66,10.
También entran en este mandamiento las relaciones entre superiores y
subordinados, patronos y obreros, etc.
La organización
de la sociedad exige que haya quien mande y haya
quien obedezca. Por eso, el poder de la autoridad viene de Dios, y también por
eso la autoridad debe ejercerse según la ley de Dios. Los que mandan deben
hacerlo con justicia y delicadeza; y los que obedecen, con respeto, fidelidad y
sumisión.
Lo mismo que
los súbditos tienen la obligación de obedecer, las Autoridades tienen la
obligación de mandar según
«La
implantación en el mundo de la doctrina social de la Iglesia es una aspiración
de todo buen cristiano (...)
»Después de
la conversión del emperador romano Constantino se fueron convirtiendo al
cristianismo los diversos pueblos del norte de Europa que culminó con la
conversión del sajón Otón y la
fundación del Sacro Imperio Romano-Germánico, columna vertebral de la Edad
Media»[1].
«Durante
«La sociedad
medieval fue una sociedad anclada en la fe. (...) Lo que creía el aldeano era lo
que creía el emperador y el papa»[3].
«La
generalidad de los autores coinciden en ver en el siglo XIII el siglo de oro
medieval»[4].
Característico de
«Las Órdenes
Militares nacieron con fines no estrictamente militares o guerreros, sino más
bien caritativos y benéficos: para proteger y dar morada a los peregrinos. (...)
La primera de ellas, cronológicamente hablando, fue la de los Caballeros
Hospitalarios de San Juan.(...) La segunda fue la de los Templarios, fundada
también para la protección de los peregrinos que llegaban a Tierra
Santa»[5]
Muchos
peregrinos morían a manos de los musulmanes que dominaban la
zona.
Los Templarios
fueron disueltos por el Papa
Clemente V, por presión del rey
francés Felipe IV el Hermoso, que
ansiaba apoderarse de los bienes acumulados por esta Orden Militar, y la acusó
de herejía y corrupción. Pero la historiadora italiana Bárbara Frale ha demostrado que esta
acusación fue calumniosa. Su estudio la ha presentado en la publicación de
estudios históricos y arqueológicos Hera[6].
Digamos algo
de Las
cruzadas.
A partir de
la fundación del Islam por Mahoma,
el año 622, empezó el expansionismo de los mahometanos que llegaron hasta
Austria y sitiaron a Viena.
Jerusalén
fue tomada por Omar, que levantó
su mezquita en la explanada del templo.
Los
musulmanes hostigaban y hasta martirizaban a los cristianos que peregrinaban a
Tierra Santa. Pedro el Ermitaño
peregrinó a Jerusalén, y al ver la triste situación en que se
encontraban los Santos Lugares, al volver, convenció al Papa Urbano II que era necesario reconquistar
los Santos Lugares para que los cristianos pudieran peregrinar a ellos sin
peligro de su vida.
El Papa
Urbano II convocó un concilio en
Clermont-Ferrand en 1095 del que surgió
La consigna
de las cruzadas era «Dios lo quiere».
Como en
todas las cosas humanas, en las cruzadas se mezclaron las luces con las sombras.
Pero tomadas en conjunto fueron la manifestación del espíritu cristiano de la
época, y la ocasión de innumerables actos de
heroísmo.
Vittorio Messori
en su libro Leyendas negras de la Iglesia, hablando
del Profesor de Historia y Sociología de la Universidad de Bruselas Moulin, uno de los intelectuales más
prestigiosos de Europa, cita estas palabras: «Haced caso de este viejo
incrédulo, que sabe lo que dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana
es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala
conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia
historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han
conseguido convencernos de que sois los responsables de todos, o casi todos, los
males del mundo. (...) Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo
falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento
histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre, ignorantes de
vuestro pasado, habéis acabado por creerlo. Hasta el punto de respaldarlos. En
cambio, yo (agnóstico, pero también historiador que trata de ser objetivo) os
digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. (...) Tras un balance de
veinte siglos de cristianismo las luces prevalecen ampliamente sobre las
tinieblas»[7].
En el clima de cristiandad de su tiempo se explica la Inquisición.
No es justo
juzgar a la Inquisición con los criterios de hoy. Hay que hacerlo con los
criterios de entonces.
«En una
sociedad en la que la fe constituía la base y garantía de la convivencia, el que
atentaba contra la fe era el equivalente de lo que para nosotros es el
terrorista. (...) Actualmente consideramos bienhechores a los que previenen
epidemias físicas. Pero cuando se pone en primer lugar la salvación del
espíritu, se consideran bienhechores a los que combaten las enfermedades del
alma»[8].
Por otra
parte conviene advertir que
Hoy en
España tenemos una sociedad que nos ha llenado de cosas, pero nos ha vaciado de
Dios. Tenemos muchos aparatos electrodomésticos e informáticos, pero la cultura
que domina ignora a Dios y a
66,11. La cuestión social se ha agravado
profundamente en nuestro tiempo, por el poco caso que se ha hecho de la doctrina
social de la Iglesia[10] .
La solución
está en que nos convenzamos de que todos somos hermanos, y por lo tanto, debemos
ayudarnos mutuamente[11] . El
que tiene más debe dar al que tiene menos, pues todos los hombres deben gozar
suficiente - pero moderadamente- de los bienes de este mundo.
«El
cristiano rico no se regocija de su condición, pues sabe que su riqueza le
impone deberes; no ama la riqueza, sino a sus hermanos; y en la riqueza ve un
recurso para ayudarles»[12] .
Lo que pasa
es que muchos que se dan el nombre de cristianos -y con sus obras demuestran que
no lo son- no quieren hacer caso de lo que manda la Iglesia.
Pío
XI se quejaba amargamente: «es en
verdad lamentable que haya habido, y aun ahora haya, quienes llamándose
católicos apenas se acuerdan de la sublime ley de la justicia y de la caridad en
virtud de la cual nos está mandado no sólo dar a cada uno lo que le pertenece,
sino también socorrer a nuestros hermanos necesitados como al mismo Cristo.
ȃsos, y
esto es lo más grave, no temen oprimir a los obreros por espíritu de lucro.
»Hay,
además, quienes abusan de la misma religión y se cubren con su nombre en las
exacciones injustas para defenderse de las reclamaciones completamente justas de
los obreros. No cesaremos nunca de condenar semejante conducta; esos hombres son
la causa de que la Iglesia, inmerecidamente, haya podido tener la apariencia y
ser acusada de inclinarse de parte de los ricos, sin conmoverse ante las
necesidades y estrecheces de quienes se encontraban como desheredados de su
parte de bienestar en esta vida»[13] .
Jesucristo no se
presentó como un nuevo Espartaco
proclamando la libertad de los esclavos con las armas en la mano.
Jesucristo acabó con
la esclavitud, pero no con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de su
doctrina.
Las
injusticias no se vencen con el odio, sino haciendo a los hombres mejores. El
odio cambia una injusticia por otra. Lo único que hace mejores a los hombres es
el amor al prójimo.
Para hacer
mejor a la humanidad, no hay otra doctrina que supere a
Convenzámonos que mientras todos
-los de arriba y los de abajo- no obedezcamos a nuestra Santa Madre la Iglesia,
el mundo no se arreglará. El odio y el egoísmo no pueden sustentar la verdadera
paz.
La doctrina
social de la Iglesia no es dinamita que destroza, sino levadura que transforma
lentamente.
Toma enorme
impulso con Pío XI en sus
encíclicas Quadragessimo anno (1937)
a los cuarenta años de
Juan XXIII
dejó dos importantes encíclicas:
Mater et Magistra (!961)
sobre el cristianismo y el progreso social, y Pacem in terris (1965) sobre los
derechos humanos.
Pablo VI,
entre otros documentos, dejó
Populorum Progressio (1967)
sobre el desarrollo de los pueblos, y Octogessima Adveniens (1971) sobre
las ideologías.
Juan Pablo II
ha dejado varias encíclicas muy
importantes:Laborem exercens (1981)
sobre el trabajo, Sollicitudo rei
socialis (1987) sobre el desarrollo, y Centesimus annus (1991) sobre el
orden económico.
66,12.
Pío XII les dijo a los católicos
austríacos: «La lucha de clases nunca podrá ser el objetivo de la doctrina
social católica»[16] .
«Se equivoca
-dice Pío XII a los trabajadores
italianos el 1º de mayo de 1953- quien piensa que sirve a los intereses del
obrero con los viejos métodos de la lucha de clases».
Hay que
conseguir una colaboración de las clases, basada en la confianza y en el mutuo
cumplimiento de los deberes sociales.
Salvador de
Madariaga, conocido intelectual republicano,
dijo que para los marxistas la lucha de clases no es un medio, sino un fin: en
las situaciones en que hay bienestar y paz social, procuran acabar con esto y
crear la lucha de clases[17] .
Dijo
Juan Pablo II en Brasil:
«La
liberación cristiana usa medios evangélicos y no recurre a ninguna forma de
violencia, ni a la dialéctica de la lucha de clases o a la praxis o análisis
marxista»[18] ...
«La lucha de
clases no conduce al orden social porque corre el riesgo de invertir las
situaciones de los contendientes, creando nuevas situaciones de injusticia»...
«Rechazar la
lucha de clases es optar decididamente por una noble lucha en favor de la
justicia social»...
«El bien
común de una sociedad exige que esa sociedad sea justa. Donde falta la justicia,
la sociedad está amenazada desde dentro. Eso no quiere decir que las
transformaciones necesarias para llevar a una mayor justicia deban realizarse
con la violencia, la revolución ni el derramamiento de sangre, porque la
violencia prepara una sociedad violenta, y nosotros los cristianos no la podemos
admitir. Pero hay transformaciones sociales, a veces profundas, que deben
realizarse constantemente, progresivamente, con eficacia, y con realismo, por
medio de reformas pacíficas»[19] .
La Iglesia,
en sus veinte siglos de existencia, ha tenido que vivir en medio de las
estructuras sociales más diversas.
Y siempre,
en todos los ambientes, ha trabajado por la implantación de la justicia social.
No por medio
de una revolución sangrienta, sino por medio de su doctrina y de su influjo.
Y lo mismo
que en la antigüedad abolió la esclavitud e instituyó los gremios -verdaderas
familias de productores, que tan buenos frutos dieron para el equilibrio social
y buena distribución de las riquezas[20] -, así
en nuestra época abolirá la injusticia social, consecuencia del capitalismo
liberal; y se impondrá la hermandad cristiana que armonice las relaciones entre
todos los hombres.
«La igual
dignidad de las personas humanas exige el esfuerzo para reducir las excesivas
desigualdades sociales y económicas, e impulsa a la desaparición de las
desigualdades inicuas»[21] .
«La Iglesia
se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos,
y en las relaciones socio-económicas»[22] .
El
cumplimiento de la doctrina social de la
Iglesia, por parte de todos, hará que patronos y obreros vivan en
perfecta concordia y bienestar. Esta colaboración de unos y otros para la
implantación de la doctrina de la Iglesia es la que ha de solucionar el problema
social.
La Iglesia
da las directrices; pero ella sola no puede[23] .
Necesita la
colaboración de todos. Ella da la doctrina, pero las realizaciones dependen de
los hombres[24] . La
Iglesia no tiene soluciones técnicas, pero sí orientaciones
morales.
«El
Magisterio Social de la Iglesia no presenta soluciones técnicas para los
problemas sociales»[25].
«El objetivo
de
La Iglesia
no impone su enseñanza moral, pero ofrece principios iluminadores, pues es
«experta en humanidad»[27].
La empresa
moderna es muy distinta de la del siglo pasado.
Ha avanzado
mucho, pero todavía no ha llegado a la meta que desea
«El
reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sujeto de derechos
inalienables, se encuentra en los fundamentos de toda la enseñanza social de la
Iglesia»[28]
Como dijo el
Papa Pío XI el capitalismo, en sí,
no es malo; pues
Pero «viola
el recto orden de la justicia cuando esclaviza al obrero despreciando su
dignidad humana»[29] .
«Los
responsables de las empresas están obligados a considerar el bien de las
personas, y no solamente el aumento de las ganancias»[30] .
66,13. «Las
empresas económicas son comunidades de personas, es decir, de hombres libres y
autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en cuenta las diversas
funciones de cada uno -propietarios, administradores, técnicos y trabajadores-,
y quedando a salvo la necesaria unidad en la dirección, se ha de promover la
activa participación de todos en la gestión de la empresa, según formas que
habrá que determinar con acierto.
»Con todo,
como en muchos casos no es a nivel de empresa, sino en niveles institucionales
superiores, donde se toman las decisiones económicas y sociales, de las que
depende el porvenir de los trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores
participar también en semejantes decisiones por sí mismos o por medio de
representantes libremente elegidos.
»Entre los
derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el derecho a fundar libremente asociaciones obreras que
representen auténticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta
ordenación de la vida económica, así como también el derecho de participar
libremente en las actividades de las asociaciones, sin riesgo de represalias.
»Por medio
de esta participación organizada, que está vinculada al progreso en la formación
económica y social, crecerá más y más entre los trabajadores el sentido de la
responsabilidad, que les llevará a sentirse sujetos activos, según sus medios y
aptitudes propias, en la tarea total del desarrollo económico y social del logro
del bien común universal.
»En caso de
conflictos económico-sociales hay
que esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas.
»Aunque se
ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin
embargo, en la situación presente, la
huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la
defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los
trabajadores.
»Búsquense,
con todo, cuanto antes, caminos para negociar y reanudar el diálogo
conciliatorio»[31] .
«La huelga
es un método reconocido por
»Admitiendo
que es un medio legítimo, se debe subrayar al mismo tiempo que la huelga sigue
siendo, en cierto sentido, un medio extremo. No se puede abusar de él;
especialmente en función de “los juegos políticos”. Por lo demás, no se puede
jamás olvidar que cuando se trata de servicios esenciales para la convivencia
civil, éstos han de asegurarse en todo caso, mediante medidas legales
apropiadas, si es necesario.
»El abuso de
la huelga puede conducir a la paralización de toda la vida socio-económica, y
esto es contrario a las exigencias del bien común de la
sociedad»[32] .
La admisión
de la huelga no legitima el empleo de medios injustos de presión huelguista como
la calumnia, la mentira, las amenazas contra las personas, el sabotaje, y, en
general, los medios llamados de acción directa.
Se requiere
asimismo que la huelga no vaya más lejos de lo que sea necesario para conseguir
la finalidad de reparación de la injusticia o consecución de la mejora
justamente pretendida.
«La huelga
resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias, o también
cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con
las condiciones de trabajo, o contrarios al bien común. El beneficio a obtener
debe ser proporcionado a los males que ocasiona»[33]
«Nadie está
obligado en conciencia a tolerar la injusticia cometida contra él. Obran
rectamente las personas que defienden sus propios derechos, respetando siempre
los derechos de los demás.
»Frente a la
injusticia cabe, pues, una legítima oposición. Esta acción en contra de la
injusticia establecida es tarea propia tanto de
»El Estado
mantiene el orden justo principalmente mediante las leyes, la fuerza publica y
la acción de los tribunales.
»Los
ciudadanos disponen de dos medios extraordinarios para oponerse a la injusticia
social: la huelga y, en casos extremos, la revolución»[34] .
La Iglesia
siempre ha defendido el derecho de los obreros a organizarse en sindicatos, pero
«los sindicatos han de defender los legítimos intereses y derechos de los
trabajadores bajo el criterio superior del bien común»[35].
66,14.
«Mucho más extrema que la huelga, por la complejidad de implicaciones de todo
orden que lleva consigo, es la
revolución como recurso de oposición a la injusticia, no limitado ya
al campo económico, sino insertado en la línea política.
»La doctrina
tradicional católica ha reconocido siempre su legitimidad, cuando se dan
determinadas condiciones, como instrumento para liberarse de la injusticia
padecida por un pueblo, y siempre que su puesta en marcha represente un mal
menor comparado con las consecuencias desastrosas provocadas por el régimen de
injusticia establecido en la sociedad»[36] .
Y que se
hayan agotado todos los otros recursos, haya esperanza fundada de éxito, y sea
imposible prever razonablemente soluciones mejores[37] .
A esta
posibilidad se refería Pablo VI en
»Sin
embargo, como es sabido, la insurrección revolucionaria, salvo en el caso de
tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos
fundamentales de la persona y dañase peligrosamente al bien común del país,
engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas
ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor».
Pablo
VI, en la tradicional audiencia
colectiva del primero de año al Cuerpo Diplomático acreditado ante
«La Iglesia
no puede aprobar a quienes pretenden alcanzar este objetivo tan noble y legítimo
a través de la subversión violenta del derecho y del orden social. La Iglesia
tiene conciencia, es cierto, de adoptar con su Doctrina, una revolución, si con
este término se entiende un cambio de mentalidad, una modificación profunda de
la escala de valores.
»Tampoco
ignora la fuerte atracción que la idea de revolución, entendida en el sentido de
un cambio brusco y violento, ejerce en todo tiempo en algunos espíritus ávidos
de lo absoluto, de una solución rápida, enérgica y eficaz, como ellos piensan,
del problema social, y con gusto en ella verían la única vía que conduce a la
justicia.
»En
realidad, la acción revolucionaria engendra ordinariamente toda una serie de
injusticias y de sufrimientos, porque la violencia desencadenada es difícil de
controlar y actúa tanto contra las personas como contra las estructuras. No es,
por tanto, a los ojos de la Iglesia, una solución apta para remediar los males
de la sociedad»[38] .
«He aquí
otro criterio fundamental que ha de orientar la acción de los católicos en la
sociedad: la Iglesia no prohíbe, sino que recomienda a sus fieles que colaboren
con todos los hombres de buena voluntad en la construcción de una sociedad más
justa»[39] .
«No
corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad
política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la
vocación de los seglares»[40] .
«La
diversidad de regímenes políticos es legítima con tal que promuevan el bien de
la comunidad»[41] .
«La
autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en
cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos.
»Si los
dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden
moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia»[42] .
«El
ciudadano tiene obligación, en conciencia, de no seguir las prescripciones de
las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias
del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas
del Evangelio, pues dice la Biblia[43] que
«hay que obedecer a Dios antes que a los
hombres»[44] .
«El bien
común comporta tres elementos esenciales: el respeto y la promoción de los
derechos fundamentales de la persona; la prosperidad o el desarrollo de los
bienes espirituales y temporales de la sociedad; y la paz y la seguridad del
grupo y de sus miembros»[45] .
«Todos los
hombres gozan de una misma dignidad»[46] .
Los ateos
atacan al cristianismo como alienación que atrofia la iniciativa y el trabajo
del hombre[47] .
Piensan que
el fenómeno religioso es alienante, porque creen que la afirmación de la
existencia de Dios aparta al creyente del empeño por la realización del mundo y
del hombre, pues lo engaña con la utopía de un paraíso futuro.
Pero no es
así.
El plan de
Dios y el Evangelio dicen que «el hombre es responsable de su desarrollo lo
mismo que de su salvación»[48] .
El
cristianismo «enseña que la importancia de las tareas terrenas no es disminuida
por la esperanza del más allá»[49] . «Por
el contrario, obliga a los hombres aún más a realizar estas
actividades»[50] .
«La obra
redentora de Cristo, aunque de
suyo se refiere a la salvación de los hombres, se propone también la
restauración de todo el orden temporal»[51] .
«Pertenece a
la misión de la Iglesia emitir un juicio moral sobre las cosas que afectan al
orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la
salvación de las almas»[52] .
«La Iglesia,
como heredera de la doctrina y de la misión de Cristo, tiene que juzgar, desde el punto de
vista moral, las actividades de los hombres. Tiene que dar a sus miembros, por
medio de sus maestros, orientaciones morales para que en toda su vida, tanto
privada como pública, puedan proceder conforme a la doctrina del
Evangelio»[53] .
Es evidente
que la Iglesia, en cuanto tal, no tiene la función de edificar el mundo temporal[54] .
Pero «se
equivocan los cristianos que consideran que pueden descuidar las tareas
temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más
perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno»
[55] .
«El plan de
Dios sobre el mundo es que los hombres instauren con espíritu de concordia el
orden temporal y lo perfeccionen sin cesar»[56] .
«El
cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el
prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su
eterna salvación»[57] .
Los
seglares no pueden limitarse a trabajar por la edificación del Pueblo de Dios o
la salvación de su alma para la eternidad, sino que han de empeñarse en la
instauración cristiana del orden temporal.
Por su
situación en el mundo, los seglares son los responsables directos de la
presencia eficaz de la Iglesia en cuanto a la organización de la sociedad en
conformidad con el espíritu del Evangelio.
«Cuando
La denuncia
por la denuncia no vale, y menos todavía la denuncia por el sensacionalismo a
estilo periodístico.
La denuncia
es para la corrección del mal. La prudencia aconsejará si es o no conveniente.
Se han
presentado ocasiones en que la jerarquía eclesiástica quería denunciar
públicamente situaciones de opresión e injusticia, especialmente en países
comunistas, y los cristianos de estos países han pedido que no lo hicieran,
porque habría represalias que crearían una situación
peor.
Un caso
histórico se dio cuando la persecución hitleriana a los judíos; muchos querían
que el Papa protestase públicamente.
Y fue mucho
más eficaz su trabajo en comisiones y delegaciones, consiguiendo la libertad de
muchos judíos. Hecho que fue reconocido y agradecido públicamente por los
mismos.
El
historiador jesuita francés, Pierre Blet,
que ha publicado, en doce volúmenes, los documentos de
«Su denuncia
habría impulsado a Hitler a
agravar la suerte de los judíos»[60] .
Marcus Melchior,
rabino jefe de Dinamarca que
sobrevivió al HOLOCAUSTO dijo: «Si el Papa hubiera hablado Hitler hubiera masacrado a muchos más de
los seis millones de judíos»[61].
Pío XII
pensaba hacer una declaración en
favor de los judíos, pero
Un LIDER
JUDíO ITALIANO APOYó EL SILENCIO DE PíO
XII. Afirma:«Mis padres se salvaron al encontrar refugio en un
convento». «Creo que Pío XII sólo
podía actuar de la manera en que lo hizo. Sabía que si hubiera tomado una
posición oficial contra Hitler las
persecuciones se dirigirían también contra los católicos».
Estas han
sido las declaraciones de Massimo
Caviglia, director de la revista
«Shalom», el mensual más difundido y autorizado de la comunidad
hebrea italiana. Según Caviglia,
el auténtico espíritu del Papa Pacelli (Pío
XII) está comprobado por el hecho de que, «en privado, ayudó a los
hebreos, dándoles asilo en las estructuras eclesiásticas. Mis padres se salvaron
al encontrar refugio en un convento»[63] .
«La relación
del Papa Pacelli con el judaísmo
se convierte cíclicamente en actualidad. Algunos sectores le acusan de haber
guardado «silencio» durante el Holocausto. Por su parte, Juan Pablo II siempre ha defendido la labor
de su predecesor, hasta el punto de que ha alentado su causa de
beatificación.
Para arrojar
nueva luz sobre el argumento, sale en estos momentos la edición italiana del
libro de sor Margherita Marchione
en el que se recogen testimonios de judíos salvados por la Iglesia y el
pontífice en aquellos años oscuros. Pío
XII «hizo todo lo posible», explica la religiosa. «Basta citar al
comisario de la Unión de las Comunidades Israelitas Italianas,quien en
"L'Osservatore Romano" del 8 de septiembre de 1945 dice textualmente: "En primer
lugar, ofrecemos un reverente homenaje de reconocimiento al Sumo Pontífice, a
los religiosos y a las religiosas que, aplicando las orientaciones del Santo
Padre, no han visto en los perseguidos a hebreos, sino a
hermanos"».
Renzo de
Felice, uno de los historiadores más
rigurosos de Italia, hizo la lista de los 150 monasterios de la ciudad de Roma
en la que se encontraban escondidos los judíos para defenderse de la ocupación
nazi.
La autora
del libro no tiene la menor duda: «ante el drama del genocidio, Pío XII no fue un espectador impasible».
La documentación que lo atestigua es monumental. «Existen doce volúmenes de
documentos del archivo vaticano en el que se ofrece la prueba de que el Santo
Padre hizo todo lo que era posible y que los judíos quedaron sumamente
agradecidos»[64].
El padre
jesuita Peter Gumpel, catedrático
emérito de
Dice el
P.Gumpel: «Creo que no existe en
el mundo una figura pública que haya recibido tantas muestras de agradecimiento
y reconocimiento por parte de la comunidad judía como Pío XII».
Según el
historiador Peter Gumpel, fuentes
judías confirman que Pío XII, con
su intervención, salvó a 800.000 hebreos[67].
James Bogle
dice que el diplomático israelí
Pinchas Lapide alabó al Papa
Pío XII en su libro The Last Three Popes and the Jews. Lapide mostró que el Papa salvó más vidas
judías que todas las potencias aliadas juntas[68]. En un
documentado estudio afirma que salvó a 850.000 judíos de manos de los
nazis[69].
David Dalin,
rabino de Nueva York, destacada
personalidad en el mundo judío, afirma en un artículo publicado en
Existe una
actitud de prudencia. Muchas veces se da el nombre de prudencia a la cobardía;
eso es malo. Pero la temeridad agresiva puede tomar el nombre de valor, y
también es malo.
![]()
Si queremos
que la denuncia sea eficaz tenemos que hacerla primeramente con toda la verdad,
es decir, que sea verdad lo que denunciamos y estar ciertos de que estamos en
Hoy se habla
mucho de los derechos humanos.
Todos los
aceptan.
Pero no
todos los cumplen.
Los derechos
humanos se basan en el dignidad de la persona humana. Y la Iglesia es la que más
valora al hombre, pues para Ella es hijo de Dios[71] .
Por citar
las más modernas podríamos decir lo siguiente:
La primera
ley sobre el descanso dominical, aprobada por el Parlamento francés, fue
propuesta por diputados católicos.
El primer
comité o consejo de empresa, fue instituido en 1885 por el empresario católico
francés León Harmel, en su fábrica
Val-des-Bois.
La
implantación obligatoria del Seguro de Enfermedad fue propuesta en 1900 en
Francia por el sacerdote Lemir.
No es
cierto, por tanto, que los católicos hayamos llegado siempre
tarde[72] .
«La
restauración cristiana de la sociedad, como uno de los objetivos de la misión de
la Iglesia en el mundo, no significa que sean los cristianos, ni los católicos
los únicos capaces de respetar los derechos de la persona humana, de defender la
legítima libertad de los pueblos o de instaurar un régimen de justicia. Hay
hombres, incluso no creyentes, que aspiran a conseguir los mismos objetivos. El
esfuerzo de la Iglesia no se contrapone, sino que se suma, a los esfuerzos de
estos hombres de buena voluntad, y los católicos comparten con ellos el afán y
los proyectos para construir una ciudad secular más libre, más justa, más
humanizada, más habitable para el hombre, de manera que todos contribuyan a
realizar en el mundo el plan de Dios»[73] .
Por
esto afirma el Vaticano II:
«El
Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo
se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya, o que incesantemente
se fundan, en la humanidad.
»Declara,
además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales instituciones en lo
que de ella dependa, y pueda conciliarse con su misión propia.
»Nada desea
tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier
régimen político que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la
familia, y los imperativos del bien común»[74] .
Hagamos los
hombres mejores si queremos un mundo mejor. Para cambiar el mundo
no basta cambiar las estructuras.
«Es cierto
que un mundo injusto dificulta gravemente el cambio de las personas.
»Pero sería
una coartada atribuir todo el mal a unas impersonales estructuras que serían el
chivo expiatorio de todos nuestros errores personales.
»Jesús coloca como primario y fundamental el
tema de la responsabilidad personal de cada hombre en ese cambio
necesario»[75] .
El 30 de
diciembre de 1987, Juan Pablo II
publicó la séptima de sus encíclicas titulada Sollicitudo rei socialis, es decir,
«preocupación por la cuestión social». De ella son estos
párrafos:
«El objetivo
de la paz, tan deseado por todos, sólo se alcanzará con la realización de la
justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que
favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos para construir juntos
dando y recibiendo una sociedad nueva y un mundo mejor»(nº39).
«La Iglesia
no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo, en
cuanto tal, no propone sistemas o programas económicos o políticos, ni
manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre
sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para
ejercer su ministerio en el mundo»(nº14).
«La doctrina
social de la Iglesia no es una “tercera vía entre el capitalismo liberal y el
colectivismo marxista” se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de
las personas»(nº41).
«Un
desarrollo sólo económico no es capaz de liberar al hombre: al contrario, lo
esclaviza todavía más. Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural,
transcendente y religiosa del hombre y de la sociedad, contribuiría aún menos a
la verdadera liberación»(nº6).
«Todos
estamos llamados, más aún, obligados, a ese tremendo desafío... Cada uno está
llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica, que hay que realizar
con medios pacíficos para conseguir el desarrollo de la
paz»(nº47).
«Quiero
dirigirme a todos los hombres y mujeres sin excepción, para que convencidos de
la gravedad del momento presente, y de la respectiva responsabilidad individual,
pongamos por obra -con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los
bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las
decisiones económicas y políticas, y con la actuación a nivel nacional e
internacional- las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor
preferencial por los pobres»(nº47).
El hombre
materialista ha levantado un altar a los ídolos del dinero, el sexo y el poder.
En su
adoración corre tras la felicidad sin conseguirla.
Como los
galgos que corren tras la liebre mecánica sin alcanzarla jamás.
O como el
que corre tras su sombra para alcanzarla sin poder
conseguirlo.