pila eléctrica (Volta); del teléfono (Bell); del fonógrafo (Edison); de la radio (Marconi); del submarino (Peral); de los Rayos X (Roentgen); del autogiro (La Cierva); de la penicilina (Fleming); etc. etc.

Ahora bien, ¿qué «cura» inventó la confesión?

No se puede saber porque no ha existido nunca.

Y, desde luego, si la hubiera inventado un hombre, no la hubiera inventado gratis. Porque es inconcebible que un hombre invente una cosa tan desagradable para el sacerdote -que tiene que estar encajonado horas y horas oyendo siempre lo mismo-, tan perjudicial para la salud, tan fácil de contagiarse de enfermedades, etc., etc., y todo esto sin cobrar un céntimo.

Lo normal es que quien hace un servicio lo cobre.

 

Aparte de que, ¿quién va a tener autoridad para obligar a la confesión al mismo Papa? Pues el Papa tiene obligación de confesarse, y de hecho se confiesa frecuentemente, como todo buen católico. Y lo mismo los cardenales, los obispos y los sacerdotes del mundo entero. Si hubiera sido invención suya, se hubieran ellos dispensado.

 

Algunos protestantes, para no admitir la confesión decían que ésta se estableció en el Concilio de Letrán.

Pero esto no lo sostiene ninguna persona culta, ni siquiera entre los protestantes; pues está históricamente demostrado que el Concilio IV de Letrán celebrado en 1215, lo que mandó fue la obligación de confesar una vez al año[7] . Ya sea por malicia o por desconocimiento de la Historia de la Iglesia, confundían la institución del sacramento de la confesión con el precepto de confesarse anualmente.

 

Pero la confesión venía practicándose desde el principio del cristianismo, aunque con menos frecuencia.

Ya en el siglo III se nos habla del sacerdote encargado de perdonar los pecados.[8]

Y entre los años 140 y 150 apareció un libro titulado El Pastor de Hermas donde se recomienda la confesión[9] . Hermas fue hermano del Papa Pío I[10] .

 

La confesión privada, como hoy la tenemos, existe desde el siglo VI introducida por los monjes irlandeses que reaccionaron a la durísima práctica de la penitencia de entonces. Desde el siglo II había una larga lista de pecados, muchos de los cuales excluían de la Eucaristía para toda la vida.

 

A lo largo de la historia la confesión ha ido cambiando en el modo de practicarse, manteniendo siempre lo esencial del sacramento.

Según El Pastor  de Hermas del siglo II, un presbítero romano hermano del Papa Pío I, en aquel tiempo sólo se confesaba una vez en la vida o en peligro de muerte[11] . 

Sin embargo, hoy, la Iglesia recomienda la confesión frecuente. A lo más tardar, una vez al año.

 

55,2. El sacramento de la confesión fue instituido por Jesucristo[12]  cuando se apareció a sus Apóstoles reunidos en el cenáculo y les dio facultad para perdonar los pecados, diciéndoles: «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengáis, les serán retenidos»[13] .

Por estas palabras de Cristo comunicó a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores[14] la potestad de perdonar y retener los pecados[15] .

Por eso dice San Pablo que el Señor «nos confió el ministerio de la reconciliación»[16]

 

Cristo instituyó los sacramentos para que la Iglesia los administrase hasta el final de los tiempos. 

Como los Apóstoles iban a morir pronto, el poder de perdonar los pecados se transmite a sus legítimos sucesores, los sacerdotes.

«El ministro competente para el sacramento de la penitencia, es el sacerdote, que, según las leyes canónicas, tiene facultad de absolver»[17] .

 

Es evidente que si el sacerdote debe perdonar o retener los pecados con equidad y responsabilidad, se supone que el pecador debe manifestárselos. Sólo el pecador puede informarle qué grado de consentimiento hubo en su pecado.

 

Es esencial la presencia real de confesor y penitente, por lo tanto es inválida la confesión por carta, teléfono, radio o televisión[18] ; pues además de no existir presencia real, pone en peligro el secreto sacramental.

 

Por mandato de la Iglesia, quien tiene pecado grave debe confesarse al menos una vez al año[19] , o antes si hay peligro de muerte o si ha de comulgar[20] .

 

Pero eso es el plazo máximo.

Quien quiere sinceramente salvarse y no quiere correr un serio peligro de condenarse, no puede contentarse con esto.

Es necesario confesarse con más frecuencia. Con la frecuencia que sea necesaria para no vivir habitualmente en pecado grave. ¡No vivas nunca en pecado grave!

 

Un buen cristiano se confiesa normalmente una vez al mes.

 

La confesión te devuelve la gracia, si la has perdido; te la aumenta, si no la has perdido; y te da auxilios especiales para evitar nuevos pecados.Los sacerdotes deben prestarse a confesar a todos los que se lo pidan de modo razonable[21] .

 

56.- PECADO ES TODA ACCIÓN U OMISIÓN VOLUNTARIA CONTRA LA LEY DE DIOS, que consiste en[22] decir, hacer, pensar o desear algo contra los mandamientos de la Ley de Dios o de la Iglesia, o faltar al cumplimiento del propio deber y a las obligaciones particulares.

 

56,1.«En sus juicios acerca de valores morales, el hombre no puede proceder según su personal arbitrio. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe  obedecer... Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente»[23] .

 

Puede ser interesante mi vídeo: El pecado: la gran bajeza, la gran locura, la gran primada, la gran canallada[24] .

 

«El pecado es un misterio, y tiene un sentido profundamente religioso. Para conocerlo necesitamos la luz de la revelación cristiana. (...) El pecado escapa a la razón. Ni la antropología, ni la historia, ni la psicología, ni la ética, ni las ciencias sociales pueden penetrar su profundidad»[25] .

 

Algunos dicen que Dios no es afectado por el pecado.

El pecado, efectivamente, no afecta a la naturaleza divina, que es inmutable; pero sí afecta al «Corazón del Padre» que se ve rechazado por el hijo a quien Él tanto ama[26] .

Si el pecado no ofendiera a Dios sería porque Dios no nos quiere. Si Dios nos ama, es lógico que le «duela» mi falta de amor. Lo mismo que le agradaría mi amor, le desagrada mi desprecio: hablo de un modo antropológico. Pero es necesario hacerlo así, para entendernos. Si Dios se quedara insensible ante mi amor o mi desprecio, sería señal de que no me ama, que le soy indiferente.

A mí no me duele el desprecio de un desconocido; pero sí, si viene de una persona a quien amo.

No es que el hombre haga daño a Dios. Pero a Dios le «duele» mi falta de amor.

El bofetón de su niñito no le hace daño a una madre, pero sí le da pena. Ella prefiere un cariñoso besín. Es cuestión de amor.

La inmutabilidad de Dios no significa indiferencia. La inmutabilidad se refiere a la esfera ontológica, pero no a la afectiva. Dios no es un peñasco: es un corazón. El Dios del Evangelio es Padre. La Filosofía no puede cambiar la Revelación.

 

Es un misterio cómo el pecado del hombre puede afectar a Dios. Pero el hecho de que el pecado afecta a Dios es un dato bíblico[27] .

La Biblia expresa la ofensa a Dios del pecado con la imagen del adulterio[28] .

«El pecado es ante todo ofensa a Dios»[29] .

El pecado ofende a Dios por lo que supone de rebelión.

David, arrepentido de su pecado, exclamaba: «Contra Ti pequé, Señor»[30].

 

«El pecado es un no deliberado dado al amor redentor de Cristo, y esta negativa lastima a Cristo»[31] .

 

Hay hechos que tienen un significado importante.

Por eso Pío XI se negó a pagar al Estado Italiano una lira al año de contribución, pues eso suponía que el Estado Vaticano no era independiente[32] .

 

«La Iglesia ha condenado la opinión de quienes sostenían que puede darse un pecado puramente filosófico, que sería una falta contra la recta razón sin ser ofensa de Dios»[33].

«La Iglesia ha condenado la idea de que pueda existir un pecado meramente racional o filosófico, que no mereciera castigo de Dios»[34] .   

 

El pecado está en la no aceptación de la voluntad de Dios, más que en la transgresión material de la ley.

Por eso, puede haber pecado sin transgresión material de la ley si existe el NO a Dios en la intención; mientras que puede haber transgresión de la ley sin pecado, si no se ha dado el NO a Dios voluntariamente.

 

El pecado no es algo que nos cae inesperadamente, como un rayo en medio del campo. El pecado se va fraguando, poco a poco, dentro de nosotros mismos[35] .

Las repetidas infidelidades a Dios, los apegos desordenados consentidos, el irresponsable descuido de las cautelas, van preparando la caída.

 

56,2. La moral no consiste en el cumplimiento mecánico de una serie de preceptos, sino en nuestra respuesta cordial a la llamada de Dios que se traduce en una actitud fundamental en el servicio de Dios.

 

La opción fundamental es la orientación permanente de la voluntad hacia un fin.

Esta actitud «debe explicitarse en el fiel cumplimiento de los preceptos, no de modo rutinario, sino vivificado por el dinamismo que el Espíritu imprime en nuestros corazones.

»La opción fundamental no consiste en liberarse del cumplimiento de determinadas normas o preceptos, sino muy al contrario, en hacer una llamada a la interiorización y profundización de la vida de cada cristiano.

»La opción fundamental por Dios consiste en colocar a Dios en el centro de la vida.

»Concebirle como el Valor Supremo hacia el cual se orientan todas las tendencias, y en función del cual se jerarquizan las múltiples elecciones de cada día»[36] .

 

La opción fundamental es una decisión libre, que brota del núcleo central de la persona, una elección plena a favor o en contra de Dios, que condiciona los actos subsiguientes, y es de tal densidad que abarca la totalidad de la persona, dando sentido y orientación a su vida entera.

«Es claro que las actitudes determinan nuestro comportamiento moral de forma positiva o negativa»[37] .

 

 Las actitudes son predisposiciones estables o formas habituales de pensar, sentir y actuar en consonancia con nuestros valores.

Son, por tanto, consecuencia de nuestras convicciones o creencias más firmes y razonadas de que algo «vale» y da sentido y contenido a nuestra vida. Constituyen el sistema fundamental por el que orientamos y definimos nuestras relaciones y conductas con el medio en que vivimos.

 

Evidentemente que en el hombre tienen más valor las actitudes que los actos. Hay «actos que expresan más bien la periferia del ser y no el ser mismo del hombre».

»Los actos verdaderamente valiosos son los que proceden de actitudes conscientemente arraigadas.

»Se ve claramente que, aunque la actitud sea lo que define auténticamente al ser moral del hombre, los actos tienen también su importancia, porque, repetidos, conscientes y libres van camino de convertirse en actitud»[38] .

Incluso podemos decir que hay actos de tal trascendencia que, si se realizan responsablemente y sin atenuantes posibles, son el exponente de una actitud interna[39] .

 No hace falta que el acto se repita para que sea considerado grave[40] .

Por ejemplo: un adulterio o un crimen planeado a sangre fría, con advertencia plena de la responsabilidad que se contrae, buscando el modo de superar todas las dificultades, y sin detenerse ante las consecuencias con tal de conseguir su deseo, ¿qué duda cabe que compromete la actitud moral del hombre?

«La opción fundamental puede ser radicalmente modificada por actos particulares»[41] .

 

No es sincera una opción fundamental por Dios, si después esto no se confirma con actos concretos. Los actos son la manifestación de nuestra opción[42] .

 

«Si la opción fundamental no va acompañada de actos singulares buenos, se ha de concluir que la tal opción se reduce a buenas intenciones»[43] .

«Es en las acciones particulares donde la opción fundamental de servir a Dios se puede vivir de verdad. (...) La ruptura de la opción fundamental no es sólo por apostasía»[44] .

 

Lo que sí parece cierto es que la actitud no cambia en un momento.

Los cambios vitales en el hombre son algo paulatino.

El pecado mortal que separa al hombre definitivamente de Dios es la consecuencia final de una temporada de laxitud moral[45] . Por eso decimos que el pecado venial dispone para el mortal.

 

56,3. Algunos opinan que al final de la vida, Dios dará a todos la oportunidad de pedir perdón de sus pecados; pero esta posibilidad de la opción final no tiene ningún fundamento en la Biblia[46] .

Por eso es rechazada por teólogos de categoría internacional como Ratzinger, Rahner, Pozo, Alfaro, Ruiz de la Peña, etc.

 

56,4. Hay, además otros pecados llamados pecados de omisión: «los pecados cometidos por los que no hicieron ningún mal..., más que el mal de no atreverse a hacer el bien, que estaba a su alcance»[47] . Jesucristo condena al infierno a los que dejaron de hacer el bien: «Lo que con éstos no hicisteis»[48] . A veces hay obligación de hacer el bien, y el no hacerlo es pecado de omisión.

 

«Se equivocan los cristianos, que pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga a un más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fueran ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época»[49] .

 

«Hoy es muy usual en algunos ambientes hablar de pecado social.

»Pero el pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona.

»Una sociedad no es de suyo sujeto de actos morales.

»Lo cierto es que el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás.

»Pero en el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras»[50].

Las estructuras de pecado se deben a los pecados de los hombres.

 

«Todo pecado es un ultraje a Dios. (...) En un sentido propio y verdadero tan sólo son pecado los actos que de forma consciente y voluntaria van contra la ley de Dios. (...) Por eso, precisamente, el hombre es la única creatura que puede ser pecadora entre los seres que componen la creación visible»[51] .

 

Aunque es cierto que pecados personales generalizados crean un ambiente de pecado, «no se puede diluir la responsabilidad personal en culpabilidades colectivas anónimas»[52] 

 

Hay que sentirse responsables de nuestros pecados que deterioran el ambiente. Hausherr, Profesor del Instituto Oriental de Roma, publicó un libro titulado Le Penthos en el que habla del influjo de algunos pecados en el medio ambiente espiritual del Cuerpo Místico de Cristo[53] .

 

56,5. Las cosas que principalmente nos incitan y tientan a pecar son:

a) el mundo (criterios relajados, costumbres corruptoras, ambientes pervertidos) con sus atractivos, que tienen fuerza seductora para los incautos que se dejan llevar por él.

b) El demonio con sus tentaciones: engañando con apariencias de bien[54] .

c) La carne con sus inclinaciones al pecado[55] .

La inclinación al pecado se llama concupiscencia. Ésta se concreta en los llamados siete pecados capitales que son: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

 

Soberbia es un apetito desordenado a la autoestimación excesiva.

Avaricia es una estima desordenada de los bienes materiales.

Lujuria es un apego desordenado a los placeres de la sexualidad.

Ira es un apetito de venganza.

Gula es un apetito desordenado de comer o beber.

Envidia es un pesar del bien ajeno o alegría de su mal.

Pereza es una negligencia en el cumplimiento de las propias obligaciones.

 

Dice el Apóstol Santiago: «Cada cual es tentado  por sus propias concupiscencias»[56] . Y San Juan: El que peca se hace esclavo del pecado»[57] . «El que peca se hace hijo de Satanás»[58] .

A veces, los malos ambientes pervierten a muchos católicos.

Como dijo Pablo VI, en una solemne alocución: «Muchos cristianos de hoy, en lugar de misionar, son misionados; en lugar de convertir, son convertidos; en lugar de comunicar el Espíritu de Jesús, son ellos contagiados por el espíritu del mundo».

 

No podemos vencer las tentaciones nosotros solos; pero tenemos la ayuda de Dios, su gracia, que la tenemos a nuestra disposición si la buscamos con la oración y los sacramentos.

Dice San Pablo que Dios no permite al demonio que nos tiente por encima de nuestras fuerzas[59] .

 

Muchas veces el demonio se vale de los mismos hombres para hacernos pecar. Unas veces con su mal ejemplo. Otras, también con sus palabras.

Es necesario saber luchar contra los malos ambientes, y no dejarse arrastrar al pecado por el respeto humano.

El mejor medio para esto es huir de las malas compañías y juntarse con buenos amigos.

Ocurre con frecuencia que, en un grupo, los más indeseables llevan la voz cantante y dominan a una colección de individuos vulgares y endebles.

Ten mucho cuidado de que nadie atente contra la integridad y rectitud de tu personalidad.

Y si alguna vez te integras en alguno de estos grupos, ten la valentía suficiente para hacer una acto de independencia y abandonar el grupo, aunque tal vez la ruptura te traiga algún contratiempo desagradable. No importa. Es decir, esto tiene menos importancia y merece la pena afrontarlo.

La mejor manera de vencer los malos ambientes es tomar desde el primer momento una actitud decidida, clara, inquebrantable. Si ven que contigo es inútil, te dejarán en paz. Pero si ven que vacilas, volverán una y otra vez a la carga hasta tumbarte.

 

56,6. El respeto humano consiste en obrar mal por vergüenza de obrar bien temiendo al «qué dirán» los demás.

Y dijo Jesucristo: Si alguien se avergüenza de Mí delante de los hombres, Yo  lo ignoraré delante de mi Padre[60] 

Es una cobardía indigna. Es vergonzoso tenerle miedo a la sonrisa maliciosa de una persona que -por su conducta- es indigna de nuestro aprecio.

En cambio, quien cumple con su deber por encima de todo, consigue la estima de todas las personas buenas, y también el respeto de las que no lo son, que -digan lo que digan por fuera- en su interior no tienen más remedio que reconocer y admirar la superioridad de la honradez y de la virtud.

 

En tu conducta has de ser valiente cuando otros quieran arrastrarte al mal. Pero no hay que fanfarronear.

Si la timidez y la cobardía desprestigian la virtud, no menos la desprestigia la fanfarronería, que la hace desagradable y antipática a todo el mundo.

Tu conducta ha de ser la de una persona entera, que sabe lo que es cumplir con su deber, pero que no por eso desprecia a los demás, sino que es amable con todos, y todos saben que se puede contar contigo cuando se trata de algo bueno. Si eres persona recta y amable, pronto tendrás quien te siga.

No hay nada tan atractivo como la virtud, cuando ésta es amable y valiente. La mayoría de las personas son imitadoras que siguen a las que entre ellas son capaces de dar ejemplo.

 

No olvides que tu conducta ejerce influjo en los demás.

Quizás tú no te des cuenta. Pero el buen ejemplo arrastra, a veces, todavía más que el malo.

Muchos no se atreven a ser los primeros y lo están esperando para seguirlo. Los cristianos deben, con su vida ejemplar, dar testimonio de la doctrina de Cristo[61] .

«La transmisión de la fe se verifica por el testimonio... Un cristiano da testimonio en la medida en que se entrega totalmente a Dios, a su obra... Normalmente la verdad cristiana se hace reconocer a través de la persona cristiana»[62] .

 

56,7. También te recomiendo que seas santamente alegre.

Uno de los mejores apostolados es el apostolado de la alegría. Que todo el mundo vea que los que siguen a Cristo son los más felices y alegres.

La bondad no es ñoñería.

Sólo el bueno es verdaderamente alegre. La alegría del pecado es mentira, y su gusto se convierte en tormento.

 

La felicidad es un don de Dios, y es imposible lograrlo de espaldas a Él. Por eso, es frecuente que el pecador sea en el fondo una persona triste, aburrida, cansada, todo le fastidia, nada le ilusiona...

 

En cambio, después de hacer una buena confesión, ¿verdad que se siente un alivio y un consuelo especial?

En una tanda de Ejercicios Espirituales a obreros, uno me echó en el buzón un papel que decía: «es tanta la felicidad y alegría que he sentido después de confesarme, que no hay nada para mí en el mundo capaz de compararlo. Es algo fuera de lo material. Me he elevado de tal forma, que he llorado de alegría y de arrepentimiento. No soy digno de tanta felicidad». Textualmente. Al pie de la letra. No he modificado una palabra. Todavía conservo el papel como recuerdo de aquel obrero.

 

También conservo otro papel que me encontré después de las confesiones de otra tanda de Ejercicios. Dice así: «Padre, estoy rebosante de alegría. Tengo a Cristo en mi alma. En mi vida me he sentido tan feliz como ahora. Usted ha conseguido de mí que encuentre la verdadera felicidad».

 

El célebre poeta mejicano Amado Nervo confesó en su lecho de muerte, y después le decía a sus amigos: «Me he confesado y me siento completamente feliz»[63] .

 

Realmente que la felicidad de la tranquilidad de conciencia no puede compararse a la amargura que deja detrás de sí el pecado.

 El placer egoísta, antes de gustarlo, atrae. Pero después desilusiona.

Y si en su satisfacción ha habido degradación, pecado, etc., el vacío que deja en el alma no tiene nada que ver con la felicidad que se siente después de hacer una buena obra donde se ha sacrificado algo.

 

56,8. El pecado es el peor de los males[64] . Peor que la misma muerte, que sólo es un mal si nos sorprende en pecado. La muerte en paz con Dios es el paso a una eternidad feliz.

Todos los demás males se acaban con esta vida. Sólo el pecado atormenta en la otra.

Muchas personas endurecidas para lo espiritual, viven tranquilamente en el pecado, pero su sorpresa en la otra vida será terrible.

Entonces se darán cuenta de que se equivocaron en lo principal de su vida: salvarse eternamente.

 

Pero, sobre todo, el pecado es una ofensa a un Dios infinitamente bueno, a un Padre que me ama como nadie me ha amado jamás. Por eso el pecado es un mal que no tiene igual en esta vida.

 

«El hombre no puede renunciar a sí mismo, no puede hacerse esclavo de las cosas, de los sistemas económicos, de la producción y de sus propios productos»[65] «Hay en el hombre un afán, a veces desmedido, de poseer, de gozar, de ser independiente. Se dan en él: ambición de dinero, hipocresía, injusticias, egoísmo, soberbia, cobardía, mentira. Estos vicios repercuten en la sociedad. Producen malestar, indignación, rebeldía.

»Jesús proclamó la verdad, no pactó nunca con el pecado y la injusticia. Esta actitud de rechazo y denuncia le llevó a la muerte.

»Jesús, al condenar el pecado, quería hacer una llamada a la dignidad del hombre: el hombre, por el pecado, además de rechazar a Dios se hace esclavo de las cosas que valen menos que él»[66] .

 

Dice San Juan Crisóstomo:

- «Cuando te veo vivir de modo contrario a la razón, ¿cómo te llamaré,hombre o bestia?

- Cuando te veo arrebatar las cosas de los demás, ¿cómo te llamaré,hombre o lobo?

- Cuando te veo engañar a los demás, ¿cómo te llamaré, hombre o serpiente?

- Cuando te veo obrar neciamente, ¿cómo te llamaré, hombre o asno?

- Cuando te veo sumergido en la lujuria, ¿cómo te llamaré, hombre o puerco?

- Peor todavía. Porque cada bestia tiene un solo vicio: el lobo es ladrón, la serpiente mentirosa, el puerco sucio; pero el hombre puede reunir los vicios de todos los brutos»[67] .

 

56,9. En la vida son necesarias normas morales.

«Todos los psicólogos insisten en que desde el comienzo de la vida el ser humano necesita de la ley. Nadie madura, ni se humaniza, cuando se deja llevar exclusivamente por sus gustos. (...) Esta misma ley es una exigencia que brota, también, de la dimensión comunitaria de la persona. (...) Su conducta debe tener en cuenta los derechos y obligaciones de cada uno para que sean posibles la convivencia social y el respeto mutuo. (...) Todo grupo que busque una cierta estabilidad y permanencia requiere un mínimo de institucionalización»[68].

 

Los que rechazan toda moral («prohibido prohibir»), son unos hipócritas, pues ellos quieren imponernos sus normas. Ya dijo Ortega y Gasset: «De la moral, no es posible desentenderse»[69].

 

A veces, en los medios de comunicación, aparecen personas, cuya vida desordenada es de dominio público, que manifiestan que no se arrepienten de nada: no sé si por ignorancia de la moral o por soberbia redomada. Pretenden que esté bien todo lo que ellos hacen. Sin embargo «la ausencia del sentimiento de culpabilidad no es ningún signo de progreso, sino que revelaría más bien una estructura psicológica deficiente. El fracaso de un proyecto humano o religioso, aunque no sea absoluto y definitivo, tiene que producir en una persona normal ciertas reacciones interiores que no la dejen tranquila e inmutable como si nada hubierta pasado. La culpabilidad, como el dolor o la fiebre en los mecanismos biológicos, hace sentir el mal funcionamiento de la persona y el deseo de una curación eficaz»[70].

 

Hay personas que han perdido el sentido del pecado y rechazan la doctrina de la Iglesia cuando señala que una cosa es pecado. Dicen: «Yo no veo que eso sea pecado; además lo hace todo el mundo».

Eso no prueba nada.

Las cosas no se convierten en buenas por ser frecuentes: drogas, terrorismo, violaciones, etc.

Además la opinión de la mayoría no cambia la realidad observada por un entendido.

 

Hoy los famosos del arte, del deporte o del espectáculo se presentan como pedagogos de la sociedad. La tribuna se la facilitan los medios de comunicación: la revista, el micrófono o la cámara. Ellos hablan de todo, y de todo pontifican: sobre política, sobre religión, sobre moral, sobre la educación de los hijos, sobre las relaciones sexuales prematrimoniales, etc. Y el modelo, naturalmente, es lo que ellos hacen.

 

Que un experto dé su opinión sobre lo que entiende, es razonable. Pero que el famoso de turno dogmatice de lo que no sabe, es lamentable.

 

Decía Pascal: «Algunos justos se consideran pecadores, pero muchos pecadores se consideran justos»[71]. Dicen: «No tengo que arrepentirme de nada». Su soberbia les ciega.

 

La moral no puede cambiar con las modas de cada época.

Hoy está de moda permitir el aborto; pero siempre será una injusticia condenar a muerte a una persona inocente.

Hoy está de moda la democracia; pero la verdad y el bien no dependen de lo que diga la mayoría. Son valores absolutos.

Una minoría de entendidos vale más que una mayoría que no lo es.

Si se trata de la salud, vale más la opinión de tres médicos que el resto de un grupo mayoritario formado por una peluquera, un carpintero, una profesora de idiomas, un arquitecto, etc.

Lo mismo si se trata de pilotar un avión o de moral.

La democracia sólo es válida cuando todos los que opinan entienden del tema, por ejemplo en una consulta de médicos. Pero no basta la opinión de la mayoría, si ésta no entiende del tema.

Para saber si es verdad que la Tierra da vueltas alrededor del Sol, no lo sometes a votación en una tribu de la selva amazónica, que desconocen el tema.

Aunque todo el mundo dijera que el agua de tal fuente es potable, porque no ven en ella ningún microbio, si el encargado de la Salud Pública, ayudado de su microscopio, dice que el agua está contaminada, no se puede beber, aunque la gente no vea en ella nada malo.

La democracia mal empleada puede ser funesta. En frase de Francisco Bejarano «los ignorantes son muchísimo más numerosos que los sabios y los votos de unos y otros valen lo mismo»[72].

 

La Iglesia tiene una especial asistencia de Dios para llevar los hombres a la salvación, es decir, para señalar lo que es bueno o es malo.

«Someter una cuestión ética a votación, no garantiza la bondad moral de la solución vencedora. (...) Una actuación es ética o no lo es, independientemente de las opiniones personales de los votantes»[73] .

 

Sobre la democracia Ortega y Gasset tiene estas ideas:

«Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. (...) Vivimos bajo el brutal imperio de las masas. (...) La soberanía del individuo no cualificado. (...) En nuestro tiempo domina el hombre-masa; es él quien decide. (...) Las masa populares buscan pan, y el medio que emplean es destruir la panaderías»[74].

 

«Es una falacia muy extendida hoy día, que es demagógica y falsa: “el pluralismo democrático exige el relativismo ético”. Como si el respeto a la libertad de los demás se