Partes de la confesión

 

76.- LAS COSAS NECESARIAS PARA HACER UNA BUENA CONFESIÓN SON CINCO:

 

                  EXAMEN DE CONCIENCIA,

                  DOLOR DE LOS PECADOS,

                  PROPÓSITO DE  LA ENMIENDA,

                  DECIR LOS PECADOS AL CONFESOR

                  Y CUMPLIR LA PENITENCIA[1] .

 

76,1. Quien ha tenido la desgracia de pecar gravemente, si quiere salvarse, no tiene más remedio que confesarse para que se le perdonen sus pecados, pues el sacramento de la penitencia ha sido instituido por Cristo para perdonar los pecados cometidos después del bautismo[2] .

Es cierto que con el acto de perfecta contrición, puede uno recobrar la gracia, pero para esto hay que tener, además, el propósito firme de confesar «después estos pecados, aunque estén ya perdonados[3] ; pues Jesucristo ha  querido someter al sacramento de la confesión todos los pecados graves.

«Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el poder de perdonar los pecados de los bautizados, y ella lo ejerce de modo habitual en el sacramento de la penitencia por medio de los obispos y de los presbíteros»[4] 

 

Este sacramento se llama también de la Reconciliación, pues nos reconcilia con Dios y con la Comunidad Cristiana de la cual el pecador se separa vitalmente, al perder la gracia por el pecado grave.

No vivas nunca en pecado. Si tienes la desgracia de caer, ese mismo día haz un acto de contrición perfecta, y luego confiésate cuanto antes. No lo dejes para después.

El que se confiesa a menudo no es porque tenga muchos pecados, sino para no tenerlos. El que se lava de tarde en tarde, estará más sucio que el que se lava a menudo.

 

Hoy mucha gente va al psiquiatra. Es posible que el psiquiatra cure; pero, desde luego, no perdona. Y muchos para tener paz necesitan sentirse perdonados.

Es como una herida con pus. Hay que limpiarla para que se cure.

Cuando uno se siente perdonado, tiene paz.

Arrepentirse de lo malo que hayamos hecho, y pedir perdón a Dios es lo único que nos da paz.

Y Dios perdona todo y del todo, si le pedimos perdón.

Para eso ha hecho la confesión.

 

«Es dogma de fe que cuando Dios perdona, perdona de veras. (...) Si pensáramos otra cosa, cometeríamos un pecado mortal»[5] .

La misericordia de Dios es infinita. Dice la Biblia: «Como el viento norte borra las nubes del cielo, así mi misericordia borra los pecados de tu alma».

Y en otro sitio: «Cogeré tus pecados y los lanzaré al fondo del mar para que nunca más vuelvan a salir a flote»[6] .

Pero también su justicia es infinita, y por lo tanto no puede perdonar a quien no se arrepiente. Esto sería una monstruosidad que Dios no puede hacer [7] .

 

Esta doctrina la expresa así el P. Jesús María Granero, S.I.: «Dios no olvida aquello de lo que no le has pedido perdón; pero no recuerda aquello que una vez te perdonó»[8] .

 

76,2. Pío XII en la Encíclica Mystici Corporis  habla de los valores de la confesión frecuente diciendo que «aumenta el recto conocimiento de uno mismo, crece la humildad cristiana, se desarraiga la maldad de las costumbres, se pone un dique a la pereza y negligencia espiritual, y se aumenta la gracia por la  misma fuerza del sacramento»[9] .

Y el Concilio Vaticano II habla de «la confesión sacramental frecuente que, preparada por el examen de conciencia cotidiano, tanto ayuda a la necesaria conversión del corazón»[10] .

Al recuperar el estado de gracia por la confesión bien hecha, se recuperan también todos los méritos perdidos por el pecado mortal[11] .

 

76,3. Quien vive en pecado grave es muy fácil que se condene por tres razones:

1) Porque después es muy posible que le falte la voluntad de confesarse, como le falta ahora.

2) Porque, aun suponiendo que no le falte esta voluntad, es posible que le sorprenda la muerte sin tiempo para confesarse.

3) Finalmente, quien descuida la confesión, y va amontonando pecados y pecados, cada vez encontrará más dificultades para romper.

Un hilo se rompe mucho mejor que una maroma.

Para arrepentirse sería entonces necesario un golpe de gracia prodigioso; y esta gracia sobreabundante Dios no suele concederla a quien se obstina en el mal.

Jesucristo se lo advierte así a los que quieren jugar con Dios: «Me buscaréis y no me encontraréis, y moriréis en vuestro pecado»[12] .

 

77.- Examen de conciencia consiste en recordar los pecados cometidos desde la última confesión bien hecha.

 

77,1. Naturalmente, el examen se hace antes de la confesión[13] para decir después al confesor todos los pecados que se han recordado; y cuántas veces cada uno, si se trata de pecados graves.

Si sabes el número exacto de cada clase de pecados graves, debes decirlo con exactitud.

Pero si te es muy difícil, basta que lo digas con la mayor aproximación que puedas: por ejemplo, cuántas veces, más o menos, a la semana, al mes, etc.

Y si después de confesar resulta que recuerdas con certeza ser muchos más los pecados que habías cometido, lo dices así en la próxima confesión.

Pero no es necesario que después de confesar sigas pensando en el número de pecados cometidos, pues entonces nunca quedaríamos tranquilos.

Si hiciste el examen con diligencia, no debes preocuparte ya más: todo está perdonado.

 

El examen debe hacerse con diligencia, seriedad y sinceridad; pero sin angustiarse[14] .

La confesión no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza y amor a Dios. No se trata de atormentar el alma, sino de dar a Dios cuenta filial. Dios es Padre[15] .

 

78.- El examen de conciencia se hace procurando recordar los pecados cometidos de pensamiento, palabra y obra, o por omisión, contra los mandamientos de la ley de Dios, de la Iglesia o contra las obligaciones particulares. Todo desde la última confesión bien hecha.

 

78,1. Para ayudarte a hacer el examen, he puesto al final, en los Apéndices, un modo de hacerlo recorriendo los mandamientos.

El examen que ahí te pongo es muy largo y casi exhaustivo.

Para quien se confiesa con frecuencia, basta una mirada seria y sincera a su conciencia, con arrepentimiento y propósito de enmienda, pensando en el modo de evitar las ocasiones de pecado.

 

79.- Dolor de los pecados  es arrepentirse de haber pecado y de haber ofendido a Dios.

 

79,1. Arrepentirse de haber hecho una cosa es querer no haberla hecho, comprender que está mal hecha, y dolerse de haberla hecho.

El arrepentimiento es un aborrecimiento del pecado cometido; un detestar el pecado[16] . No basta dolerse de haber pecado por un motivo meramente humano. Por ejemplo, en cuanto que el pecado es una falta de educación (irreverencia a los padres), o en cuanto que es una cosa mal vista (adulterio), o que puede traerme consecuencias perjudiciales para la salud (prostitución), etc., etc.

El arrepentido aborrece la ofensa a Dios, y propone no volver a ofenderlo.

No es lo mismo el dolor de una herida -que se siente en el cuerpo- que el dolor de la muerte de una madre -que se siente en el alma-.

El arrepentimiento es «dolor del alma»[17] .

Pero el dolor de corazón que se requiere para hacer una buena confesión no es necesario que sea sensible realmente, como se siente un gran disgusto.

Basta que se tenga un deseo sincero de tenerlo.

El arrepentimiento es cuestión de voluntad. Quien diga sinceramente «quisiera no haber cometido tal pecado» tiene verdadero dolor.

 

«Entre los actos del penitente, la contrición es considerada por los teólogos la parte más esencial e insustituible»[18] .

El dolor es lo más importante de la confesión. Además es indispensable: sin dolor no hay perdón de los pecados[19] .

Por eso es un disparate esperar a que los enfermos estén muy graves para llamar a un sacerdote. Si el enfermo pierde sus facultades, ¿podrá arrepentirse? Pues sin arrepentimiento, no hay perdón de los pecados, ni salvación posible.

El dolor debe tenerse -antes de recibir la absolución- de todos los pecados graves que se hayan cometido.

Si sólo hay pecados veniales es necesario dolerse al menos de uno, o confesar algún pecado de la vida pasada.

 

80.- Hay dos clases de arrepentimiento: contrición perfecta y atrición.

 

81.- Contrición perfecta es un pesar sobrenatural del pecado por amor a Dios, por ser Él tan bueno, porque es mi Padre que tanto me ama, y porque no merece que se le ofenda, sino que se le dé gusto en todo y sobre todas las cosas.

Contrición es arrepentirse de haber pecado porque el pecado es ofensa de Dios.

Siempre con propósito de enmendarse desde ahora y de confesarse cuando se pueda[20] .

La contrición es dolor perfecto [21] .

 

81,1. Aunque la contrición perdona, la Iglesia obliga a una confesión posterior, porque es necesario que el pecador haga una adecuada satisfacción; y ésta, es el sacerdote el que debe imponérsela, porque es el delegado por Dios para reconciliar con  la Iglesia.

El acto de contrición es la manifestación de la pena que nos causa haber ofendido a Dios por lo bueno que es y por lo mucho que nos ama: lágrimas no sólo por temor al castigo, sino por la pena de haberle entristecido.

 

82.- Atrición es un pesar sobrenatural de haber ofendido a Dios por temor a los castigos que Dios puede enviar en esta vida y en la otra, o por la fealdad del pecado cometido, que es una ingratitud para con Dios y un acto de rebeldía.

Siempre con propósito de enmendarse y de confesarse.

La atrición es dolor imperfecto, pero basta para la confesión[22]

 

82,1. Un ejemplo: un chico jugando a la pelota en su casa rompe un jarrón de porcelana que su madre conservaba con cariño y, al ver lo que ha hecho, se arrepiente.

Si lo que teme es el castigo que le espera, tiene dolor semejante a la atrición; pero si lo que le duele es el disgusto que se va a llevar su madre, tiene un dolor semejante a la contrición.

 

82,2. Es lógico que la contrición y la atrición vayan un poco unidas.

Aunque uno tenga contrición, eso no impide que también tenga miedo al infierno, como corresponde a todo el que tiene fe.

Y aunque uno se arrepienta por atrición, hay que suponer algún grado de amor para recuperar la amistad con Dios.

 

83.- Es  mejor la contrición perfecta, pues con propósito de confesión y enmienda, perdona todos los pecados, aunque sean graves[23] .

 

83,1. Cuando uno, en peligro de muerte, está en pecado grave y no tiene cerca un sacerdote que le perdone sus pecados, hay obligación de hacer un acto de perfecta contrición con propósito de confesarse cuando pueda.

El acto de contrición le perdona sus pecados, y si llega a morir en aquel trance, se salvará.

Si se arrepiente sólo con atrición, no consigue el perdón de sus pecados graves, a menos que se confiese[24] , o reciba la unción de los enfermos.

Se salvarían muchos más si se acostumbraran a hacer con frecuencia un acto de contrición bien hecho.

 

Deberíamos hacer un acto de contrición siempre que tengamos la desgracia de caer en un pecado grave. Así nos ponemos en gracia de Dios hasta que llegue el momento de confesarnos.

Deberíamos hacer actos de arrepentimiento cada noche, y cada vez que caemos en la cuenta de que hemos pecado.

Dios está deseando perdonarnos. Pero si no le pedimos perdón, no nos puede perdonar. Sería una monstruosidad perdonar una falta a quien no quiere arrepentirse de ella. «De Dios no se ríe nadie»[25] .

 El verdadero arrepentimiento incluye el pedir perdón a Dios. «No sería sincero nuestro arrepentimiento si pretendiésemos despreciar el modo ordinario establecido por Dios para perdonarnos»[26] .

 

84.- EL ACTO DE CONTRICIÓN SE HACE REZANDO DE CORAZÓN EL «SEÑOR MÍO JESUCRISTO...» Lo tienes en los Apéndices.

 

84,1. Un sencillo acto de contrición puede ser:

«Dios mío, yo te amo con todo mi corazón y sobre todas las cosas. Yo me arrepiento de todos mis pecados, porque te ofenden a Ti, que eres tan bueno. Señor, perdóname y ayúdame para que nunca más vuelva a ofenderte, que yo así te lo prometo».

 

Y si quieres uno más breve para momentos de peligro:

«Dios mío, perdóname, que yo te amo sobre todas las cosas».

Además, este acto de contrición tan breve, te sirve también para cuando vayas a confesarte si no sabes el «Señor mío Jesucristo».

Si sabes el acto de contrición largo, lo puedes hacer con devoción y consciente de lo que dices; pero si crees que no te va a salir bien, o lo vas a decir rutinariamente, más vale que repitas varias veces de corazón: «¡Dios mío, perdóname!, ¡Dios mío, perdóname!».

 

Pero además, este acto de contrición en tres palabras, puede servir también para que ayudes a bien morir a otras personas: parientes, conocidos o incluso desconocidos, si encuentras, por ejemplo, un accidente en la carretera.

 

Aunque parezcan muertos, el oído es lo último que se pierde.

Está demostrado que incluso enfermos en coma mantienen la audición[27] .

Hay un espacio de tiempo entre la muerte aparente y la muerte real[28] .

La señal más cierta de la muerte real es la putrefacción del cadáver[29] .

 

Muchos que parecían muertos, después, cuando se recuperaron, dijeron que se habían enterado de todo lo que ocurrió, aunque ellos no podían decir una palabra ni mover un solo músculo de su cuerpo.

 

Por eso, si alguna vez te encuentras en la carretera un accidente, no dudes en ponerte de rodillas en el suelo, aplicar tu boca a su oído y decirle por lo menos tres veces: «¡Dios mío, perdóname! , ¡Dios mío, perdóname! , ¡Dios mío, perdóname! ».  Que si lo oye y lo acepta, le ayudas a que salve su alma.

Y nadie en la vida le ha hecho mayor favor que tú, que en la hora de la muerte le ayudaste a ganar el cielo.

 

Debemos preocuparnos de ayudar a bien morir a los moribundos.

Hoy está muy paganizado el sentido de la muerte, y muchas personas ante un accidente o un moribundo, se preocupan del médico, y muy pocos se preocupan de preparar el alma para la eternidad.

Ocúpate tú si ves que nadie se acuerda de hacerlo.

 

Ojalá que ayudes a bien morir a muchas personas. El día que te encuentres con ellos en el cielo verás cómo te lo agradecen; y sentirás felicidad por haber colaborado a la salvación de otros.

 

Creo que con este acto de contrición, en tres palabras, te ayudo a que puedas enfrentarte con tranquilidad a la muerte, si en ese momento trascendental no tienes al lado un sacerdote que te perdone; y además puedes ayudar a otros a bien morir, y de esta manera colaborar a su salvación eterna.

 

Cuando estuve en la Argentina, para la gran misión de Buenos Aires, en octubre de 1960, conocí el acto de contrición que allí se usa. Me gustó mucho y lo transcribo aquí:

 «Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Vos. Antes querría haber muerto que haberos ofendido; y propongo firmemente no pecar más, y evitar todas las ocasiones próximas de pecado. Amén».

 

También es un acto de contrición perfecta este precioso soneto:

 

                                         No me mueve, mi Dios, para quererte

                                         el cielo que me tienes prometido;

                                         ni me mueve el infierno tan temido

                                         para dejar, por eso, de ofenderte.

                                        

                               Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

                                         clavado en la cruz y escarnecido;

                                         muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

                                         muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

                               Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera,

                                         que aunque no hubiera cielo yo te amara,

                                         y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

                               No me tienes que dar porque te quiera,

                                         porque aunque lo que espero no esperara,

                                         lo mismo que te quiero, te quisiera.

 

Este soneto, atribuido a distintos autores, según el conocido periodista Bartolomé Mostaza, se debe al doctor Antonio de Rojas, místico notorio del siglo XVII[30] .

 

84,2. Para hacer un acto de contrición no es necesario usar ninguna fórmula determinada. Basta detestar de corazón todos los pecados por ser ofensa a Dios.

Cuando quieras hacer un acto de contrición perfecta también puedes hacerlo pensando en Cristo crucificado, y arrepintiéndote, por amor suyo, de tus pecados, ya que fueron causa de su Pasión y Muerte.

El acto de contrición es un acto de la voluntad. Puede estar bien hecho, aunque te parezca que no sientes sensiblemente lo que dices. Si quieres amar a Dios sobre todas las cosas y no volver a pecar, es lo suficiente. Pero debes querer que sea verdad lo que dices. No basta decir el acto de contrición sólo con los labios. Es necesario decirlo con todo el corazón.

Es de capital importancia el saber hacer un acto de perfecta contrición, pues es muy frecuente tenerlo que hacer: son muchos los que a la hora de la muerte no tienen a mano un sacerdote que los confiese.

Además, conviene hacer el acto de contrición todas las noches, después de haber hecho un breve examen de conciencia, añadiendo siempre el propósito de enmendarse y confesarse.

No deberíamos olvidar nunca aquel admirable consejo:

 

Pecador, no te acuestes

nunca en pecado;

no sea que despiertes

ya condenado.

 

Son más de los que nos figuramos los que se acuestan tranquilos y despiertan en la otra vida, muertos de repente.

En la calle Capitán Arenas, de Barcelona, el 6 de marzo de 1972 a las tres de la madrugada se produjo una explosión de gas y se hundió un moderno edificio de muchas plantas. Murieron todos los vecinos.

Lo mismo ha ocurrido repetidas veces en terremotos[31] .

 

Sobre el acto de contrición puede ser interesante mi vídeo: Salida de emergencia: el perdón de los pecados sin sacerdote[32] .

 

La hipótesis de que en la hora de la muerte la persona recibirá una iluminación sobrenatural que le permita pedir perdón y poder salvarse «queda descartada, pues de ella no hay rastro alguno en la revelación»[33] .

 

85.- Propósito de enmienda es una firme resolución de no volver a pecar.

 

85,1. El propósito brota espontáneamente del dolor[34] .

Si tienes arrepentimiento de verdad, harás el propósito de no volver a pecar[35] . «Que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y Él tendrá piedad»[36] .

 

Es absurdo decirse al pecar: «después me arrepentiré». Si después piensas arrepentirte de verdad, ¿para qué haces ahora lo que luego te pesará de haber hecho? Nadie se rompe voluntariamente una pierna diciendo: «después me curaré».

 

El propósito hay que hacerlo antes de la confesión, y es necesario que perdure (por no haberlo retractado) al recibir la absolución.

 

El propósito tiene que ser universal, es decir, propósito de no volver a cometer ningún pecado grave.

No basta que se limite a los pecados de la confesión presente.

Y debe ser «para siempre». Sería ridículo que uno que ha ofendido a otro, después de pedirle que le  perdonara, le dijera:

- «Siento lo ocurrido, pero me reservo el derecho de hacerlo otra vez, si me da la gana».

 

Si no hay verdadero propósito de la enmienda, la confesión es inválida y sacrílega[37] .

 

No creas que tu propósito no es sincero porque preveas que volverás a caer.

El propósito es de la voluntad; el prever es de la razón.

Basta que tengas ahora una firme determinación, con la ayuda de Dios, de no volver a pecar.

«No se trata de la certeza de no volver a cometer pecado, sino de la voluntad de no volver a caer»[38] .

El temor de que quizás vuelvas después a caer no destruye tu voluntad actual de no querer volver a pecar.

Y esto último es lo que se requiere.

 

Y si caes, confiésate enseguida. Como el ciclista que pincha en la carretera: arregla enseguida el pinchazo; no sigue rodando con la rueda pinchada esperando tener más pinchazos.

 

Para poder confesarse no hace falta estar ciertos de no volver a caer.

Esta seguridad no la tiene nadie.

Basta estar ciertos de que ahora no quieres volver a caer.

Lo mismo que al salir de casa no sabes si tropezarás, pero sí sabes que no quieres tropezar[39] .

Lo importante, e indispensable, es que tengas deseos de corregirte, y lo intentes.

 

Dice Juan Pablo II:

«Es posible que, aun en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas caídas; pero eso no va en contra de la autenticidad del propósito, cuando a ese temor va unida la voluntad, apoyada por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la culpa»[40] .

 

Es posible que te asuste el propósito de «nunca más». Pero basta que digas «ahora no». Y decir lo mismo la próxima vez.

 

«Dios no rechaza a los débiles; sólo rechaza a los soberbios y a los hipócritas»[41]

 

«Tocante a la capacidad del hombre para evitar el pecado mortal, el Concilio de Trento cita a San Agustín cuando dice: “Dios no pide cosas imposibles, sino que te pide que hagas lo que puedas y le pidas lo que no puedas, que Él te ayudará para que puedas”[42] . El Concilio se hacía perfectamente cargo del contexto de esta cita»[43].

 

85,2. Pero no olvides que para que el propósito sea eficaz es necesario apartarse seriamente de las ocasiones de pecar, porque «quien ama el peligro perecerá en él»[44]  y «si te metes en malas ocasiones, serás malo».

Hay batallas que el modo de ganarlas es evitarlas.

Combatir siempre que sea necesario, es de valientes; pero combatir sin necesidad es de estúpidos y fanfarrones.

Si no quieres quemarte, no te acerques demasiado al fuego.

Si no quieres cortarte, no juegues con una navaja de afeitar.

Quien quiere verlo todo, oírlo todo, leerlo todo, es moralmente imposible que guarde pureza. Es necesario frenar los sentidos..., ¡y la concupiscencia!

La concupiscencia es una fiera insaciable. Aunque se le dé lo que pide, siempre quiere más. Y cuanto más le des, más te pedirá y con más fuerza. La fiera de la concupiscencia hay que matarla de hambre. Si la tienes castigada, te será más fácil dominarla.

 

En las ocasiones de pecar hay que saber cortar cuanto antes. Si tonteas, vendrá un momento en que la tentación te cegará y llegarás a cosas que después, en frío, te parecerá imposible que tú hayas podido realizar. La experiencia de la vida confirma continuamente esto que te digo.

Si el propósito no se extendiese también a poner todos los medios necesarios para evitar las ocasiones próximas de pecar, no sería eficaz, mostraría una voluntad apegada al pecado, y, por lo tanto, indigna de perdón.

«Nuestra decisión de evitar el pecado no sería seria si no abarcase la voluntad de evitar también todo lo que pudiera ser causa u ocasión próxima de pecado»[45] .

Quien, pudiendo, no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave, no puede recibir la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida y sacrílega[46] .

 

Ocasión de pecado es toda persona, cosa o circunstancia, exterior a nosotros, que nos induce a pecar, que nos da oportunidad de pecar, que nos facilita el pecado, que nos atrae hacia él y constituye un peligro de pecar.

Se llama ocasión próxima si lo más probable es que nos haga pecar; pues, ya sea por la propia naturaleza, ya por las circunstancias, en tales ocasiones la mayoría de las veces se peca.

Hay obligación grave de evitar, si se puede, la ocasión próxima de pecar gravemente[47] .

De manera que quien se expusiera voluntaria y libremente a peligro próximo de pecado grave, aunque de hecho no cayese en el pecado, pecaría gravemente por exponerse de esa manera, sin causa que lo justifique.

La ocasión próxima de pecar se diferencia de la ocasión remota en que esta última es poco probable que nos arrastre al pecado.

 

«El concepto de ocasión d pecado es un concepto relativo. Lo que para algunos es ocasión remota de pecado resulta ser ocasión próxima para otros. Un conjunto de circunstancias o un  ambiente se dice ser ocasión remota de pecado si la tentación que de ello se origina es ligera y fácil de superar por la persona en cuestión»[48] .

 

Si la ocasión de pecado es necesaria y no se puede evitar, hay que tomar muy en serio el poner los medios para no caer. Para esto consultar con el confesor.

Éste sería el caso en el que el empleo fuera ocasión de pecado.

 

Sobre las ocasiones de pecar, merecen especial atención, como dice el célebre moralista Häring, «las ocasiones de pecado contra la fe. La fe de una persona ocupa el puesto más alto en la jerarquía de bienes. Antes que exponer la propia fe debe estar uno dispuesto a sacrificar hasta sus más íntimas amistades. Es un hecho que ciertas amistades entre un católico y un incrédulo o un acatólico hostil a la Iglesia, pueden ser sumamente peligrosas para la fe del católico. (...) Si se trata de la amistad entre un hombre y una mujer, que se puede prever un posible matrimonio en el futuro, la parte católica debe considerar, ante todo, si tal matrimonio constituirá o no un peligro para su fe»[49] .

 

Jesucristo tiene palabras muy duras sobre la obligación de huir de las ocasiones de pecar. Llega a decir que si tu mano te es ocasión de pecado, te la cortes; y que si tu ojo es ocasión de pecado, te lo arranques; pues más vale entrar en el Reino de los Cielos manco o tuerto, que ser arrojado con las dos manos o con los dos ojos en el fuego del infierno[50] .

Una persona que tiene una pierna gangrenada se la corta para salvar su vida. Vale la pena sacrificar lo menos para salvar lo más.

Evitar un pecado cuesta menos que desarraigar un vicio. Esto es a veces muy difícil. Es mucho más fácil no plantar una bellota que arrancar una encina.

 

Los actos repetidos crean hábito y pueden esclavizar.

Ya dijo Ovidio: Gutta cavat petram, non semel sed saepe cadendo.  La gota de agua, a fuerza de caer, termina por horadar la piedra.

 

Para apartarse con energía de las ocasiones de pecar, es necesario rezar y orar: pedirlo mucho al Señor y a la Virgen, y fortificar nuestra alma comulgando a menudo.

 

86.- Al confesor hay que decirle voluntariamente, con humildad, y sin engaño ni mentira, todos y cada uno de los pecados graves [51]  no acusados todavía en confesión individual bien hecha[52]; y en orden a obtener la absolución[53] .

No tendría carácter de confesión sacramental manifestar los pecados para pedir consejo, obligarle a callar, etc.[54] .

 

86,1. «Antes de empezar la confesión el sacerdote puede leer al penitente, o recordarle, algún texto o pasaje de la Sagrada Escritura en que se muestre la misericordia de Dios y la llamada del hombre a la conversión»[55] .

 

«La confesión del creyente no puede equipararse simplemente a una declaración humana de culpabilidad. Es ante todo un acto religioso, movido por la fe y la confianza en Dios, a través del cual el penitente expresa su arrepentimiento, juntamente con el reconocimiento humilde de la propia culpa, y la esperanza de alcanzar el perdón.

»Es un acto que va dirigido principalmente a Dios, Creador y Padre, fundamento último del orden moral, cuya voluntad se siente agraviada por todo desorden humano, y cuyo amor se muestra siempre dispuesto al perdón y a la reconciliación»[56] .

 

Dijo el Papa Juan Pablo II el 30 de enero de 1981: «Sigue vigente y seguirá vigente para siempre, la enseñanza del Concilio Tridentino[57]  en torno a la necesidad de confesión íntegra de los pecados mortales»[58] .

Es indispensable manifestar los pecados con toda sinceridad y franqueza, sin intención de ocultarlos o desfigurarlos.

Si confesamos con frases vagas o ambiguas con la esperanza de que el confesor no se entere de lo que estamos diciendo, nuestra confesión puede ser inválida y hasta sacrílega.

 

Al confesor hay que manifestarle con claridad los pecados cometidos para que él juzgue el estado del alma según el número y gravedad de los pecados confesados.

«La absolución exige, cuando se trate de pecados mortales, que el sacerdote comprenda claramente y valore la calidad y el número de los pecados»[59] .

El confesor debe conocer las posibles circunstancias atenuantes o agravantes, y también las posibles responsabilidades contraídas por ese pecado.

 

También hace falta que el penitente esté en presencia del confesor. No es lícita la confesión a un confesor ausente[60] .Por lo tanto no es válida la confesión por teléfono[61] .

 

Si queda olvidado algún pecado grave, no importa; pecado olvidado, pecado perdonado.

Pero si después me acuerdo, tengo que declararlo en la confesión siguiente[62] . Mientras tanto, se puede comulgar.

Y no es necesario confesarse únicamente para decirlo, porque ya está perdonado[63] .

Pero si la confesión estuvo mal hecha, es necesario confesar de nuevo todos esos pecados graves, en otra confesión bien hecha.

 

La obligación de confesar todos los pecados graves, ciertamente cometidos y ciertamente no confesados, puede considerarse dispensada cuando el penitente tiene una imposibilidad de orden físico o de orden psíquico[64] .

En alguna circunstancia excepcional se justifica el callar un pecado grave en la confesión: una vergüenza invencible de decirlo a un determinado confesor, por ejemplo, por la amistad que se tiene con él y no ser posible acudir a otro; si peligra el secreto, porque hay alguien cerca que puede enterarse, y no hay modo de evitarlo (sala de un hospital, confesonario rodeado de gente, etc.).

Pero ese pecado grave, ahora lícitamente omitido, hay obligación de manifestarlo en otra confesión[65] .

 

Hay circunstancias en las que se puede dispensar de una confesión íntegra y bastaría una manifestación de arrepentimiento general, como sería el caso de una persona moribunda o escrupulosa[66] .

 

Si en alguna ocasión quieres confesarte y no encuentras un sacerdote que entienda el español, o tú no puedes hablar, basta que le des a entender con gestos[67] el arrepentimiento de tus pecados, por ejemplo, dándote golpes de pecho[68] . Tu gesto basta para que el sacerdote te dé la absolución.

Pero estos pecados así perdonados, tienes que manifestarlos la primera vez que te confieses con un sacerdote que entienda el idioma que tú hablas.

 

86,2. Recientemente la Sagrada Congregación de la Fe ha publicado un documento en el que se dan normas sobre la manifestación individual de los pecados en la confesión, y circunstancias en las que puede darse la absolución colectiva: «La confesión individual y completa, seguida de la absolución