67.- EL QUINTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS ES: NO MATARÁS.

 

67,1. Este mandamiento ordena no hacer daño a la propia vida o a la de otros con palabras, obras o deseos (odio); es decir, querer bien a todos y perdonar a nuestros enemigos.

El desear la muerte a sí mismo o a otro, es pecado grave, si se hace por odio[1] o desesperación rebelde[2] .

«El odio es incapaz de liberar a nadie. El odio sólo sirve para fomentar el odio, y en la historia humana nadie ha conseguido ser libre gracias al odio. El odio nunca está justificado para un cristiano»[3] .

«Para ser feliz hay que tener el corazón en paz. El que odia no vive feliz. El odio hace daño al que odia. Ese rencor le destruye por dentro»[4].

 

Las riñas, los insultos, las injurias, etc., pueden, a veces, llegar a ser pecado grave si se desea en serio un mal grave a otro, si se falta gravemente a la caridad, y si son la exteriorización del odio.

Pero de ordinario no lo son, ya sea por inadvertencia, ya porque no se les dé importancia, etc.

Cuando dos riñen, de ordinario cada uno tiene la mitad de la razón y la mitad de la culpa; pero cada cual mira la parte que él tiene de razón y la que el otro tiene de culpa. Por eso no se ponen de acuerdo.

Las riñas empiezan generalmente por pequeñeces, pero con el calor de la discusión se van desorbitando hasta terminar en enemistades  profundas..., y, a veces, en crímenes.

Lo mejor en las riñas es cortarlas desde el principio sin permitir que adquieran grandes proporciones.

Y si uno se encuentra de mal humor, seguir el consejo de aquel inglés que contaba hasta diez antes de contestar.

Con calma y con sensatez se evitarían muchas riñas nacidas generalmente por pequeñeces.

Si estás airado, calla. Aunque tengas tú la razón.

Dirás más de lo que quisieras, y luego te pesará.

Nunca te arrepentirás de haber callado.

En cambio, ¡cuántas veces quisieras poder sujetar las palabras que lanzaste a volar! Y esto ya no es posible.

 

Un diálogo sincero es difícil.

Hay que aprender a dialogar.

Hay que saber descubrir la parte de verdad que hay en el punto de vista del otro. Ponerse en equilibrio no es buscar el término medio, sino buscar la verdad completa que puede surgir de lo que aporta cada parte.

 

67,2. La venganza personal no está permitida en ningún sentido. Cristo la prohibió[5] . Porque si fuese permitida, no se podría vivir en el mundo. Todos nos creeríamos con derecho a vengarnos de alguien.

No: hay que perdonar a los enemigos, y dejar que Dios los castigue en la otra vida, y la Autoridad Pública en este mundo. Como dice San Pablo, hay que saber «vencer al mal con el bien»[6] .

 

«Tal vez, la afirmación más radical que hizo Jesús fue: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»[7] .

»Jesús describe la misericordia de Dios no sólo para mostrarme lo que Dios siente por mí, o para perdonarme los pecados y ofrecerme una vida nueva y mucha felicidad, sino para invitarme a ser como Dios, y para que sea tan misericordioso con los demás como lo es Él conmigo»[8] .

 

«Con frecuencia aquellos que no perdonan a sus semejantes cometen los mismos pecados que critican»[9] .

Es necesario saber perdonar a las personas que nos hayan ofendido.

«La experiencia enseña que quien descuida la oportunidad de hacer bien a su prójimo porque ha sido anteriormente ofendido por él, suele ser también culpable»[10] .

Es, desde luego, indispensable estar dispuestos a conceder el perdón si nos lo piden, quedándonos satisfechos con una moderada reparación.

Quien niega el perdón a su hermano, es inútil que espere el perdón de Dios. En el Padrenuestro  tiene su sentencia: como él no perdona, tampoco Dios le perdonará. Lo dijo Jesucristo[11] .

 

Y no seamos fáciles en echar al otro toda la culpa.

Ordinariamente la culpa hay que repartirla entre los dos.

Uno fue el que empezó, pero el otro contestó con ofensa más grave.

Si los dos están esperando a que sea el otro el que se adelante a pedir perdón, la cosa no se arreglará nunca.

El que sea más generoso con Dios, es el que debe tomar la iniciativa.

 

Cristo habla de poner la otra mejilla[12] .

Es una fórmula oriental hiperbólica, para dar a entender que debemos estar dispuestos al perdón; pero no es para que lo entendamos al pie de la letra.

El mismo Cristo al ser abofeteado[13]  no puso la otra mejilla, sino que respondió con toda energía, verdad y dominio propio: «Si he respondido mal, muestra en qué; mas si bien, ¿por qué me hieres?»[14] .

Si la culpa ha sido nuestra, tenemos obligación de pedir perdón de alguna manera.

Pero incluso aunque sea claro que toda la culpa es del otro, da una muestra de virtud el que se adelanta a otorgar el perdón, por ejemplo, dirigiéndole amablemente la palabra, ofreciendo un servicio, reanudando el saludo, etc. Durante un tiempo puede manifestarse el disgusto, por ejemplo, con una actitud más seria y distanciada; pero esto no debe durar indefinidamente.

 

Salvo en algunos casos excepcionales de ofensas gravísimas, es muy de aconsejar que al cabo de cierto tiempo se reanuden los saludos ordinarios entre gente educada.

Negar el saludo no es cristiano. Si el otro no contesta allá él; pero que la cosa no quede por tu parte.

 

Cuando han fracasado ya varios intentos de reconciliación, o el otro se niega obstinadamente a devolver el saludo, o si parece cierto que nuestro esfuerzo por la reconciliación puede ahondar la mala voluntad del otro, será mejor esperar otra ocasión.

Pero no abandonar el deseo de reconciliación, ni escudarse en esta dificultad para no reconciliarse, por no desearlo.

Nuestra voluntad de reconciliación debe ser sincera.

Si el otro no quiere saludarnos o hablarnos, nosotros debemos estar dispuestos a hablarle cuando él lo desee, y saludar cuando él nos salude.

Adelantarse a reanudar el saludo es una prueba de virtud superior.

A veces puede facilitar la reconciliación la ayuda de una tercera persona.

 

Eso de «piensa mal y acertarás», aunque a veces dé resultado es poco cristiano

Es mucho mejor eso de «piensa bien mientras no tengas motivos para pensar mal».

«Si una persona fomenta sospechas poco caritativas, no tardará en manifestar también con palabras los pensamientos poco amables»[15] .

 

Distingue, con todo, entre el rencor admitido, y un cierto distanciamiento para evitar el chocar de nuevo.

Y también entre el sentimiento de la ofensa y el resentimiento admitido voluntariamente. Aunque la ofensa recibida nos duela, no podemos desear mal a nadie.

Esta voluntad de perdonar puede unirse a un sentimiento inevitable de la ofensa recibida.

 

Muchos se refieren a este sentimiento cuando dicen que no pueden perdonar. Es posible que la serenidad de espíritu, después de la ofensa, requiera un tiempo mínimo para sobreponerse al dolor.

 

Una prueba de esta sincera buena voluntad sería orar por el ofensor, nunca hablar mal de él, y pedir a Dios la gracia de saber perdonar[16] .

Cuando tengas antipatía por una persona, pide por ella.

Y cuando tengas ganas de desearle algo malo, reza por ella un Padrenuestro. Dice Jesucristo «rogad por los que os  persiguen»[17] .

 

«El Señor nos pide que perdonemos, pero jamás nos ha pedido que deseemos hacerlo. (...) Si esperas que aparezca en ti el instinto natural de perdonar, esperarás mucho tiempo»[18].

 

A veces se oye decir: «yo perdono, pero no olvido».

El olvidar puede ser difícil. No depende de nuestra voluntad. Uno puede perdonar de corazón y no poder evitar el recuerdo. Esto no se opone al amor que Jesucristo manda a nuestros enemigos.

Lo que Cristo manda no es un amor sensible, pues esto no se puede mandar, no depende de nuestra voluntad. Se trata de un amor de benevolencia, un amor desinteresado, un amor que devuelve bien por mal, que hace el bien al que nos hace daño, independientemente de nuestros sentimientos. Un amor efectivo, no afectivo. Un amor dispuesto a hacer un servicio al que nos ofendió.

Si el que consideramos nuestro enemigo estuviera en una necesidad grave, y no pudiera salir de ella, sin nuestro especial auxilio, tenemos obligación de ayudarle, porque en estos casos hay obligación de atender al prójimo, aunque sea enemigo[19] .

No es odio a una persona odiar lo que hay de malo en ella, o el mal que nos causa injustamente a nosotros o a otros[20] .

El amor a nuestros enemigos que pide el Evangelio, no obliga a la amistad con ellos, sino que prohibe el odio y la venganza, o el desearles algún mal[21] ; y manda tener un deseo de reconciliación. «El ofendido está obligado siempre a perdonar al ofensor que le pide perdón, en forma directa o indirecta. Si se niega a hacerlo, comete un grave pecado contra la caridad, y regularmente no podrá ser absuelto mientras continúe en su obstinación»[22] .

Por supuesto que es lícito exigir una reparación del daño recibido, pero no por odio ni por venganza, sino por deseo de justicia[23] .

La buena voluntad de perdonar de corazón a los que nos han ofendido no excluye utilizar todos los medios justos para que se haga justicia.

Es verdad que hay personas que son indignas de nuestro perdón; pero nosotros no perdonamos porque ellas lo merezcan, sino porque lo merece Jesucristo, que es quien nos lo pide. Para eso nos dio Él su ejemplo. Fue mucho más ofendido que nosotros, y sin embargo perdonó. No sólo en su corazón, sino que lo manifestó exteriormente. El perdón de Cristo en la cruz es el modelo que debemos imitar. Las almas generosas tienen en esto un inmenso campo de perfección y santificación[24] .

«El mundo de los hombres no puede hacerse cada vez más humano si no  introducimos el perdón -que es esencial en el Evangelio- en las relaciones de unos con otros»[25] .

 

Lo maravilloso del perdón no es que liberemos al otro de una culpa, sino que nos liberamos a nosotros de un resentimiento.

 

67,3. Al prójimo se le puede matar en tres casos: en la guerra justa, en defensa propia y en la justa aplicación de la pena de muerte.

   El mandato divino "No matarás" significa que nadie puede matar sin motivo y sin razón. Pero hay circunstancias en las que hay una justificación.

 

1) En la guerra justa.

La guerra no puede ser nunca un medio normal para la solución de conflictos. «Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras»[26] .

Según los moralistas, para que la guerra sea justa se deben cumplir varias condiciones:

a) Imposibilidad de solución pacífica.

b) Causa justa, como sería legítima defensa, mientras no haya una autoridad supranacional competente y eficaz.

c) Que la decisión sea tomada por la autoridad legítima a quien corresponde velar por el bien común de la nación.

d) Intención recta buscando la justicia y no la venganza.

e) Que sean superiores los bienes que se van a conseguir a los males que se pueden producir[27] .

 

«La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están al cargo del bien común»[28] .

«Los poderes públicos tienen, en este caso, el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional»[29] , «pero atenderán equitativamente el caso de quienes, por motivos de conciencia, rehúsan el empleo de las armas; éstos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana»[30] .

«Una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia, y otra muy distinta querer someter a otras naciones»[31] .

 

Buscar la guerra es absurdo. Pero rehuirla por principio puede ser cobardía ante la injusticia.

El creyente obra con rectitud mientras luche por implantar la justicia en el mundo.

La paz es el ideal del hombre: pero esta paz debe ser obra de la justicia. Un pacifismo conformista con la injusticia no es cristiano. El buen cristiano no puede desinteresarse del bien común de la sociedad.

 

El peligro de una tercera guerra mundial que podría destruir la humanidad por el armamento de que hoy dispone el hombre, hace deseable un desarme internacional. Pero para que esto sea eficaz tiene que ser de ambos bloques, y con posibilidades de mutua vigilancia.

 

Aunque la guerra sea justa, «no todo es lícito entre los contendientes»[32] . Debe respetarse la ley moral y el derecho de gentes. «Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes son crímenes»[33] .

«Existe la obligación moral de  desobedecer aquellas decisiones que ordenan genocidios»[34] .

 

2) En defensa propia[35] se puede matar cuando alguien quiere matarnos injustamente, o hacernos un daño muy grave en nuestros bienes, equivalente a la vida; si no hay otro modo eficaz de defenderse.

No es necesario esperar a que él nos ataque. Basta que nos conste que él tiene un propósito decidido de matarnos, y sólo está esperando el momento oportuno para hacerlo; y no hay otro modo de salvar la vida que adelantarse y atacar primero[36] .

Esto en el terreno moral, independientemente de la ley civil.

Lo que se permite en defensa propia se autoriza igualmente en pro del prójimo injustamente atacado. La caridad fraterna puede obligar a esto, pero no a exponer la propia vida, a no ser que se trate de parientes cercanos o esté uno obligado por contrato (guardias, policías)[37] .

«Éstas son las condiciones para que pueda hablarse de legítima defensa:

- Debe tratarse de un mal muy grave, cual es, por ejemplo, el peligro de la propia vida, la mutilación o heridas graves, la violación sexual, el riesgo de la libertad personal, la pérdida de bienes de fortuna desmedidos, etc.

- Que sea un caso de verdadera agresión física.

- Que se trate de un daño injusto. Por ejemplo no sería lícito defenderse de un policía, hasta producirle la muerte, pues el agente, normalmente, actúa en cumplimiento de su deber.

- Para defenderse no hace falta que el agresor lo haga de modo voluntario y consciente. Por eso es lícito contra un borracho o un loco.

- Que no haya otro modo eficaz de defenderse[38] .

 

El obispo de Mérida-Badajoz D. Antonio Montero escribió en el ABC (6-II-2003) un artículo donde decía que también sería lícita la guerra para corregir infracciones graves y duraderas del derecho natural.

 

3) La Autoridad Pública puede imponer la pena de muerte al criminal para defender a los demás. Dice la Biblia: «Aquel que derrame sangre de hombre, debe morir»[39] . «El que mata a otro voluntariamente sea castigado con la muerte»[40] .

 

«Es de notar que el verbo del original hebreo es “rasach” , que significa la muerte del inocente. Por eso habría que traducirlo: “No causarás la muerte de un hombre inocente”.

»Para otra clase de muertes la Biblia emplea los términos “harag” y “hemit”  [41] .

 

Salvador de Madariaga, conocido intelectual que murió a los 92 años en Lugano, Suiza, escritor internacional y ministro de la República en 1934, dice: «La pena de muerte no será necesaria el día que la supriman primero los asesinos»[42] .

 

«En un año murieron en España más de cien víctimas del terrorismo. Si se hubiera ejecutado al criminal al primer asesinato, no hubieran muerto todos los demás asesinados. Algún terrorista asesinó más de diez veces. No es deseable la muerte de nadie, pero si para que no mueran los inocentes es necesario ejecutar a los asesinos, puede ser esto una exigencia del bien común»[43] .

En las Navidades de 1986 hubo 62 muertos en un avión Boeing 737, secuestrado por un grupo de terroristas[44] .

El 19 de julio de 1987, una bomba terrorista produjo 20 muertos en un hipermercado de Barcelona[45] .

 

No se comprende por qué los criminales pueden aplicar la pena de muerte a un inocente, y los jueces no puedan aplicar la misma pena a los asesinos culpables.

Se supone, naturalmente, una culpabilidad claramente demostrada[46] .

 

Lo mismo que es lícito matar a un injusto agresor en defensa propia[47] , la Autoridad puede aplicar la pena de muerte para defender la vida de los inocentes.

«La Autoridad tiene el deber de defender la vida de los ciudadanos inocentes»

«Los que tienen autoridad legítima, tienen también el derecho de usar las armas para rechazar a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad».[48] 

 

La legítima defensa propia es aceptada por todo el mundo. Con la pena de muerte la Autoridad defiende a los inocentes, siempre expuestos a caer en manos de los criminales.

Se trata de casos extremos en los que le pena de muerte sea el único modo eficaz de defender la vida de personas inocentes de un injusto agresor[49] .

 

El psico-pedagogo Dr. Bernabé Tierno dice: «Existe la figura del sanguinario sin retorno, del maligno retorcido y mala sangre incorregible que necesita hacer daño, desea el mal ajeno y disfruta con el sufrimiento que causa. (...) Difícilmente puede tener recuperación un ser demoníaco que disfruta segando vidas ajenas. (...) La sociedad tiene un grave problema en decidir lo que debe hacer con individuos así, cuyo objetivo es matar. (...) Está claro que la sociedad debe impedir, a toda costa, que estos individuos vuelvan a saciar su sed de matar»[50].

 

«Por eso el 73% de los británicos son partidarios de la pena de muerte para los terroristas, según un sondeo de opinión de Harris»[51] .

 

Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, la mitad de los españoles está a favor de la pena de muerte para los terroristas y asesinos[52] .

En Estados Unidos se ha restablecido la pena de muerte en muchos Estados[53] .

 

No es lo mismo el  que  mata  en  un  arrebato  pasional  que  el  profesional  del crimen. Un asesino es un peligro para las personas inocentes.

 

La cadena perpetua puede no bastar, pues los asesinos se pueden fugar. A veces de modo espectacular. 

En 1986 se fugó de la cárcel de La Santé, de París, Michel Baugour, en un helicóptero alquilado y pilotado por su novia Nadine[54] .

Tres presos se fugaron de una cárcel de Marsella en un helicóptero que aterrizó en un patio de la cárcel a las cuatro y media de la tarde. Se da la circunstancia de que en ese mismo sitio se produjo una evasión similar en julio de 1992[55].

En Alemania un preso se fugó en un tanque que robaron sus amigos y entró en la cárcel derribando la puerta[56] .

En Copenhague (Dinamarca) doce presos se escaparon de la cárcel al ser derribada parte del muro de la prisión por una excavadora manejada por un cómplice de los presos[57] .

A primeros de mayo de 1982, se fugó de la cárcel central de Lovaina, considerada como de alta seguridad, Freddy Horion, a quien se le había conmutado por cadena perpetua la pena de muerte a la que había sido condenado por haber asesinado a cinco personas miembros de una familia[58] 

Dos terroristas, se fugaron de la cárcel de San Sebastián, escondidos en los altavoces de un cantante que había actuado en la cárcel[59] .

De la cárcel de «máxima seguridad» Can Brians, considerada la más moderna de Cataluña, en menos de dos meses se fugaron nueve reclusos[60].

 

O que un preso que no vuelva a la cárcel después de un permiso de fin de semana, como uno que no volvió al Penal de Ocaña, donde cumplía 36 años de condena, y que al ser reconocido disparó sobre dos policías que iban a detenerle, matando a los dos[61] .

Una niña de nueve años vallisoletana, fue violada y asesinada por un recluso que salió de la cárcel con permiso[62] .

Un recluso que cumplía condena por robo con homicidio, en un permiso carcelario asesinó a dos jóvenes[63] . Otro preso en régimen abierto asesinó a una mujer en Madrid[64] .

En un sólo día se fugaron de las cárceles españolas cinco reclusos que disfrutaban permisos de fin de semana[65] .

Según los datos del gobierno, desde el 1º de enero de 1982 hasta el 1º de octubre de 1988, cinco mil setenta y cuatro presos no regresaron después de sus permisos[66].

Cuatro de cada cien presos aprovechan los permisos para no regresar a las prisiones[67].

«Dos presos peligrosos se fugan en Barcelona cuando iban a jugar al fútbol en una salida. Uno de ellos cumplía condena de treinta años. En dos meses se fugaron más de una docena de presos, en Cataluña, durante los permisos. Entre 1990 y el 2000 no volvieron a la cárcel, tras salir de permiso, 1.361 reclusos»[68].

 

Otras veces los terroristas secuestran a un inocente exigiendo la liberación de sus compañeros encarcelados bajo la amenaza de asesinar al secuestrado: dos hechos próximos y contrarios son iluminadores.

En Italia, donde no hay pena de muerte, los secuestradores, seguros de que sus compañeros en prisión no perderían la vida, asesinaron a su rehén Aldo Moro. En cambio en Francia, donde hay  pena de muerte, el industrial Jean Eddouard Empain, fue liberado por sus secuestradores, a los dos meses de cautiverio, al ser amenazado con la guillotina el jefe de la banda de secuestradores Alain Caillol, que estaba en prisión[69] .

En diciembre de 1984, los secuestradores de un avión de la líneas aéreas kuwaitíes, mataron a cinco pasajeros para obligar al gobierno de Kuwait a soltar trece presos condenados por diversos actos de terrorismo[70] .

Unos terroristas paquistaníes secuestraron un avión de la líneas aéreas de la India con la amenaza de matar a los ciento cincuenta y cinco pasajeros si no liberaban al jefe de la banda que estaba en una cárcel de la India. Después de una semana de negociaciones, en la que los pasajeros no salieron del avión, los terroristas lograron su objetivo[71].

 

«La pena de muerte sigue en vigor en la mayor parte del mundo»[72] .

De los ciento sesenta estados independientes que hay en el mundo, sólo una veintena han abolido la pena de muerte de su ordenamiento jurídico[73] .

 

Hay que advertir que la «pena de muerte no supone el derecho a matar a un inocente, sino el derecho a ejecutar a un culpable»[74] . «Debe constar con toda certeza su culpabilidad criminal, por lo irreparable de una equivocación»[75] .

Hay que poner todos los medios para que la condena sea justa.

Aunque siempre queda un peligro de error.

Pero si no actuamos cada vez que haya peligro de error, nunca podríamos hacer nada.

Hay que valorar los «pros» y «contras», y actuar en consecuencia.

 

La conveniencia o no de la abolición de la pena de muerte es un «problema complejo y polémico, y no pueden esperarse respuestas nítidas ni definitivas»[76] .

Hoy existe una corriente ideológica contraria a la pena de muerte. Por eso la Comisión Social de los Obispos franceses ha publicado un comunicado en enero del 78 en pro de la abolición de la pena de muerte en Francia.

Sin embargo reconocen que no son ilícitas las «disposiciones de un código penal que impone la pena capital con el fin de proteger a la sociedad». 

 

«En la doctrina de la Iglesia Católica, normalmente se admitió la legitimidad de la pena de muerte según la doctrina de Santo Tomás que afirmaba que la pena de muerte “es legítima y necesaria para la conservación del orden”. Lo mismo opinaban autores como Molina, Vitoria, Báñez y Soto. Afirman que la sociedad tiene derecho a quitar la vida a sus miembros cuando son incompatibles con el bien social»[77].

 

Juan Pablo II, en la Encíclica Evangelium vitae  dice que no se debe llegar a esta medida extrema sino en casos de absoluta necesidad , es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo.

El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica señala que esos casos «son hoy muy raros, incluso prácticamente inexistentes»[78].

«En definitiva, no deben confundirse dos planteamientos esencialmente diversos: el de la licitud moral de la pena de muerte y la cuestión práctica de su aplicación. Tanto la razón natural cuanto la doctrina revelada y magisterial admiten la licitud fundamental de dicha pena. Otra cosa es, en cambio, la opinión prudencial que puede dictaminar en alguna circunstancia histórica que debería renunciarse a su aplicación en un Estado y en un tiempo determinados. Lo que decida en cada tiempo y lugar la aplicación o la supresión de la pena de muerte ha de ser exclusivamente las exigencias del bien común»[79] .

«La Iglesia no ha condenado la ejecución de un criminal, de acuerdo con la ley, y por la autoridad convenientemente constituida»[80] .

 

Podríamos resumir la doctrina católica sobre la pena de muerte de esta manera:

     1.- Todo el mundo tiene derecho a la defensa propia de un injusto agresor.

     2.- La AUTORIDAD PÚBLICA tiene obligación de defender la vida de los ciudadanos inocentes.

     3.- Si la única manera eficaz de conseguirlo es la pena de muerte, es lícito aplicarla.

   4.- Con tal de que la culpabilidad del asesino sea clara, para evitar equivocaciones.

   5.- La cadena perpetua no es siempre eficaz, pues hay asesinos de profesión; y muchos se escapan de la cárcel.

   6.- La aplicación de la PENA DE MUERTE debe reducirse a casos extremos.

    7.- La oportunidad o no de su aplicación es opinable entre los católicos.

    8.- Antes de su aplicación debe darse al reo oportunidad de arrepentirse y pedir perdón a Dios de su culpabilidad.

9.- Si no es un caso de agresión actual, la aplicación debe ser derecho exclusivo de la AUTORIDAD PÚBLICA.

 

67,4. El respeto a la vida propia y ajena nos obliga a considerar la importancia del cumplimiento del Código de la Circulación.

 

Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: «Quienes en estado de embriaguez o por afición inmoderada de velocidad ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables»[81] .

Infracciones, al parecer pequeñas, pueden originar accidentes graves.

Se puede pecar por ponerse en peligro de hacer daño al prójimo, y también por exponer la propia vida sin causa justificada.

Incluso se puede pecar contra la caridad al poner al prójimo en una situación difícil que le haga perder la serenidad, aunque uno tenga seguridad en sí mismo.

 

 El pecado se comete desde el momento en que alguien se sienta al volante sin ánimo de esmerarse en el cumplimiento del Código.

Quien habitualmente comete imprudencias e incorrecciones muestra que no tiene este ánimo, o que carece de cualidades de conducir.

En este caso, debería abstenerse de coger el volante.

 

Es irresponsable el que corre a excesiva velocidad, el que lleva el automóvil en mal estado, y el que conduce en condiciones físicas o morales inadecuadas.

«Nadie debe intentar conducir si está agitado emocionalmente»[82] .

 

Dice Mons. González Moralejo, Obispo de Huelva: «Quien después de haber sido causa, culpable o no, de un accidente, quiere evitar toda responsabilidad y se da a la fuga, contrae una seria culpa moral, y está obligado ante su conciencia y ante Dios a reparar en justicia toda clase de daños causados por uno y otro motivo.

»Sería un verdadero crimen dejar morir en condiciones extremadamente lastimosas y desesperadas a personas que con un socorro inmediato hubieran podido ser salvadas»[83] .

 

Según las normas de los socorristas, hay heridos que sólo deben ser trasladados en ambulancias.

Por eso no siempre es recomendable recoger a un herido.

Pero siempre se debe avisar a una ambulancia.

 

67,5. Es un pecado grave contra este mandamiento el aborto. Se llama aborto la interrupción del embarazo cuando el feto todavía no puede sobrevivir fuera del seno materno.

 

Puede ser interesante mi vídeo El aborto: asesinato de inocentes[84] .

 

     El Artículo 15 de la Constitución Española nos dice: «Todos tienen derecho a

la vida». Cuando decimos «derecho a la vida», estamos diciendo que es un derecho a su protección.

 

Provocar el aborto directamente es un homicidio, porque el feto es un nuevo individuo plenamente capaz para lograr su desarrollo completo.

   De la unión del óvulo con el espermatozoide nace un nuevo ser humano, una célula diferente con doble herencia: 23 cromosomas del padre y 23 de la madre.

 

Por eso, ese nuevo ser es persona humana racional, aunque no ejercite su racionalidad, bien porque todavía no se ha desarrollado (fetos), o porque ha perdido el uso de razón (ancianos). Pero persona humana desde la concepción hasta la muerte. Y la dignidad de ser persona concede a toda naturaleza humana los mismos derechos[85].

 

Como la vida de una persona comienza con la concepción, el aborto provocado es un crimen.

El Concilio Vaticano II lo llama: «crimen abominable»[86] .

Es un asesinato de lo más cruel y cobarde, pues el asesinado es un ser inocente e indefenso que no puede huir, ni siquiera gritar para protestar de la injusticia que se comete con él.

Las generaciones del futuro no comprenderán que en nuestro tiempo se permita a las madres que maten a sus hijos. Nos llamarán «generación asesina».

Los abortistas se molestan si se les llama asesinos; pero, ¿qué otro nombre podemos dar a los que han condenado a muerte a cuarenta millones de seres inocentes?

Y añaden: «La Iglesia es cruel, porque a los que cargan con el trauma de haber abortado, les añade el trauma de la excomunión». Este razonamiento es absurdo. Sería como querer quitar la policía para no preocupar a los terroristas.

Defender a los abortistas es como defender a los terroristas que matan, y despreocuparse de las víctimas. Permitir el aborto para evitar el peligro de las mujeres que abortan clandestinamente es lo mismo que permitir los asesinatos para no poner en peligro la vida de los asesinos.

 

El Dr. Jerónimo Lejeune, uno de los más brillantes investigadores franceses, Catedrático de Genética en la Universidad de la Sorbona de París, y Director del Centro Nacional de Investigación Científica, que cuenta en su haber profesional con los más importantes premios científicos[87] , y es miembro de las Academias de Ciencia de Suecia, Inglaterra y Estados Unidos, dice: «Esta primera célula, resultado de la concepción, es ya un ser humano»[88] . Tiene los 46 cromosomas propios de la especie humana[89]. En otra ocasión dijo: «Aceptar que después de la concepción un nuevo ser humano ha empezado a existir, no es ya cuestión de gusto o de opinión, sino una evidencia experimental»[90] .

Sigue diciendo el Dr. Lejeune: «Si el embrión no es desde el primer momento un miembro de nuestra especie, no llegaría a serlo nunca. Decir que no es un hombre, es lo mismo que decían los nazis: “un prisionero no es un hombre”»[91] .

Lo mismo se decía en una de las conclusiones de la Conferencia Internacional sobre el Aborto, celebrada en Washington donde participaron expertos en varios campos de la Medicina[92] .